NEGACIÓN Y APOLOGÍA DEL TERROR
Ay, nuestros negacionistas
La sociedad peruana ya abandonó (si alguna vez fue presa de él) ese maniqueísmo de porras que florece en los campus y reduce todo a fatales disyuntivas: si P es falso niego P, si el sistema es una suma de falsedades lo niego con violencia; si fracasé en mi primer cruento intento y el sistema apresó a mis líderes, marcho en San Marcos para negar que cometieron un delito, aunque invoque las leyes del mismo sistema que demostró con pruebas irrefutables que sí lo perpetraron, y de lesa humanidad. Patéticos y peligrosos negacionistas atrapados en su lógica de clausura.
Frente a ellos no bastan el seguimiento, la alerta político-militar, la reflexión histórica y educativa; creo que haría falta un debate para determinar si nos conviene complementar al vigente delito de apología con otro, el delito de negar la matanza de peruanos durante la guerra interna, de la misma forma que otros países penalizan la negación del Holocausto (un tribunal austríaco encarceló al historiador David Irving por ello). No me pronuncio a favor de ello (EE.UU. no lo castiga, pero casi toda Europa, Canadá y Australia sí), pues está en juego la libertad de expresión, pero cada que oigo a un peruano decir que Abimael Guzmán es un preso político, negando de un plumazo todo lo que nos hizo sufrir, veo que vale la pena la discusión. Ya no vamos a debatir con los simpatizantes de SL como lo hacíamos en los 80 mientras nos desangrábamos, si la violencia es un legítimo medio para el cambio; vamos a recordarles que, como lo establecieron mil juicios y la CVR, lo que perpetraron sus líderes encarcelados nos costó tanto que el reivindicarlo (o sea, hacerle apología) o negarlo es también un crimen.
Tenemos establecida la apología (en el 2003 se derogó el delito específico de apología del terrorismo, pero el artículo 316 del Código Penal define la apología en general y la agrava si el delito es contra la seguridad), pero hay que redefinirla para que sea más instrumental, como pidieron ayer varios ministros en la PCM y, por otro lado, evitar su abuso. Además, insisto, hay que complementar el debate de la apología con el del negacionismo, pues los simpatizantes del terror son expertos en eludir la defensa explícita de Sendero, pero, cínicos y perversos, niegan que causó insoportable crueldad, asesinatos y heridas que aún no cierran. Nos agreden otra vez.
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