
EL PARRICIDIO, UN CRIMEN DE NUESTROS TIEMPOS
No amo a mi mamá
ELIZABETH ESPINO ayudó a planificar el crimen de su madre Elizabeth Vásquez. Sirvió de campana mientras sus cómplices golpeaban y estrangulaban a la abogada en su habitación. En su confesión, dijo que el dinero importaba más que el amor.
Por: Fernando Vivas
Jueves 18 de Febrero del 2010
La Dirincri hizo su trabajo: Elizabeth confesó que planeó el crimen con su novio Fernando Gonzales y que ambos enrolaron a Jorge Cornejo Ruiz para que los ayudara. Y los psiquiatras, convertidos por la prensa en gran jurado, han dado un veredicto preliminar: el trastorno bipolar que se dice que padece la chica no justifica ni lleva al homicidio. Elizabeth sí es imputable de todo lo malo que estamos pensando de ella.
Ni los bajones depresivos alientan a matar a nadie más que a uno mismo, ni los picos de euforia tienen que llevar a planificar un parricidio con croquis del departamento, salto por la ventana del baño para abrir el cuarto de mamá y subida del volumen de la tele para que la criada no oiga gritar a la señora cuando la golpean a tontas y a locas para que muera como en las películas.
El delito de Elita, que así llamaba la mamá a su hija única, no parece tener atenuantes sustantivos, solo explicaciones pesarosas y compasivas, como aquella de que el enamorado la indujo a hacer lo que no quería. ¡Bah!, tampoco él hubiera matado sin contar con su imprescindible complicidad. Me temo que su golpeado padre, el ex fiscal y actual presidente de la Corte Superior de Amazonas, Alejandro Espino Méndez, está acopiando argumentos de este tipo con la idea de hacerlos pasar por atenuantes. Ojalá no lleve a cabo esa operación ingrata que puede generar escozor en su gremio y en la opinión pública, como sucedió con el juez Luis Llamoja cuando defendía a su hija Giuliana contra viento y marea. Bien haría Espino —aunque soy abusivo al dar consejos a un padre devastado— en ayudar a su hija a redimirse y disminuir su pena del alma antes que su condena material.
A MODO DE NECROPSIAAunque ni usted ni yo tenemos que sentirnos culpables de lo cometido por esta muchacha de marras con educación superior, su crimen no nos remece por gusto. En él confluyen, como si fueran evidencias etiquetadas y guardadas por los forenses en bolsitas plásticas, ítems-problema de nuestra sociedad: la acumulación de bienes con ventaja (la occisa compraba propiedades a bajo costo hasta sumar una fortuna que excitó la codicia de su hija), los traumas de la separación (Espino ha dicho que su hija requirió ayuda psiquiátrica cuando se separó de su esposa), las tensiones de una autodestructiva convivencia familiar (¿por qué diablos los hijos de los desavenidos tienen que vivir con los padres?), la mala educación sexual y sentimental (templarse del guapo y cínico Fernando fue el inicio de su perdición), la religión accesoria (la familia asistía a una iglesia evangélica y allí fue Elita a recoger a su madre para conducirla a su muerte), la maraña de intrigas y tensiones peligrosas entre el Ministerio Público y la corrupción (su padre recibió un disparo en la pierna el 2004 y le robaron un maletín con dinero, y antes, en el 2001, denunció que el auto en el que viajaba con las dos Elizabeth a Huaral recibió un impacto de bala en el parabrisas, lo que fue puesto en duda por un reportaje de “Contrapunto” que fue al lugar y no encontró evidencias del atentado). Elita había estado demasiado cerca del crimen, al posible engaño y al dinero cobrado con violencia.
No amo a mi mamá
ELIZABETH ESPINO ayudó a planificar el crimen de su madre Elizabeth Vásquez. Sirvió de campana mientras sus cómplices golpeaban y estrangulaban a la abogada en su habitación. En su confesión, dijo que el dinero importaba más que el amor.
Por: Fernando Vivas
Jueves 18 de Febrero del 2010
La Dirincri hizo su trabajo: Elizabeth confesó que planeó el crimen con su novio Fernando Gonzales y que ambos enrolaron a Jorge Cornejo Ruiz para que los ayudara. Y los psiquiatras, convertidos por la prensa en gran jurado, han dado un veredicto preliminar: el trastorno bipolar que se dice que padece la chica no justifica ni lleva al homicidio. Elizabeth sí es imputable de todo lo malo que estamos pensando de ella.
Ni los bajones depresivos alientan a matar a nadie más que a uno mismo, ni los picos de euforia tienen que llevar a planificar un parricidio con croquis del departamento, salto por la ventana del baño para abrir el cuarto de mamá y subida del volumen de la tele para que la criada no oiga gritar a la señora cuando la golpean a tontas y a locas para que muera como en las películas.
El delito de Elita, que así llamaba la mamá a su hija única, no parece tener atenuantes sustantivos, solo explicaciones pesarosas y compasivas, como aquella de que el enamorado la indujo a hacer lo que no quería. ¡Bah!, tampoco él hubiera matado sin contar con su imprescindible complicidad. Me temo que su golpeado padre, el ex fiscal y actual presidente de la Corte Superior de Amazonas, Alejandro Espino Méndez, está acopiando argumentos de este tipo con la idea de hacerlos pasar por atenuantes. Ojalá no lleve a cabo esa operación ingrata que puede generar escozor en su gremio y en la opinión pública, como sucedió con el juez Luis Llamoja cuando defendía a su hija Giuliana contra viento y marea. Bien haría Espino —aunque soy abusivo al dar consejos a un padre devastado— en ayudar a su hija a redimirse y disminuir su pena del alma antes que su condena material.
A MODO DE NECROPSIAAunque ni usted ni yo tenemos que sentirnos culpables de lo cometido por esta muchacha de marras con educación superior, su crimen no nos remece por gusto. En él confluyen, como si fueran evidencias etiquetadas y guardadas por los forenses en bolsitas plásticas, ítems-problema de nuestra sociedad: la acumulación de bienes con ventaja (la occisa compraba propiedades a bajo costo hasta sumar una fortuna que excitó la codicia de su hija), los traumas de la separación (Espino ha dicho que su hija requirió ayuda psiquiátrica cuando se separó de su esposa), las tensiones de una autodestructiva convivencia familiar (¿por qué diablos los hijos de los desavenidos tienen que vivir con los padres?), la mala educación sexual y sentimental (templarse del guapo y cínico Fernando fue el inicio de su perdición), la religión accesoria (la familia asistía a una iglesia evangélica y allí fue Elita a recoger a su madre para conducirla a su muerte), la maraña de intrigas y tensiones peligrosas entre el Ministerio Público y la corrupción (su padre recibió un disparo en la pierna el 2004 y le robaron un maletín con dinero, y antes, en el 2001, denunció que el auto en el que viajaba con las dos Elizabeth a Huaral recibió un impacto de bala en el parabrisas, lo que fue puesto en duda por un reportaje de “Contrapunto” que fue al lugar y no encontró evidencias del atentado). Elita había estado demasiado cerca del crimen, al posible engaño y al dinero cobrado con violencia.
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