lunes, 21 de noviembre de 2011

Ciencias Sociales






RINCÓN DEL AUTOR

Alquimia presidencial

Por: Richard Webb (*)
Lunes 21 de Noviembre del 2011
La necesidad de agua es absoluta. Para el bebe, cuyo cuerpo está compuesto de agua en un 75%, para el cerebro adulto, que lo es en 88%, para la indispensable ingesta diaria y para la agricultura.
Menos sabido es que también la industria depende del agua. Bélgica consume el 80% del agua en sus fábricas. Incluso la minería, que para muchos es un destructor del agua, tiene una íntima relación con ese elemento, sea como enemigo en los socavones, o como instrumento para la extracción del mineral. El agua es además el mejor amigo del médico. La frase “Agua es vida” no es una exageración.
Nadie es más consciente de esa dependencia que el campesino. Cualquier modificación en su acceso ancestral de agua, sea para beberla o para regar, contiene un riesgo inconmensurable. Cualquier intervención que afecte ese acceso es para pensarla diez veces.
Por eso, no me cabe duda de que de ser un pequeño agricultor, viviendo al filo de la subsistencia en un cerro aislado de Cajamarca o Apurímac, también me opondría a la minería. En vez de ridiculizar la reacción de ese campesino, deberíamos aprender de su pánico, porque en poco tiempo el agua se acabará para todos, no por efectos de la minería sino por el cambio climático, el despilfarro y nuestra inconsciencia. Se ha dicho que el agua es el petróleo del siglo XXI, que antes estuvo casi regalado, y que de un día para otro se convierte en el oro negro. Pero el petróleo no es una necesidad vital, como sí lo es el agua.
“No hablemos de oro o agua, sino de oro y agua”, dijo el presidente Ollanta Humala. Fue una despejada mental, y quizás el capirotazo lingüístico del año.
Pero debió ir más allá. La verdad completa es que necesitamos, además, de la alquimia.
La minería, que hoy atenta contra el agua de algunos, es una solución para el agua de todos.
El reto para el alquimista tiene, en realidad, dos caras.
La primera consiste en lograr financiar las gigantescas inversiones que se requerirán en las próximas décadas para traer agua desde la Amazonía a la sierra y la costa, reconstruir nuestras represas severamente arenadas, y almacenar y canalizar agua en todo el territorio.
La segunda cara es el liderazgo, un liderazgo que logre despertarnos y cooperar patrióticamente en lo que prontamente será una emergencia nacional.
Si no aprendemos pronto a convertir el oro en agua, no habrá futuro. Solo la alquimia nos salvará.
(*) Director del Instituto del Perú, Universidad San Martín de Porres.

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