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lunes, 28 de noviembre de 2011

Religión, Pastoral



UGO DE CENSI SACERDOTE

"La caridad no tiene religión"

Por: Norka Peralta Liñan
Domingo 27 de Noviembre del 2011
¿Cómo evalúa los 35 años que ha dedicado a Artesanos Don Bosco?
Me falta hacerle entender a todas las personas que he conocido en estos años que estamos andando mal, que el camino hacia el progreso tiene algo que me preocupa muchísimo: si bien hemos tenido logros y siempre perseguimos más, yo me pregunto adónde vamos con todo esto. Estoy preocupado, porque estamos perdiendo el deseo por la vida espiritual, por Dios.
¿Cuestiona el progreso que su obra ha logrado en Chacas y otros puntos del país?
A veces el progreso y el deseo de Dios me parecen contradictorios. Hemos ayudado a los pobres en sus dificultades, pero veo que mis campesinos están perdiendo su naturaleza. Todos corren detrás del progreso, del dinero. Si no sienten el deseo de Dios, no me han entendido. Este tiempo me parece perdido.
Pero en este tiempo ha enseñado a muchos pobres a valerse por sí mismos con el oficio de artesanos…
Ellos me dicen padre y yo los quiero como a hijos, pero me pregunto qué he hecho si no les he despertado el deseo de Dios. Estoy en un mundo que no comparto, porque se cree que el progreso es solo dinero. Soy solo un hombre chiquito para ir en contra de esto, entonces, ¿qué hago? Yo debo renunciar a lo que tengo, no debo de buscar el dinero y ninguna alabanza, no debo tener ningún tipo de interés. Debo regalar lo que tengo y perdonar cuando no me entienden.
Evidentemente, tiene detrás a gente que comparte sus ideas. Sin la ayuda de ellos esta obra no habría salido adelante…
Hay 400 voluntarios en el Perú. Ellos vienen de Italia, se pagan el viaje y todo, nunca reciben dinero y comen de lo que les mandamos a los pobres. Algunos vienen por seis meses y otros se quedan diez años. No son todos buenos, tienen sus defectos, como cualquiera, pero nos dan su trabajo gratuito.
¿El trabajo gratuito, desinteresado, es parte de ese deseo por llegar a Dios?
Sí, el trabajo manual es fundamental para el hombre de hoy. Si trabajas con tus manos reflexionas en silencio. El silencio es muy necesario y también el saber perder. Yo veo que los chicos de nuestras parroquias de Áncash, Cusco y Abancay han construido 1.400 casas en la sierra. Han hecho su trabajo gratuito y en silencio. También hemos construido un refugio en la quebrada de Llaca para la Asociación de Guías de Montaña del Perú, a 4.400 m.s.n.m. El domingo 27 [hoy] se inaugura este refugio.
Y ahora los Artesanos Don Bosco están en el Museo de la Nación…
Hacemos la exposición para que la gente vea el trabajo que hemos hecho con miles de chicos. Tenemos trabajos en unas 20 especialidades, como carpintería, ebanistería, escultura, vitrales, mosaicos, restauración, pinturas, metales repujados, etc. El arte afina el alma y es parte importante de lo que llamamos “El tren de la caridad” (nombre de la exposición). Artesanos Don Bosco es como un tren que va por la sierra. Cada uno de sus vagones es una especialidad. Los chicos se suben a nuestro tren por cinco años, en los que les enseñamos el oficio de artesanos.
¿Cómo hace la gente que quiere colaborar con la obra, aunque no sean misioneros?
Para hacer la caridad no debe haber problemas con la religión. Si tú eres de alguna religión, lo único que te pedimos es no dar sermones, porque no los necesitamos. Tú vienes acá, trabajas y cuando haya tiempo libre me hablas de lo que quieras y yo te escucho. En este tipo de trabajo todas las manos ayudan y cualquier corazón se puede sanar.

martes, 10 de mayo de 2011

Religión, Pastoral

Fuente: es.catholic.net
Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap | Fuente: www.cantalamessa.org
¿Se puede vivir sin juzgar?
La caridad edifica

¿Se puede vivir sin juzgar?
¿Se puede vivir sin juzgar?
Cuando se habla de la caridad en los escritos apostólicos, no se habla de ella nunca en abstracto, de modo genérico. El trasfondo es siempre la edificación de la comunidad cristiana. En otras palabras, el primer ámbito de ejercicio de la caridad debe ser la Iglesia, y más concretamente aún la comunidad en la que se vive, las personas con las que se mantienen relaciones cotidianas. Así debe suceder también hoy, en particular en el corazón de la Iglesia, entre aquellos que trabajan en estrecho contacto con el Sumo Pontífice.

Durante un cierto tiempo en la antigüedad se quiso designar con el término caridad, agape, no sólo la comida fraterna que los cristianos tomaban juntos, sino también a toda la Iglesia[1]. El mártir san Ignacio de Antioquía saluda a la Iglesia de Roma como la que “preside en la caridad (agape)”, es decir, en la “fraternidad cristiana”, el conjunto de todas las iglesias[2]. Esta frase no afirma sólo el hecho del primado, sino también su naturaleza, o el modo de ejercerlo: es decir, en la caridad.

La Iglesia tiene necesidad urgente de una llamarada de caridad que cure sus fracturas. En un discurso suyo, Pablo VI decía: “La Iglesia necesita sentir refluir por todas sus facultades humanas la ola del amor, de ese amor que se llama caridad, y que precisamente ha sido difundida en nuestros corazones precisamente por el Espíritu Santo que se nos ha dado”[3]. Sólo el amor cura. Es el óleo del samaritano. Oleo también porque debe flotar por encima de todo, como hace precisamente el aceite respecto a los líquidos. “Que por encima de todo esté la caridad, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14). Por encima de todo, super omnia! Por tanto también de la fe y de la esperanza, de la disciplina, de la autoridad, aunque, evidentemente, la propia disciplina y autoridad puede ser una expresión de la caridad. No hay unidad sin la caridad y, si la hubiese, sería sólo una unidad de poco valor para Dios.

Un ámbito importante sobre el que trabajar es el de los juicios recíprocos. Pablo escribía a los Romanos: “Entonces, ¿Con qué derecho juzgas a tu hermano? ¿Por qué lo desprecias? ... Dejemos entonces de juzgarnos mutuamente” (Rm 14, 10.13). Antes de él Jesús había dicho: “No juzguéis y no seréis juzgados [...] ¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo?” (Mt 7, 1-3). Compara el pecado del prójimo (el pecado juzgado), cualquiera que sea, con una pajita, frente al pecado de quien juzga (el pecado de juzgar) que es una viga. La viga es el hecho mismo de juzgar, tan grave es eso a los ojos de Dios.

El discurso sobre los juicios es ciertamente delicado y complejo y no se puede dejar a medias, sin que aparezca en seguida poco realista. ¿Cómo se puede, de hecho, vivir del todo sin juzgar? El juicio está dentro de nosotros incluso en una mirada. No podemos observar, escuchar, vivir, sin dar valoraciones, es decir, sin juzgar. Un padre, un superior, un confesor, un juez, quien tenga una responsabilidad sobre los demás, debe juzgar. Es más, a veces, como es el caso de muchos aquí en la Curia, el juzgar es, precisamente, el tipo de servicio que uno está llamado a prestar a la sociedad o a la Iglesia.

De hecho, no es tanto el juicio el que se debe quitar de nuestro corazón, ¡sino más bien el veneno de nuestro juicio! Es decir, el hastío, la condena. En el relato de Lucas, el mandato de Jesús: “No juzguéis y no seréis juzgados” es seguido inmediatamente, como para explicitar el sentido de estas palabras, por el mandato: “No condenéis y no seréis condenados” (Lc 6, 37). De por sí, el juzgar es una acción neutral, el juicio puede terminar tanto en condena como en absolución y justificación. Son los prejuicios negativos los que son recogidos y prohibidos por la palabra de Dios, los que junto con el pecado condenan también al pecador, los que miran más al castigo que a la corrección del hermano.

Otro punto cualificador de la caridad sincera es la estima: “competid en estimaros mutuamente” (Rm 12, 10). Para estimar al hermano, es necesario no estimarse uno mismo demasiado; es necesario – dice el Apóstol – “no hacerse una idea demasiado alta de sí mismos” (Rm 12, 3). Quien tiene una idea demasiado alta de sí mismo es como un hombre que, de noche, tiene ante los ojos una fuente de luz intensa: no consigue ver otra cosa más allá de ella; no consigue ver las luces de los hermanos, sus virtudes y sus valores.

“Minimizar” debe ser nuestro verbo preferido, en las relaciones con los demás: minimizar nuestras virtudes y los defectos de los demás. ¡No minimizar nuestros defectos y las virtudes de los demás, como en cambio hacemos a menudo, que es la cosa diametralmente opuesta! Hay una fábula de Esopo al respecto; en la reelaboración que hace de ella La Fontaine suena así:

“Cuando viene a este valle
cada uno lleva encima
una doble alforja.
Dentro de la parte de delante
de buen grado todos
echamos los defectos ajenos,
y en la de atrás, los propios”[4].

Deberíamos sencillamente dar la vuelta a las cosas: poner nuestros defectos en la parte de delante y los defectos ajenos en la de detrás. Santiago advierte: “No habléis mal unos de otros” (St 4,11). El chisme ha cambiado de nombre, se llama comentario [gossip, n.d.t.] y parece haberse convertido en algo inocente, en cambio es una de las cosas que más contaminan el vivir juntos. No basta con no hablar mal de los demás; es necesario además impedir que otros lo hagan en nuestra presencia, hacerles entender, quizás silenciosamente, que no se está de acuerdo. ¡Qué aire distinto se respira en un ambiente de trabajo y en una comunidad cuando se toma en serio la advertencia de Santiago! En muchos locales públicos una vez se ponía: “Aquí no se fuma”, o también, “Aquí no se blasfema”. No estaría mal sustituirlas, en algunos casos, con el escrito: “¡Aquí no se hacen chismes!”

Terminemos escuchando como dirigida a nosotros la exhortación del Apóstol a la comunidad de Filipos, tan querida por él: “Os ruego que hagais perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tened un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagáis nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad os lleve a estimar a los otros como superiores a vosotros mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás” (Fil 2, 2-5).


[1] Lampe, A Patristic Greek Lexicon, Oxford 1961, p. 8
[2] S. Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, saludo inicial.
[3] Discurso en la audiencia general del 29 de noviembre de 1972 (Insegnamenti di Paolo VI, Tipografia Poliglotta Vaticana, X, pp. 1210s.).
[4] J. de La Fontaine, Fábulas, I, 7

jueves, 17 de diciembre de 2009

Orientación y Consejería, Ciencias Sociales, Religión



Autor: P. Fernando Pascual L.C. Fuente: Catholic.net

Falsos mesías
No necesitamos falsos mesías. Necesitamos hacer presente, con sencillez y con audacia, el rostro de Jesús, el verdadero Mesías.

Siempre ha habido injusticias. Por culpa de explotadores sin escrúpulos, por cobardes dispuestos a ceder a todo con tal de conservar su puesto, por ambiciosos que desean más y más poder y riqueza. Frente a la miseria, incluso al hambre que sufren millones de personas por culpa de la injusticia, en el pasado y en el presente han surgido falsos mesías. El falso mesías es un líder que se siente “llamado” a iniciar la revolución, a imponer (según promete) la justicia, a eliminar opresores e iniciar un mundo nuevo, perfecto, incorrupto. El falso mesías realiza promesas halagüeñas. Con sus palabras y con sus programas más o menos definidos, sintoniza con el dolor del pueblo, con la angustia de la gente pobre, con el hambre de quienes no saben cómo conseguir el pan de cada día. El falso mesías crea ilusiones, suscita esperanzas, logra adhesiones, moviliza masas. Encandila a miles de personas, dispuestas a sumarse al movimiento revolucionario, a la conquista del mundo perfecto, a la rebelión contra los opresores. A veces da un toque religioso a sus proyectos, se presenta como líder carismático, inicia “guerras santas” en las que surgirán, según promete, estados teocráticos “perfectos”. Pero el falso mesías vive ciego en su autoexaltación. Por eso trabaja hasta la locura por la conquista del poder a cualquier precio, realiza todo tipo de extravagancias, incluso de violencias, con tal que lograr sus objetivos. Inicia, incluso, guerras de liberación, alzamientos populares con miles de campesinos hambrientos y mal armados, con barricadas en las calles en las que obreros o jóvenes luchan desesperadamente con policías o ejércitos profesionales. Si la revolución triunfa, si las masas rompen los diques del sistema establecido, inicia la fase de atropellos y crímenes masivos. Los enemigos políticos son eliminados sistemáticamente. Las libertades se suprimen “en nombre de la revolución” o del triunfo del estado teocrático. La oposición queda reducida a la impotencia, perseguida y encarcelada como aliada de la injusticia opresora o de fuerzas extranjeras que buscan ahogar la lucha popular. Crímenes, cárceles, incendios, guerras más o menos abiertas, siembran con desorden y caos la vida de los pueblos. El pobre, de repente, descubre que es más pobre. El que sufría por culpa de los opresores del pasado ahora siente cómo una nueva dictadura ahoga su vida familiar y social. El que defendía al caudillo idealizado no puede ya pronunciar ideas propias ni disensos democráticos porque sólo el líder tiene la razón, y nadie puede alzar una voz contra las consignas revolucionarias. Así han actuado personajes siniestros del pasado, como Robespierre, Lenin, Stalin, Hitler, Mussolini, Mao Tse Tung, Pol Pot. Así actuarán en el futuro, quizá ya en nuestro presente dramático, líderes inquietos dispuestos a todo para conquistar, a través de promesas irrealizables, el poder en nombre de pueblos realmente oprimidos. Ha habido, hay, y habrá, falsos mesías. No será fácil resistir a sus engaños, combatir contra sus mentiras, detener su pasión violenta. Porque buscan a toda costa imponer sociedades “perfectas” que son, en realidad, reflejos profundos de la máxima injusticia: la de quien promete un mundo justo a costa de la vida de miles de inocentes. Frente a tanto engaño y tanta sangre, los cristianos tenemos el Evangelio. El mundo no cambia con promesas vanas ni con violencias gratuitas. El mundo cambia cuando introducimos amor y esperanza, cuando mejoramos por vías pacíficas las leyes, cuando denunciamos, sin odio, explotaciones inhumanas para ir, poco a poco, hacia sociedades más perfectas. Habrá siempre, es realista reconocerlo, pobres entre las calles de nuestro barrio. Pero serán ayudados y asistidos, hoy como en el pasado, por miles de hombres y mujeres que, desde su fe cristiana, saben vencer el mal del mundo con el bálsamo de la misericordia y del amor fraterno. No necesitamos falsos mesías. Necesitamos hacer presente, con sencillez y con audacia, el rostro de Jesús el Nazareno. Dios y Hombre, amigo de los pobres y enfermos, enemigo de injusticias, promotor de amores que rompen barreras sociales, políticas o culturales que separan a los hombres. Verdadero Mesías, sembrador de esperanzas en un mundo lleno de heridas, necesitado de nuevos samaritanos que limpien llagas y construyan, sin violencia ni rencores, sociedades justas y fraternas.

jueves, 30 de octubre de 2008

Religión; Persona, Familia y Relaciones Humanas

Autor: P. Fernando Pascual Fuente: Catholic.net
Caridad y verdad
Convertir nuestras palabras y nuestras vidas en una comunicación cordial y convencida de la verdad


Avanzar desde la verdad hacia la caridad, y avanzar desde la caridad hacia la verdad, ¿son cosas distintas? La caridad nos lleva a amar al otro desde un amor que viene desde lo más profundo y lo más grande que podamos imaginar: desde el corazón del mismo Dios. Porque Dios ama al hombre, porque Cristo ha dado su vida por nosotros, podemos emprender un camino hacia el amor y para el amor. Reconocer y descubrir el Amor de Dios implica dar un primer paso hacia la verdad. Porque la verdad está en Cristo, que es Camino, Vida y Verdad. Porque fuera de Cristo, según una fórmula atrevida de un autor del siglo XX, no hay verdades profundas y completas para el inquieto corazón humano. Vemos así la relación profunda que existe entre la verdad y la caridad. No podemos dejar de lado ninguna de estas realidades, pues renunciar a la verdad nos impide descubrir el amor. Y no acoger el amor nos aparta de la verdad. Hay una dimensión profunda de la caridad que anima toda la actividad catequética y evangelizadora de la Iglesia: la de la enseñanza y transmisión del Evangelio, la de la comunicación íntegra, sin recortes, de la doctrina cristiana, de la fe y de la moral. San Agustín, en su obra sobre la Catequesis de los principiantes (titulada en latín De catechizandis rudibus) explicaba que toda la labor catequética nace del amor y lleva al amor, desemboca en la caridad. Por eso, todo sacerdote y todo agente pastoral, todo religioso y todo maestro católico, todo padre y madre de familia, siente en su corazón una llamada profunda a enseñar, transmitir y explicar nuestra fe y nuestra moral. Existe el peligro, presente en algunas comunidades católicas, de tener miedo a decir la verdad para no ofender a las personas, o para no asustarlas, o para evitar problemas y críticas. Si miramos a Cristo, no tuvo ningún miedo a la hora de corregir ideas o comportamientos equivocados, ni cuando tuvo que declarar abiertamente su identidad y su misión: era el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Al dar testimonio de la Verdad, nos manifestó al Padre y su proyecto de Amor y de misericordia, nos apartó del mundo del pecado y del error, y nos dejó abierto el camino que lleva a la vida eterna. La Iglesia, en su compromiso por ser fiel a Cristo, busca recordar, enseñar, transmitir a cada generación la Verdad que ha recibido. Lo hace desde el amor de Dios, “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tm 2,4). Lo hace para que esa verdad pueda ser conocida y aceptada con un acto libre y responsable por parte de cada ser humano que escuche el mensaje. Lo hace para que el don maravilloso de Dios toque la vida de quienes tienen derecho a recibirlo. Lo hace para que, desde la verdad, crezca el amor. Esta verdad podrá ser, en algunos momentos, difícil de comprender, difícil de practicar. Pero vivir en la verdad es el mejor modo de permanecer en el amor. Y vivir en el amor nos lleva a comunicar, de la mejor manera posible, la verdad que ayuda a vivir íntegramente el Evangelio de Cristo. Pablo VI recordaba estas ideas a los sacerdotes en una encíclica, la Humanae vitae (25 de julio de 1968), en la que encontramos la doctrina católica sobre la anticoncepción. El Papa escribía lo siguiente: “No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para juzgar sino para salvar (Jn 3,17), Él fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas. Que en medio de sus dificultades encuentren siempre los cónyuges en las palabras y en el corazón del sacerdote el eco de la voz y del amor del Redentor. Hablad además con confianza, amados hijos, seguros de que el Espíritu de Dios que asiste al Magisterio en el proponer la doctrina, ilumina internamente los corazones de los fieles, invitándolos a prestar su asentimiento. Enseñad a los esposos el camino necesario de la oración, preparadlos a que acudan con frecuencia y con fe a los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, sin que se dejen nunca desalentar por su debilidad” (Humanae vitae n. 29). Enseñar íntegramente la doctrina cristiana es una “forma de caridad eminente”. Nos toca vivir a fondo esa caridad, nos toca convertir nuestras palabras y nuestras vidas en una comunicación cordial y convencida de la verdad que ilumina la vida temporal de cada ser humano y que abre las puertas de la vida eterna. Así llegaremos al encuentro con un Padre que nos aguarda con un cariño infinito, con un amor verdadero, con una verdad enamorada.