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viernes, 25 de marzo de 2011

Religión, Pastoral

Autor: José Cepero

Fuente: Meridiano Católico
La mortificación


Se puede sufrir por banalidades, pero no se tolera que se sufra por Él

Cuando se tienen las cosas claras es más fácil meditar sobre ellas, pues lo difícil está hecho. Nunca había opinado sobre la mortificación porque no entendía que a Jesús le pudiera ser grato el sufrimiento de sus hijos y a la vez veía en la mortificación una violencia física que me chocaba en la doctrina del Amor. Pero me dejaba matices.

Rumiando sobre el asunto, he llegado a la conclusión de que nada tiene de extraño la mortificación física como complemento de la oración espiritual. De hecho, infligirse dolor físico es una práctica cotidiana en la mayor parte de la población, no ya para acompañar una oración a nuestro Creador, sino para acompañar los objetivos más prosaicos. Por ejemplo, sufren algunos estudiantes cuando recurren a los estimulantes para mantenerse despiertos y poder estudiar más horas para aprobar un examen; también sufren algunos trabajadores que prolongan su jornada laboral para mejorar sus economías; sufren la inclemencia del frío o del calor los que hacen cola para alcanzar una entrada para ver jugar a su equipo o escuchar a sus ídolos de la canción; sufren una barbaridad quienes se someten a intervenciones de cirugía estética, simplemente para mejorar la imagen…

En otro orden de cosas, sufren voluntaria y conscientemente, a veces hasta morir, quienes escalan montañas, quienes navegan por los océanos, quienes practican deportes… en el mejor de los casos, para superarse físicamente a sí mismos: en muchos casos, por la suprema estupidez de ganar una competición o batir un récord.

¿Y con todo ese sufrimiento por motivos tan materiales -físicos o psicológicos - y al fin intrascendentes, alguien puede negar el valor del sufrimiento cuando la causa es ofrecérselo a Dios? Muy al contrario, si el sufrimiento es una parte consustancial a la actividad humana más banal, ¿no lo va a ser con verdadero motivo en la actividad más sublime, que es la oración? Parece que queda diáfano que la oración adquiere su plenitud cuando va acompañada de sufrimiento en función de nuestras posibilidades, que van desde la pequeña renuncia temporal a pequeñas cosas que nos satisfacen, hasta sacrificios mayores.

No nos engañemos. Para esta sociedad el problema no es infligirse dolor, pues hay infelices que pasan hambre por tener un buen coche ¡y eso se justifica!, sino que el problema es Dios. Se puede sufrir por banalidades, pero no se tolera que se sufra por Él.
Fuente: es.Catholic.net

viernes, 18 de marzo de 2011

Religión, Pastoral

Autor: Germán Sánchez Griese / Juan García Noriega

Fuente: Catholic.net


¿Me obliga la abstinencia?


Hacemos penitencia para demostrar nuestro amor a Dios y prepararnos a una conversión del corazón

La obligación de guardar todos los viernes del año, es decir, de no comer carne durante esos días, viene establecido por el Código de Derecho Canónico en el número 1251: “Todos los viernes, a no ser que coincida con una solemnidad deben guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo”.

El cuarto mandamiento de la Santa Madre Iglesia, recogido en el Catecismo de la Iglesia Católica, también hace referencia a esta prescripción: “Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo mande la Iglesia asegura los tiempos de ascesis y de penitencia que nos preparan para las fiestas litúrgicas; contribuyen a hacernos adquirir el dominio sobre nuestros instintos y la libertad del corazón.”

Hacemos penitencia no por deporte o para guardar la línea, la figura esbelta, como quien se mete a régimen de dieta por algún tiempo. Queremos hacer penitencia para demostrar nuestro amor a Dios y para prepararnos a una conversión del corazón, que no es otra cosa sino una ruptura con el pecado, una aversión al mal, una repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Con la abstención de la carne estoy demostrando mi amor a Dios, venciéndome a mí mismo. La Iglesia nos dice que una forma de demostrar ese amor a Dios es vencerse en los instintos sin hacer daño a nuestra salud.

Por eso, ella misma establece que cada una de las Conferencias Episcopales, es decir, la reunión de los obispos de cada país, determinen con más detalle el modo de observar el ayuno y la abstinencia, incluso el que puedan sustituirlo en todo o en parte por otras formas de penitencia, especialmente por obras de caridad y prácticas de piedad.

Es verdad que la obediencia, aún a las cosas más ilógicas manifiestan y ejercitan el amor que tenemos a Dios. La obediencia es principio de muchas otras virtudes, sobre todo la obediencia a lo irracional. Porque la mortificación de la razón supera a la de la carne.

Muchos católicos predican con inseguridad, incredulidad o incomodidad el asunto de la abstinencia de la carne de res, porque su razón no confirma tal práctica. Señalan que la simple abstinencia de la carne es un símbolo de la abstinencia de otros pecados. La escritura condena el sacrificio vacío, "no quisiste sacrificio ni oblación" y "ayuno de pecar es lo que quiero".

En este punto es necesario recalcar la importancia de la mortificación, no solo como una forma de obediencia y caridad, sino como un instrumento eficaz para la santidad. La mortificación del cuerpo dentro de la obediencia, es necesaria y eficaz para purificar el espíritu de los apetitos de la carne.

Lo que Dios le pide a sus fieles por medio de la Iglesia es muy pequeño, porque Dios ha visto prudente no mortificar al feligrés con privaciones mayores. La Iglesia nos pide ayunar dos veces al año y no existe una regla fija para este ayuno, algunos se privan de una comida, otros de dos, otros comen frugalmente. En resumen es muy poco.

Algunos dicen que el privarse de la carne es una costumbre de un pueblo pesquero, sin sentido hoy. En realidad, la abstinencia de carne, aunque no es en sí un gran ayuno, es un gran desbalance en la vida familiar. Aunque una familia coma un delicioso y costoso pescado, el hecho es que se encontró en la necesidad de modificar su rutina, y sus costumbres por obediencia a la Iglesia, lo cual es en si una mortificación que es buena para el alma.

La cuaresma es un espacio para la conversión, por otro lado debemos de ayunar de pecar en cualquier momento del año. El alma dejaría de pecar, si pudiera, en cualquier mes, pero no puede y en cuaresma viene el pequeño ejercicio del ayuno y abstinencia para reforzar estos esfuerzos.

No debe minimizarse el ayuno y la abstinencia cuaresmal siendo ya bastante mínimas, porque parezcan irracionales, o porque sean meros símbolos o un tipo de masoquismo. Cierto que los santos reprueban los excesos en las prácticas ascéticas, pero aquí estamos muy lejos del exceso, sino en el borde de abolir estas pequeñas mortificaciones y mandatos.

La Iglesia no busca un masoquismo, haciendo que nos sacrifiquemos por el mismo gusto del sacrificio. Quiere que en el sacrificio demostremos nuestro amor a Dios sin hacernos daño a nosotros mismos. Por ello establece, por ejemplo que la abstención de comer carne comience desde los 14 años, pues considera que antes de esa edad, el consumo de ese alimento es necesario para un adecuado desarrollo.

De igual forma, para las personas que son alérgicas al pescado, abre la posibilidad de que puedan ofrecer otro sacrificio los viernes, sustituyendo el pescado por otro alimento o mediante la práctica de obras de caridad o prácticas de piedad. La Conferencia Episcopal de su país podrá orientarlo adecuadamente sobre la sustitución del pescado. Es muy probable que su párroco o los catequistas de su parroquia posean esta información y la quieran compartir con usted.

viernes, 11 de marzo de 2011

Religión, Pastoral

Autor: P. Raniero Cantalamessa, OFM Cap

Fuente: fluvium.org
¿Cómo vivir el ayuno?

Lo que sería para nosotros el colmo de la austeridad –estar a pan y agua- para millones de personas sería ya un lujo extraordinario

¿Cómo vivir el ayuno?


El ayuno se ha convertido en una práctica ambigua. En la antigüedad no se conocía más que el ayuno religioso; hoy existe el ayuno político y social (¡huelgas de hambre!), un ayuno saludable o ideológico (vegetarianos), un ayuno patológico (anorexia), un ayuno estético (para mantener la línea). Existe sobre todo un ayuno impuesto por la necesidad: el de los millones de seres humanos que carecen de lo mínimo indispensable y mueren de hambre.

Por sí mismos, estos ayunos nada tienen que ver con razones religiosas y ascéticas. En el ayuno estético incluso a veces (no siempre) se «mortifica» el vicio de la gula sólo por obedecer a otro vicio capital, el de la soberbia o de la vanidad.

Es importante por ello intentar descubrir la genuina enseñanza bíblica sobre el ayuno. En la Biblia encontramos, respecto al ayuno, la actitud del «sí, pero», de la aprobación y de la reserva crítica. El ayuno, por sí, es algo bueno y recomendable; traduce algunas actitudes religiosas fundamentales: reverencia ante Dios, reconocimiento de los propios pecados, resistencia a los deseos de la carne, solicitud y solidaridad hacia los pobres... Como todas las cosas humanas, sin embargo, puede decaer en «presunción de la carne». Basta con pensar en la palabra del fariseo en el templo: «Ayuno dos veces por semana» (Lucas, 18, 12).

Si Jesús nos hablara a los discípulos de hoy, ¿sobre qué insistiría más? ¿Sobre el «sí» o sobre el «pero»? Somos muy sensibles actualmente a las razones del «pero» y de la reserva crítica. Advertimos como más importante la necesidad de «partir el pan con el hambriento y vestir al desnudo»; tenemos justamente vergüenza de llamar al nuestro un «ayuno», cuando lo que sería para nosotros el colmo de la austeridad –estar a pan y agua- para millones de personas sería ya un lujo extraordinario, sobre todo si se trata de pan fresco y agua limpia.

Lo que debemos descubrir son en cambio las razones del «sí». La pegunta del Evangelio podría resonar, en nuestros días, de otra manera: «¿por qué los discípulos de Buda y de Mahoma ayunan y tus discípulos no ayunan?» (es archisabido con cuánta seriedad los musulmanes observan su Ramadán).

Vivimos en una cultura dominada por el materialismo y por un consumismo a ultranza. El ayuno nos ayuda a no dejarnos reducir a puros «consumidores»; nos ayuda a adquirir el precioso «fruto del Espíritu», que es «el dominio de sí», nos predispone al encuentro con Dios que es espíritu, y nos hace más atentos a las necesidades de los pobres.

Pero no debemos olvidar que existen formas alternativas al ayuno y a la abstinencia de alimentos. Podemos practicar el ayuno del tabaco, del alcohol y bebidas de alta graduación (que no sólo al alma: también beneficia al cuerpo), un ayuno de las imágenes violentas y sexuales que televisión, espectáculos, revistas e Internet nos echan encima a diario. Igualmente esta especie de «demonios» modernos no se vencen más que «con el ayuno y la oración».

Comentario del padre Raniero Cantalamessa –predicador de la Casa Pontificia– a las lecturas de la liturgia de la Misa del domingo anterior al miércoles de Ceniza, inicio del tiempo de Cuaresma en la Iglesia. VIII Domingo del Tiempo ordinario B (Oseas 2,14b.15b19-20; 2 Corintios 3, 1b-6; Marcos 2, 18-22).

miércoles, 9 de marzo de 2011

Religión, Pastoral

¿Qué significa el rito de la Ceniza?



La cuaresma empieza para los cristianos con la ceniza de la conversión y acaba con la luz pascual renovadora
¿Qué significa el rito de la Ceniza?


Miércoles de Ceniza

Hoy empezamos la Cuaresma a través de la imposición de las cenizas, un símbolo que es muy conocido para todos. La ceniza no es sino un símbolo de muerte que indica que ya no hay vida ni posibilidad de que la haya. Nosotros la vamos a imponer sobre nuestras cabezas pero no con un sentido negativo u oscuro de la vida, pues el cristiano debe ver su vida positivamente. La ceniza se convierte para nosotros al mismo tiempo en un motivo de esperanza y superación. La Cuaresma es un camino, y las cenizas sobre nuestras cabezas son el inicio de ese camino. El momento en el cual cada uno de nosotros empieza a entrar en su corazón y comienza a caminar hacia la Pascua, el encuentro pleno con Cristo.

Jesucristo nos habla en el Evangelio de algunas actitudes que podemos tener ante la vida y ante las cosas que hacemos. Cristo nos habla de cómo, cuando oramos, hacemos limosna, hacemos el bien o ayudamos a los demás, podríamos estar buscándonos a nosotros mismos, cuando lo que tendríamos que hacer es no buscarnos a nosotros mismos ni buscar lo que los hombres digan, sino entrar en nuestro interior: “Y allá tu Padre que ve en lo secreto te recompensará.”

Es Dios en nuestro corazón quien nos va a recompensar; no son los hombres, ni sus juicios, ni sus opiniones, ni lo que puedan o dejen de pensar respecto a nosotros; es Nuestro Padre que ve en lo secreto quien nos va a recompensar. Que difícil es esto para nosotros que vivimos en una sociedad en la cual la apariencia es lo que cuenta y la fama es lo que vale.


Cristo, cuando nosotros nos imponemos la ceniza en la cabeza nos dice: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres; de lo contrario no tendrán recompensa con su Padre Celestial”. ¿Qué recompensa busco yo en la vida?

La Cuaresma es una pregunta que entra en nuestro corazón para cuestionarnos precisamente esto: ¿Estoy buscando a Dios, buscando la gloria humana, estoy buscando la comprensión de los demás? ¿A quién estoy buscando?

La señal de penitencia que es la ceniza en la cabeza, se convierte para nosotros en una pregunta: ¿A quién estamos buscando? Una pregunta que tenemos que atrevernos a hacer en este camino que son los días de preparación para la Pascua; la ceniza cae sobre nuestras cabezas, pero ¿cae sobre nuestro corazón?

Esta pregunta se convierte en un impulso, en un dinamismo, en un empuje para que nuestra vida se atreva a encontrarse a sí misma y empiece a dar valor a lo que vale, dar peso a lo que tiene.

Este es el tiempo, el momento de la salvación, nos decía San Pablo. Hoy empieza un período que termina en la Pascua: La Cuaresma, el día de salvación, el día en el cual nosotros vamos a buscar dentro de nuestro corazón y a preguntarnos ¿a quién estamos buscando? Y la ceniza nos dice: quita todo y quédate con lo que vale, con lo fundamental; quédate con lo único que llena la vida de sentido. Tu Padre que ve en lo secreto, sólo Él te va a recompensar.

La Cuaresma es un camino que todo hombre y toda mujer tenemos que recorrer, no lo podemos eludir y de una forma u otra lo tenemos que caminar. Tenemos que aprender a entrar en nuestro corazón, purificarlo y cuestionarnos sobre a quién estamos buscando.

Este es le sentido de la ceniza en la cabeza; no es un rito mágico, una costumbre o una tradición. ¿De qué nos serviría manchar nuestra frente de negro si nuestro corazón no se preguntara si realmente a quien estamos buscando es a Dios? Si busco a Dios, esta Cuaresma es el momento para caminar, para buscarlo, para encontrarlo y purificar nuestro corazón.

El camino de Cuaresma va a ser purificar el corazón, quitar de él todo lo que nos aparta de Dios, todo aquello que nos hace más incomprensivos con los demás, quitar todos nuestros miedos y todas las raíces que nos impiden apegarnos a Dios y que nos hacen apegarnos a nosotros mismos. ¿Estamos dispuestos a purificar y cuestionar nuestro corazón? ¿Estamos dispuestos a encontrarnos con Nuestro Padre en nuestro interior?

Este es el significado del rito que vamos hacer dentro de unos momentos: purificar el corazón, dar valor a lo que vale y entrar dentro de nosotros mismos. Si así lo hacemos, entonces la Cuaresma que empezaremos hoy de una forma solemne, tan solemne como es el hecho de que hoy de una forma solemne, tan solemne como es el hecho de que hoy guardamos ayuno y abstinencia (para que el hambre física nos recuerde la importancia del hambre de Dios), se convertirá verdaderamente en un camino hacia Dios.

Este ha de ser el dinamismo que nos haga caminar durante la Cuaresma: hacer de las mortificaciones propias de la Cuaresma como son lo ayunos, las vigilias y demás sacrificios que podamos hacer, un recuerdo de lo que tiene que tener la persona humana, no es simplemente un hambre física sino el hambre de Dios en nuestros corazones, la sed de la vida de Dios que tiene que haber en nuestra alma, la búsqueda de Dios que tiene haber en cada instante de nuestra alma.

Que éste sea el fin de nuestro camino: tener hambre de Dios, buscarlo en lo profundo de nosotros mismos con gran sencillez. Y que al mismo tiempo, esa búsqueda y esa interiorización, se conviertan en una purificación de nuestra vida, de nuestro criterio y de nuestros comportamientos así como en un sano cuestionamiento de nuestra existencia. Permitamos que la Cuaresma entre en nuestra vida, que la ceniza llegue a nuestro corazón y que la penitencia transforme nuestras almas en almas auténticamente dispuestas a encontrarse con el Señor.

viernes, 12 de marzo de 2010

Religión, Pastoral


Autor: Álvaro Correa Fuente: Catholic.netAyuno de palabras inútiles
Acallar la propia vanidad y no pronunciar palabras que son incienso orgulloso del propio ego

Hace algunos años, los obispos franceses a los cristianos realizar un ayuno muy particular: renunciar a palabras inútiles y emplear palabras para dar testimonio. Hoy retomamos el tema ya que quizás muchos no nos planteamos con seriedad qué palabras saltan el cerco de nuestros dientes -parafraseando al poeta Homero. Nuestro modo de pensar, a veces tan poco orientado, no deja espacio a una serena reflexión sobre las expresiones que utilizamos. Decimos lo primero que nos llega a la boca y después, vistas las consecuencias, nos viene el remordimiento de no haber dicho lo que deberíamos o de haber dicho lo que no deberíamos decir. Queremos entonces dar marcha atrás y pretendemos en vano arrancar al viento nuestras palabras. ¿Hay de verdad “palabras inútiles”? El hombre de pensamiento y juicio superficial diría que no, pero incluso los niños, en cuanto estrenan su uso de razón, se dan cuenta de que ciertas palabras y expresiones “no las deben decir”. Tal vez, con la mano sobre el pecho, cada quien debería reconocer la ristra de “palabras inútiles” que ha pronunciado y que giran el mundo hiriendo a todo pobre mortal que cruza por su camino. “La Cuaresma es un momento privilegiado de búsqueda de sentido” -dicen los obispos franceses. Es ciertamente un camino de preparación hacia la Pascua, en el que buscamos caminar con mayor firmeza sobre las huellas de Cristo, obediente por amor hasta la muerte de cruz. La invitación a la penitencia, a la oración, y a las obras de caridad viene a tonificar el alma y a purificarla del pecado para mejor disponerla a “morir y resucitar con Cristo”. El ayuno de “palabras inútiles” y la exhortación a emplear “palabras de testimonio” se insertan perfectamente en este triple camino de penitencia, de oración y de caridad. Es en verdad una grande penitencia acallar la propia vanidad y no pronunciar palabras que son incienso orgulloso del propio ego. Duele también contener la respuesta acalorada ante una humillación o un insulto. Cuesta sujetar las críticas que saltan de la lengua como de un trampolín cuando uno es contrariado y la soberbia se yergue en desafío. Ya decía el apóstol Santiago que quien domina su lengua es “un varón perfecto”. Da pena ver cómo hay personas que se juzgan enraizadas en el círculo de sus amistades cuando su lengua se embarra con palabras soeces o expresiones de doble sentido. ¿Piensan que siendo malhablados serán mejor escuchados? Tal vez se sientan más seguras de sí mismas por sus palabras gruesas, pero uno queda sumamente incómodo al escucharlas. El condimento insustancial de las “palabras inútiles” no hacen más que desvelar una inmadurez humana y pobreza de espíritu. Hablar lo justo, hablar bien, hablar educadamente es una conquista de hombres recios y de mujeres finas, con ideal y hondo aprecio por la dignidad propia y ajena. Esta penitencia invita además a cerrar oídos para que la lengua no aprenda lo que no debe decir. Hoy en día la televisión y el cine se han convertido en los maestros del léxico. Viene siendo algo habitual que los niños y jóvenes sean entretenidos por personajes que apuestan su simpatía en la vulgaridad. Y cuando se anuncia que el programa es “para mayores de 18 años” es casi infalible que habrá, además de escenas inconvenientes para todo hombre que se precie de tener un mínimo de rectitud y honestidad moral, una retahíla de expresiones indecentes, irrespetuosas e incluso obscenas. Es muy aconsejable para la Cuaresma el ayuno de todas estas palabras. El alma se ahorra una mala digestión. Por otra parte, qué duda cabe que toda palabra respetuosa, ponderada y educada es una oración. Esta lengua nuestra no debe queda atada cuando hay mucho que decir y testimoniar sobre el amor de Dios y la vocación eterna del hombre. “De la riqueza del corazón habla la boca”, dijo Jesucristo. ¿Y quién no lleva en su propio corazón alguna riqueza? Hemos de hablar mucho, sin cansarnos, de todo el bien que se ve, que se sabe, que se oye y que se toca. Estamos rodeados de personas maravillosas y vivimos en un mundo incomparablemente bello. Todo es una poesía del amor de Dios. ¿Cómo se va a quedar muda la lengua? Bien sentenciaba san Agustín que “no podemos creer y quedarnos callados”. El amor coloca en la lengua la palabra feliz, justa, amistosa y rica. Una palabra o una expresión “inútil” sería aquella que procede sin amor del corazón, pues todo lo que no tiene amor es de verdad “inútil”. La oración del hombre que habla bien de y a los demás tiene su origen en el diálogo de la propia alma con Dios. Quien vive con el corazón en el cielo camina con respeto sagrado sobre la tierra. La lengua que ora aprende a alabar, bendecir, perdonar, disculpar y a ofrecer a los demás la palabra digna. Si cada cristiano y hombre de buena voluntad se empeña en purificar su vocabulario de acuerdo a su ideal de vida eterna, se dará cuenta de un resultado estupendo: no hay suficiente vocabulario para hacer el bien y es insuficiente el diccionario para expresar la alegría del alma. Por el contrario, bien se sabe, basta una sola “palabra inútil” para manchar una relación consigo mismo y con los demás. La caridad de la Cuaresma también abraza nuestras expresiones. El diccionario de la Real Academia Española define la maledicencia como “el hábito de maldecir o denigrar”. Ésta es una herida mortal para el alma del cristiano. La persona maldiciente se coloca fuera del espíritu de caridad que Cristo nos ha dejado como su tesoro y testamento. Hay una brutal ruptura entre el ejemplo de Cristo y su doctrina de amor sin límites al prójimo, frente a la maledicencia que denigra la fama y el buen nombre de los demás. Por lo general, el maldiciente o dado a la crítica ataca como los traidores, siempre por la espalda, cuando su pobre víctima no se encuentra presente. La Cuaresma debe purificar este cáncer de la lengua y del corazón. Que las palabras no sean malas, sino buenas hasta que se pueda instaurar una sólida “benedicencia” que actúe como una estructura de nuestras amistades. Da pena escribir “benedicencia” entre comillas, pues el vocablo no está en el diccionario. La razón -según se expresaron los peritos- es porque se trata de una palabra que no usa la gente y como “el pueblo crea el vocabulario”.... Uno se sonroja leyendo en el diccionario la definición de las palabras usadas en los insultos y viendo que no existe el vocablo “benedicencia”. El pueblo, por lo visto, no habla bien. Para las fiestas de la Pascua, Dios quiera que el Resucitado escuche de nuestros labios las palabras que son dignas de un hombre y de una mujer preparados para participar de su triunfo sobre el mal y la muerte.

viernes, 26 de febrero de 2010

Religión, Pastoral


Fuente: Catholic.net.
Autor: José Cepero Fuente: Meridiano Católico
La mortificación
Se puede sufrir por banalidades, pero no se tolera que se sufra por Él

Cuando se tienen las cosas claras es más fácil meditar sobre ellas, pues lo difícil está hecho. Nunca había opinado sobre la mortificación porque no entendía que a Jesús le pudiera ser grato el sufrimiento de sus hijos y a la vez veía en la mortificación una violencia física que me chocaba en la doctrina del Amor. Pero me dejaba matices. Rumiando sobre el asunto, he llegado a la conclusión de que nada tiene de extraño la mortificación física como complemento de la oración espiritual. De hecho, infligirse dolor físico es una práctica cotidiana en la mayor parte de la población, no ya para acompañar una oración a nuestro Creador, sino para acompañar los objetivos más prosaicos. Por ejemplo, sufren algunos estudiantes cuando recurren a los estimulantes para mantenerse despiertos y poder estudiar más horas para aprobar un examen; también sufren algunos trabajadores que prolongan su jornada laboral para mejorar sus economías; sufren la inclemencia del frío o del calor los que hacen cola para alcanzar una entrada para ver jugar a su equipo o escuchar a sus ídolos de la canción; sufren una barbaridad quienes se someten a intervenciones de cirugía estética, simplemente para mejorar la imagen… En otro orden de cosas, sufren voluntaria y conscientemente, a veces hasta morir, quienes escalan montañas, quienes navegan por los océanos, quienes practican deportes… en el mejor de los casos, para superarse físicamente a sí mismos: en muchos casos, por la suprema estupidez de ganar una competición o batir un récord. ¿Y con todo ese sufrimiento por motivos tan materiales -físicos o psicológicos - y al fin intrascendentes, alguien puede negar el valor del sufrimiento cuando la causa es ofrecérselo a Dios? Muy al contrario, si el sufrimiento es una parte consustancial a la actividad humana más banal, ¿no lo va a ser con verdadero motivo en la actividad más sublime, que es la oración? Parece que queda diáfano que la oración adquiere su plenitud cuando va acompañada de sufrimiento en función de nuestras posibilidades, que van desde la pequeña renuncia temporal a pequeñas cosas que nos satisfacen, hasta sacrificios mayores. No nos engañemos. Para esta sociedad el problema no es infligirse dolor, pues hay infelices que pasan hambre por tener un buen coche ¡y eso se justifica!, sino que el problema es Dios. Se puede sufrir por banalidades, pero no se tolera que se sufra por Él.

martes, 23 de febrero de 2010

Religión, Pastoral


Autor: Germán Sánchez Griese Fuente: Catholic.net
La dieta de la Cuaresma
¿Por qué no aprovechar el ayuno para quitarme los kilitos extra?


¿Cómo puedo perder peso en Cuaresma y tener un nuevo look para la Pascua?

Nos encontramos en plena Cuaresma y varios amigos y amigas lectoras nos han escrito preguntándonos si pueden aprovechar el ayuno cuaresmal para iniciar una dieta.

Difícil cuestión es ésta. ¿No estaremos confundiendo, como se confunde en la ortografía española la gimnasia con la magnesia? Si la Iglesia me impone el ayuno, ¿por qué no lo aprovecho, lo cumplo y de paso me quito unos kilitos extra y así estreno una nueva figura, un nuevo look el Domingo de Resurrección?

¿Para qué nos sirve el ayuno? ¿Es sólo una medida para pasar hambre, para privarnos de nuestros caprichos, de aquello que nos sobra? Entendido con esta mentalidad el ayuno cuaresmal se equipararía a las así llamadas dietas: junto con la dieta de la luna, la dieta de yogurt y fruta, la dieta de carbohidratos o la antidieta, podríamos inaugurar la dieta de la cuaresma. Fácil, sencilla y barata: pescado, menos pan, menos grasas, menos carbohidratos. Bajamos unos kilos y de paso cumplimos con el precepto que nos manda la Iglesia. ¿Se podrá?

Temo decirles a mis lectores que la respuesta es negativa. Que no es así de fácil, que no puedo aprovechar la barata de “pague uno y llévese dos”, que no puedo “matar dos pájaros de una pedrada”. Son dos cosas diversas, si bien es cierto que el efecto es el mismo. ¿Qué tiene de malo aprovechar el ayuno en la Cuaresma para comenzar una dieta? Aclarémonos: no tiene nada de malo, pero las finalidades son distintas, y casi me atrevo a decir, diametralmente opuestas.

Una dieta tiene como finalidad rebajar el peso que nos sobra. Algunos siguen la dieta por motivos médicos y otros la siguen por motivos no tan médicos, es decir por vanidad, para lucir mejor delante de otros, para causar envidias y querer ser el centro de atracción de su núcleo social. La finalidad de la dieta le dará su color moral, es decir la hará buena o mala bajo el punto de vista moral. Si sigo una dieta por motivos médicos, estoy haciendo un acto moralmente bueno. Si persevero en el adelgazamiento porque quiero agradar a mi esposo, sentirme bien conmigo misma para transmitir un poco de paz, de felicidad a mi familia y a los que conviven a mi lado, es un acto moralmente bueno, aceptable. Pero si sigo una dieta sólo para que me admiren, me envidien y hasta para provocar en otros deseos no tan castos... pues digámoslo claro, no es un acto moralmente bueno. Los resultados son los mismos, pero la intención es muy distinta.

Con esta misma óptica podemos considerar la diferencia entre el ayuno que propone la Iglesia en Cuaresma y la dieta que puedo seguir por motivos médicos o por motivos personales, dejando la connotación moral al juicio de cada uno y cada una, de acuerdo a los principios antes enunciados. El ayuno cuaresmal, como todos los ayunos promulgados por la Iglesia tiene como finalidad perder peso delante de Dios. Perder peso espiritual, se entiende. El ayuno implica una actitud de fe, de humildad, de total dependencia de Dios. Se recurre al ayuno para prepararse para el encuentro con Dios, (cf. Es 34, 28; 1Re 19, 8; Dan 9, 3); antes de afrontar una tarea difícil (cf. Jc 20, 26; Est 4,16) o suplicar el perdón de una culpa (cf.1Re 21, 27); para manifestar el dolor causado por una desdicha doméstica o nacional (cf. 1Sam 7, 6; 2Sam 1, 12; Ba 1, 5); pero el ayuno, inseparable de la oración y de la justicia, está orientado sobre todo a la conversión del corazón, sin la cual, como denunciaban ya los profetas (cf. Is 58,2-1l; Ger 14, 12; Zc7,5-14), no tiene sentido.

El ayuno en Cuaresma nos propone no sólo la privación voluntaria de algún alimento durante algunos días específicos, sino también la privación de algún gusto de alguna distracción (ir al cine, dejar de ver televisión durante un tiempo, etc) con el único objeto de volver nuestro corazón hacia Dios. No es la privación lo que importa. Lo más importa es que mediante esa privación volvamos nuestro corazón hacia Dios y nos preparemos para vivir con Él los misterios de la pasión, muerte y resurrección de su Hijo Jesucristo nuestro Señor. Sólo así el ayuno cobra verdadero sentido. Cada privación es una llamada para dirigir nuestro corazón a Dios. Me privo de este dulce, de este chocolate, o de fumar, para que mi corazón pierda peso y no esté tan atado a las cosas materiales.

Los efectos exteriores pueden ser los mismos entre quienes escogen seguir una dieta y los que optan por vivir el ayuno cuaresmal. Ambos al final estrenarán un nuevo look para el domingo de Resurrección. Pero, ¿cómo estará el corazón de cada uno de ellos? En un caso, habrá un corazón más lleno de Dios y en otro caso tendremos un corazón completamente alejado de Dios por el pecado. ¿Cuál de los dos corazones quieres estrenar esta Pascua de Resurrección?

jueves, 18 de febrero de 2010

Religión, Pastoral, General


Fuente: Catholic.net.
Autor: Cipriano Sánchez Fuente: Catholic.net¿Qué significa el rito de la Ceniza?
La cuaresma empieza para los cristianos con la ceniza de la conversión y acaba con la luz pascual renovadora

Miércoles de Ceniza
Hoy empezamos la Cuaresma a través de la imposición de las cenizas, un símbolo que es muy conocido para todos. La ceniza no es sino un símbolo de muerte que indica que ya no hay vida ni posibilidad de que la haya. Nosotros la vamos a imponer sobre nuestras cabezas pero no con un sentido negativo u oscuro de la vida, pues el cristiano debe ver su vida positivamente. La ceniza se convierte para nosotros al mismo tiempo en un motivo de esperanza y superación. La Cuaresma es un camino, y las cenizas sobre nuestras cabezas son el inicio de ese camino. El momento en el cual cada uno de nosotros empieza a entrar en su corazón y comienza a caminar hacia la Pascua, el encuentro pleno con Cristo. Jesucristo nos habla en el Evangelio de algunas actitudes que podemos tener ante la vida y ante las cosas que hacemos. Cristo nos habla de cómo, cuando oramos, hacemos limosna, hacemos el bien o ayudamos a los demás, podríamos estar buscándonos a nosotros mismos, cuando lo que tendríamos que hacer es no buscarnos a nosotros mismos ni buscar lo que los hombres digan, sino entrar en nuestro interior: “Y allá tu Padre que ve en lo secreto te recompensará.” Es Dios en nuestro corazón quien nos va a recompensar; no son los hombres, ni sus juicios, ni sus opiniones, ni lo que puedan o dejen de pensar respecto a nosotros; es Nuestro Padre que ve en lo secreto quien nos va a recompensar. Que difícil es esto para nosotros que vivimos en una sociedad en la cual la apariencia es lo que cuenta y la fama es lo que vale. Cristo, cuando nosotros nos imponemos la ceniza en la cabeza nos dice: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres; de lo contrario no tendrán recompensa con su Padre Celestial”. ¿Qué recompensa busco yo en la vida? La Cuaresma es una pregunta que entra en nuestro corazón para cuestionarnos precisamente esto: ¿Estoy buscando a Dios, buscando la gloria humana, estoy buscando la comprensión de los demás? ¿A quién estoy buscando? La señal de penitencia que es la ceniza en la cabeza, se convierte para nosotros en una pregunta: ¿A quién estamos buscando? Una pregunta que tenemos que atrevernos a hacer en este camino que son los días de preparación para la Pascua; la ceniza cae sobre nuestras cabezas, pero ¿cae sobre nuestro corazón? Esta pregunta se convierte en un impulso, en un dinamismo, en un empuje para que nuestra vida se atreva a encontrarse a sí misma y empiece a dar valor a lo que vale, dar peso a lo que tiene. Este es el tiempo, el momento de la salvación, nos decía San Pablo. Hoy empieza un período que termina en la Pascua: La Cuaresma, el día de salvación, el día en el cual nosotros vamos a buscar dentro de nuestro corazón y a preguntarnos ¿a quién estamos buscando? Y la ceniza nos dice: quita todo y quédate con lo que vale, con lo fundamental; quédate con lo único que llena la vida de sentido. Tu Padre que ve en lo secreto, sólo Él te va a recompensar. La Cuaresma es un camino que todo hombre y toda mujer tenemos que recorrer, no lo podemos eludir y de una forma u otra lo tenemos que caminar. Tenemos que aprender a entrar en nuestro corazón, purificarlo y cuestionarnos sobre a quién estamos buscando. Este es le sentido de la ceniza en la cabeza; no es un rito mágico, una costumbre o una tradición. ¿De qué nos serviría manchar nuestra frente de negro si nuestro corazón no se preguntara si realmente a quien estamos buscando es a Dios? Si busco a Dios, esta Cuaresma es el momento para caminar, para buscarlo, para encontrarlo y purificar nuestro corazón. El camino de Cuaresma va a ser purificar el corazón, quitar de él todo lo que nos aparta de Dios, todo aquello que nos hace más incomprensivos con los demás, quitar todos nuestros miedos y todas las raíces que nos impiden apegarnos a Dios y que nos hacen apegarnos a nosotros mismos. ¿Estamos dispuestos a purificar y cuestionar nuestro corazón? ¿Estamos dispuestos a encontrarnos con Nuestro Padre en nuestro interior? Este es el significado del rito que vamos hacer dentro de unos momentos: purificar el corazón, dar valor a lo que vale y entrar dentro de nosotros mismos. Si así lo hacemos, entonces la Cuaresma que empezaremos hoy de una forma solemne, tan solemne como es el hecho de que hoy de una forma solemne, tan solemne como es el hecho de que hoy guardamos ayuno y abstinencia (para que el hambre física nos recuerde la importancia del hambre de Dios), se convertirá verdaderamente en un camino hacia Dios. Este ha de ser el dinamismo que nos haga caminar durante la Cuaresma: hacer de las mortificaciones propias de la Cuaresma como son lo ayunos, las vigilias y demás sacrificios que podamos hacer, un recuerdo de lo que tiene que tener la persona humana, no es simplemente un hambre física sino el hambre de Dios en nuestros corazones, la sed de la vida de Dios que tiene que haber en nuestra alma, la búsqueda de Dios que tiene haber en cada instante de nuestra alma. Que éste sea el fin de nuestro camino: tener hambre de Dios, buscarlo en lo profundo de nosotros mismos con gran sencillez. Y que al mismo tiempo, esa búsqueda y esa interiorización, se conviertan en una purificación de nuestra vida, de nuestro criterio y de nuestros comportamientos así como en un sano cuestionamiento de nuestra existencia. Permitamos que la Cuaresma entre en nuestra vida, que la ceniza llegue a nuestro corazón y que la penitencia transforme nuestras almas en almas auténticamente dispuestas a encontrarse con el Señor.

lunes, 30 de marzo de 2009

Religión



Autor: P. Eduardo Martínez Abad

Fuente: Catholic.netLa trampa de la Cuaresma
"Cuaresma", y me venía a la mente: flagelación, penitencia, cilicios, ayunos y abstinencias, recuerdo atormentador de los pecados...

Se acaba la CUARESMA y me da miedo, porque es una trampa donde yo he caído muchos años y lo peor es que he hecho caer a otros, sobre todo adolescentes y jóvenes, en mi labor de educador cristiano. No fue maldad, sino ignorancia, presión religiosa social: se hacía así y se tenía que hacer así; y falta de madurez y de vivencia por mi parte, del cristianismo auténtico, fundado, de modo privilegiado, en el Evangelio. "Cuaresma", y me venía a la mente, a mi recuerdo, a mis imágenes, a mi sensibilidad: flagelación, penitencia, cilicios, ayunos y abstinencias por los pecados cometidos y para evitarlos en el futuro. Mortificaciones, recuerdo atormentador de tus pecados. Miedos, angustias y susto al borde del abismo del infierno. Procesiones penitenciales, empalados, encadenados, hasta crucificados, costaleros penitentes, nazarenos con cruces pesadas, tamborradas de dolor y de arrepentimiento y más y mucho más, porque en cada pueblo y cultura hemos traducido a nuestra manera una cuaresma que nos han predicado en cientos de años más o menos, de rigor, con tremendismos espeluznantes, oliendo ya a azufre y las llamas saliendo del averno. Me la han predicado mal y lo malo, como os decía antes, es que yo también la he predicado con estos matices, sobre todo a mis alumnos, en mi vida de docente cristiano. Ahora, mayor, estoy de vuelta de tantas cosas, que comprendí mal y me contagié de costumbres pseudo-cristianas, llenas de superstición y fetichismo. Y ahora, a la altura de más de 70 años, lo estoy viendo de distinta forma y manera, intentando llenar en “odres nuevos” el “vino nuevo”, por la fuerza del Espíritu. Algunos estaréis reaccionando con indignación ante esta presentación de la cuaresma. Pero si tenéis tiempo, emplazo a cualquiera de vosotros, a que busque “Sermones cuaresmales” de predicadores de los siglos XIX y XX y nos presente solo aquellos párrafos donde lo que yo retrato sobre el carácter y contenido de la CUARESMA, que se ha predicado, es sólo sombra de las expresiones de terror y de miedo que quieren infundir en los fieles escuchantes “para que se arrepientan y se conviertan” con una buena confesión, sin dejarse ningún pecado, porque el infierno les acecha. ¡Pobre CUARESMA¡ ¡Y qué gran trampa! Continúo con el tema en otro momento y no contestéis hasta que acabe con la tercera entrega. Aun creo habrá más entregas. Esta es la primera, que busca en vosotros un sin fin de reacciones de todo género. Que luchen en vuestro interior. Darle vueltas a vuestro pensamiento, mezclado de sentimientos hasta violentos. ¡Este EDU-MARTABAD se pasa de la raya! Toma, y a lo mejor tenéis razón... en parte. Y sabe Dios, cuáles pueden ser vuestras reacciones sorprendentes, porque creo en la fuerza del Santo Espíritu, que hace maravillas. ¡Ayúdalos! ¡Ayúdame! Y rezad, rezad mucho y con fe y esperanza, en estos como ejercicios espirituales que me propongo compartir con todos los que quieran escuchar ¡con calma! Para preparar y vivir este año 2004, con una mayor profundidad y una esperanza gozosa, el Misterio nuclear y cumbre del Cristianismo, que decimos que vivimos y practicamos: Cristo murió por nuestros pecados. Fue sepultado. Y al tercer día resucitó de entre los muertos. Es nuestro CREDO, nuestra GUÍA de CAMINANTES. La cuaresma es un medio privilegiado que nos propone nuestra Madre, la Iglesia, para lograr ese objetivo, pero bueno será que revisemos con una NUEVA EVANGELIZACIÓN los contenidos y prácticas de la cuaresma, que mucho polvo se nos ha pegado en el camino de varios siglos, como les dijo también el Papa, hombre mariano hasta en su escudo, a los más de un millón de rocieros: "que se les había pegado, durante el camino, mucho polvo en sus carretas, en su peregrinación anual al Santuario de la Virgen del Rocío." Había exageraciones y desviaciones y ese folklore no es la verdadera devoción al Misterio de esa Mujer, que con cuatro pinceladas maestras, se nos revela en los Evangelios y se nos anuncia en la antigua Alianza. Viviremos así de una manera distinta esta cuaresma. Hay que recuperarla, purificarla, ganarla, basados sólo en los Evangelios. Intento crear un espíritu renovado, con estas tres charlas, al menos para los más timoratos. Cuando acabe la tercera, colaborar como se os dice en esa última charla, dando vuestras apreciaciones. Ahora leer y pensar. A la tercera, decid lo que habéis pensado, con lo que nos podéis enriquecer como cristianos.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Religión

Autor: P. Raniero Cantalamessa, OFM Cap Fuente: fluvium.org
¿Cómo vivir el ayuno?
Lo que sería para nosotros el colmo de la austeridad –estar a pan y agua- para millones de personas sería ya un lujo extraordinario


El ayuno se ha convertido en una práctica ambigua. En la antigüedad no se conocía más que el ayuno religioso; hoy existe el ayuno político y social (¡huelgas de hambre!), un ayuno saludable o ideológico (vegetarianos), un ayuno patológico (anorexia), un ayuno estético (para mantener la línea). Existe sobre todo un ayuno impuesto por la necesidad: el de los millones de seres humanos que carecen de lo mínimo indispensable y mueren de hambre.

Por sí mismos, estos ayunos nada tienen que ver con razones religiosas y ascéticas. En el ayuno estético incluso a veces (no siempre) se «mortifica» el vicio de la gula sólo por obedecer a otro vicio capital, el de la soberbia o de la vanidad.

Es importante por ello intentar descubrir la genuina enseñanza bíblica sobre el ayuno. En la Biblia encontramos, respecto al ayuno, la actitud del «sí, pero», de la aprobación y de la reserva crítica. El ayuno, por sí, es algo bueno y recomendable; traduce algunas actitudes religiosas fundamentales: reverencia ante Dios, reconocimiento de los propios pecados, resistencia a los deseos de la carne, solicitud y solidaridad hacia los pobres... Como todas las cosas humanas, sin embargo, puede decaer en «presunción de la carne». Basta con pensar en la palabra del fariseo en el templo: «Ayuno dos veces por semana» (Lucas, 18, 12).

Si Jesús nos hablara a los discípulos de hoy, ¿sobre qué insistiría más? ¿Sobre el «sí» o sobre el «pero»? Somos muy sensibles actualmente a las razones del «pero» y de la reserva crítica. Advertimos como más importante la necesidad de «partir el pan con el hambriento y vestir al desnudo»; tenemos justamente vergüenza de llamar al nuestro un «ayuno», cuando lo que sería para nosotros el colmo de la austeridad –estar a pan y agua- para millones de personas sería ya un lujo extraordinario, sobre todo si se trata de pan fresco y agua limpia.

Lo que debemos descubrir son en cambio las razones del «sí». La pegunta del Evangelio podría resonar, en nuestros días, de otra manera: «¿por qué los discípulos de Buda y de Mahoma ayunan y tus discípulos no ayunan?» (es archisabido con cuánta seriedad los musulmanes observan su Ramadán).

Vivimos en una cultura dominada por el materialismo y por un consumismo a ultranza. El ayuno nos ayuda a no dejarnos reducir a puros «consumidores»; nos ayuda a adquirir el precioso «fruto del Espíritu», que es «el dominio de sí», nos predispone al encuentro con Dios que es espíritu, y nos hace más atentos a las necesidades de los pobres.

Pero no debemos olvidar que existen formas alternativas al ayuno y a la abstinencia de alimentos. Podemos practicar el ayuno del tabaco, del alcohol y bebidas de alta graduación (que no sólo al alma: también beneficia al cuerpo), un ayuno de las imágenes violentas y sexuales que televisión, espectáculos, revistas e Internet nos echan encima a diario. Igualmente esta especie de «demonios» modernos no se vencen más que «con el ayuno y la oración».

Comentario del padre Raniero Cantalamessa –predicador de la Casa Pontificia– a las lecturas de la liturgia de la Misa del domingo anterior al miércoles de Ceniza, inicio del tiempo de Cuaresma en la Iglesia. VIII Domingo del Tiempo ordinario B (Oseas 2,14b.15b19-20; 2 Corintios 3, 1b-6; Marcos 2, 18-22).



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