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miércoles, 8 de septiembre de 2010

Religión, Pastoral



Autor: P. Fernando Pascual Fuente: Catholic.net
¿Hay “huellas físicas” de Dios?
Entre los miles de hechos que los laboratorios no pueden explicar, hay señales y gestos que rompen la armonía y la fijeza de leyes inflexibles

¿Hay “huellas físicas” de Dios?Hay quien niega la existencia de Dios porque no reconoce ningún rastro, ningún efecto físico que hable de un ser supremo creador y poderoso, de un autor de “milagros” en la marcha de la historia humana.


En el fondo de esta postura hay dos presupuestos. El primero consiste en pensar que sólo existe aquello que ha dejado alguna huella observable, medible, entre las realidades materiales que están a nuestro alcance.

El segundo presupuesto lleva a pensar que la causa del mundo material sólo puede ser algo material y no divino. O, mejor, que no es necesario buscar ninguna causa extramundana para explicar el origen del mundo físico en sus distintas etapas y en la riqueza de objetos que lo componen, porque una causa extramundana no es “medible” ni alcanzable a través de los instrumentos de observación de la ciencia empírica.

Los dos presupuestos van más allá de lo que el método científico puede decir. Es decir, son dos afirmaciones de tipo filosófico que no pueden ser probadas con la metodología propia de los laboratorios.

¿Por qué unos piensan que sólo existe lo que ha dejado alguna huella medible a través del instrumental científico? Porque no son capaces de descubrir otro orden de realidades que no dejan de tener valor por no ser pesables, ni medibles, ni estudiables según las fórmulas químicas.

El alma, el amor, la libertad, la ética, la justicia, la honradez, no son objetos conocidos ni estudiados como se estudia el peso del oro, la densidad del agua o las reacciones químicas entre varias sustancias materiales.

Si miramos con mayor atención a nuestro alrededor, descubrimos una extraña inteligibilidad y armonía que nos hace pensar en un Ser superior capaz de dar origen a la pluralidad de elementos del mundo material y al proceso cósmico. Ese Ser superior refleja una extraordinaria capacidad creadora y organizativa, además de un espíritu de simpatía, ingenio y “buen gusto”, que podemos entrever al escuchar el canto de un jilguero, al observar el vuelo de un colibrí, o al estudiar la compleja organización social de una colmena.

Si miramos al mundo humano, la riqueza de la libertad, la variedad de las culturas, la belleza del altruismo, la nobleza de quienes trabajan por los pobres, son realidades que superan en mucho las leyes de la física y que vuelven a levantar los ojos del intelecto hacia la existencia de un Ser superior capaz de originar la maravilla y complejidad que encontramos en los hombres y mujeres de nuestro planeta.

Ciertamente, un ser libre puede dejar e imprimir efectos concretos, medibles, en el mundo que estudia la ciencia empírica. La silla que construye un carpintero competente será observada por los amantes de los pesos y las medidas, tiene una consistencia física. Pero ningún laboratorio será capaz de formular un juicio sobre la honestidad y grandeza de ingenio de ese carpintero, sobre la bondad de sus intenciones o sobre los intereses más o menos turbios que le hayan movido a fabricar la silla, quizá a través del uso y destrucción de árboles robados en un bosque milenario.

La existencia de la silla, es verdad, depende de los materiales usados. Pero también de la acción de un ser libre y responsable. Lo primero es conocido por la ciencia experimental. Lo segundo (la acción del carpintero) tiene efectos físicos pero va más allá de lo empírico y nos habla de la grandeza (o de la miseria, algo tampoco medible por la ciencia) de los seres humanos.

El mismo universo nos dice, nos grita, algo de Aquel Ser que le dio origen, que lo organizó, que lo pensó apto para la vida en sus mil formas maravillosas, que lo configuró como un espacio en el que el ser humano pueda desarrollar sus inmensas potencialidades interiores.

El mundo, en ese sentido, es mucho más que una prueba física de la existencia de un Dios inteligente y bueno. No podríamos pensar, no podríamos respirar, no podríamos ver, sin la existencia de la Causa que ha dado inicio a la existencia, que sostiene y rige, con leyes maravillosas y complejas, un conjunto dinámico de fuerzas y equilibrios.

En este mundo, además, existen los milagros. Entre los miles de hechos que los laboratorios no pueden explicar, hay señales y gestos que rompen la armonía y la fijeza de leyes inflexibles y que nos muestran la existencia de ese Dios que interviene, discreta pero realmente, en nuestra historia.

Entre los muchos milagros, el mayor, el más sorprendente, es la llegada del Hijo, es la existencia de Cristo entre los hombres. Su Resurrección ha cambiado la historia humana, ha entrado en la vida de millones de hombres y mujeres de culturas y de épocas muy distintas.

La Resurrección, ciertamente, no “encaja” en los parámetros de la estrecha mentalidad empirista que piensa que sólo existe lo que pesa y pasa, lo que entra en los tubos de ensayo del laboratorio. Pero no por ello deja de ser un milagro profundo que no puede dejar indiferente a quien llega, desde una mente abierta y un corazón disponible, a aceptar ese hecho cósmico.

El Sepulcro vacío y las apariciones de Cristo fueron también hechos físicos, concretos, constatados por personas de carne y hueso. Pero su significado y su transcendencia va más allá de lo que ocurrió hace casi 2000 años. Llega hasta nosotros, y permite, en millones de creyentes, el ingreso en un mundo maravilloso de certezas que ha cambiado y seguirá cambiando profundamente la misma historia humana.

viernes, 26 de junio de 2009

Religión


Fuente: catholic.net.

Autor: Padre Oscar Pezzarini Fuente: www.feliceslosninos.org
La imagen de Dios
La fe en Dios, su amor, la confianza en El son cosas bastante diferentes a lo que muchos cristianos piensan


Son muchas las oportunidades en las que escuchamos a personas preguntarse si realmente existe Dios, y si es así por qué no “prueba” su existencia otorgándonos lo que le pedimos o actuando como nosotros mismos quisiéramos que actúe.

Son frecuentes los cuestionamientos donde se expresa que si realmente Dios existe, por qué no dejan de suceder determinadas cosas en el mundo, sobre todo cuando se ve tanta injusticia, tantos sufrimientos, si en definitiva nos han enseñado que Dios protege y ama a los buenos, a los que lo aman.

Porque parece que muchas veces Dios se vuelve como sordo ante los pedidos de los hombres.

Creo que una de las preguntas que debemos hacernos como punto de partida es la de ¿qué imagen de Dios tenemos? ¿Qué hemos aprendido o que nos han enseñado respecto a Dios y a la religión?

En muchas circunstancias nos encontramos con una manera de vivir el cristianismo como una forma de religiosidad que en el fondo no deja de ser un poco “egoísta”, aunque tal vez creamos también “piadosa”.

Por qué digo esto: porque nos hemos quedado quizás con la imagen de Dios como la de aquél que es bueno y todopoderoso en la medida en que nos da todo lo que deseamos.

Dios es bueno si me “soluciona” de manera digamos “mágica” todos mis problemas, y más poderoso aún será si me los resuelve rápido.

Dios es bueno y realmente existe si me concede “ya” todo lo que le pido, incluso si lo hace de una, es decir, con la primera oración o pedido que le haga.

Pero Dios no es alguien con quien puedo “negociar”, no es alguien a quien le “doy tanto” y él me “da tanto”, porque en ese caso, dejaría de ser un Dios entendido como el “Absoluto”, el que “todo lo puede”, el que por pura Gracia y “gratuitamente” me da mucho más de lo que soy capaz de ganar o merecer.

Es cierto que Dios no concede todo lo que pedimos, pero en realidad nos concede todo lo que nos hará bien y nos servirá para nuestro bien y deberíamos entender que la “gran oración” no es la que hace que “Dios quiera lo que yo quiero”, sino quizás que “yo logre llegar a querer lo que quiere Dios”.

La fe en Dios, su amor, la confianza en El son cosas bastante diferentes a lo que muchos cristianos piensan. Ser cristiano muchas veces será saber comprender que Dios hasta puede llegar a permitir que nos sucedan ciertas cosas que humanamente hasta nos pueden parecer incomprensibles, pero que en el infinito amor que Dios nos tiene, logran un profundo sentido y son en el fondo para nuestro mejor bien.

Por eso creo que nuestra “imagen” de Dios que podemos tener, podemos sintetizarla en darnos cuenta si tenemos un “verdadero amor a Dios”, si de verdad lo amamos como al Supremo que siempre estará pensando en nosotros y en nuestro bien, o nos quedamos con un Dios a quien de alguna manera podemos “utilizar” para nuestro provecho.

Padre Oscar Pezzarini
Superior Provincial de la Obra Don Orione en Argentina, Paraguay, Uruguay y México