"El llamado para facilitar la inmigración tiene, por supuesto, dimensiones humanitarias y de derechos básicos".
"El Perú tiene mucho que ganar en esto. En primer lugar, a
diferencia de la gran mayoría de naciones desarrolladas, el Perú no
tiene un Estado del bienestar presto a ser explotado por los nuevos
migrantes". (Foto: EFE/Ernesto Arias)
El olor a arepas inunda la sede de Interpol en Surco y de la Superintendencia Nacional de Migraciones
en Breña. La diáspora bolivariana, motivada por la debacle liderada por
Nicolás Maduro, ha visto a cientos de miles de venezolanos salir de su
país en busca de mejores oportunidades económicas y seguridad. Hoy,
cientos de ellos tramitan diariamente su permiso de residencia o carnet
de extranjería en oficinas burocráticas de Lima.
No hay una cifra oficial para el número de venezolanos en el Perú.
Los estimados fluctúan entre 6.000 y 15.000. Los peruanos de hoy estamos
poco acostumbrados a recibir huéspedes permanentes en nuestro país
(nuestras propias diásporas de décadas pasadas explican que estemos más
habituados a ser huéspedes nosotros mismos), pero salvo breves y
reducidas expresiones de xenofobia y prejuicio los inmigrantes venezolanos son recibidos con empatía. Es que nosotros también pasamos las mismas.
Fue un gran acierto humanitario del gobierno la promulgación en enero del permiso temporal de permanencia
(PTP), que autoriza a los venezolanos llegados al Perú antes de
diciembre del 2016 a residir legalmente durante un año mientras buscan
un estatus legal estable. Pero la verdad es que el Perú está en la
posición de hacer aun más –no solo por los inmigrantes venezolanos, sino por todos aquellos que pueden encontrar en nuestro país un destino para empezar una nueva vida–.
El llamado para facilitar la inmigración tiene, por
supuesto, dimensiones humanitarias y de derechos básicos –sobre todo
cuando se trata de familias que escapan de una situación de guerra o de
pobreza extrema–. Pero tiene también motivaciones económicas profundas.
Entre los liberales es una inconsecuencia favorecer fervientemente el
libre intercambio de bienes y la libre movilidad de capitales entre
países, pero ser más reservados y cautos con la libre movilidad de
personas. Los economistas sabemos que los recursos –puestos en libertad–
fluyen naturalmente hacia el destino donde pueden ser más productivos;
si eso aplica para el capital, entonces es especialmente cierto para las
personas.
El Perú tiene mucho que ganar en esto. En primer lugar, a diferencia
de la gran mayoría de naciones desarrolladas, el Perú no tiene un Estado
del bienestar presto a ser explotado por los nuevos migrantes.
Así, el costo para el sector público de absorber a nuevos trabajadores
es relativamente bajo. En segundo lugar, el Perú es un país con capital
humano escaso en ciertos sectores claves y que necesita profesionales y
técnicos capacitados para ser competitivo a nivel global. Así como otros
países se benefician hoy del trabajo de nuestros doctores y científicos
que radican fuera, ¿por qué no aprovechar aquí a los ingenieros,
programadores o emprendedores formados en el exterior? En tercer lugar,
las habilidades de los migrantes no solo pueden
complementar las de los trabajadores locales, sino que es una falacia la
narrativa de que se puede “robar trabajo”. El número de empleos no es una cantidad fija; más bien se crea justamente con el esfuerzo y dinamismo económico al que aportan los inmigrantes.
El Perú ha demostrado ser especialmente solidario con los inmigrantes
venezolanos, pero está en su propio interés abrir aun más las
fronteras, sobre todo como respuesta unilateral a la ola de
proteccionismo y xenofobia que barre hoy parte del mundo desarrollado.
Por ejemplo, el proceso para obtener el carnet de extranjería por
trabajo aún es muy engorroso, al punto en que abundan las mafias para
“facilitarlo”. Si el ciudadano extranjero cumple las leyes locales, paga
impuestos y quiere ser miembro de nuestra sociedad, ¿por qué necesita
mucho más que un pasaporte en regla y antecedentes penales limpios para
hacerlo? ¿Por qué no pensar, inicialmente, en que los nacionales de
países de la Alianza del Pacífico puedan migrar y trabajar libremente en
cualquiera de las naciones miembro, tal y como se hace en la Unión
Europea?
En el Perú siempre nos hemos preciado de ser un país hospitalario.
Quizá es hora de dar el primer paso y serlo en serio. No solo por los
demás, sino sobre todo por nosotros mismos.