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viernes, 22 de marzo de 2019

Ciencia y tecnología





¿Por qué sentimos que el tiempo pasa más rápido a medida que envejecemos?

¿Te parece que ahora las horas pasan más veloz que cuando eras joven o niño? La culpa de esa percepción la tendrían algunos proceso neurológicos de tu cuerpo, asegura un nuevo estudio

Tiempo
(Foto: Pixabay)
Una sensación común a medida que vamos creciendo es la de que el día pasa mucho más rápido que en nuestra adolescencia o juventud. Pareciese que cada vez las horas se van acortando; sin embargo, la realidad es otra.
Un reciente estudio de Adrian Bejano, investigador de la universidad de Duke, publicado en la revista European Review, afirma que la culpa de que tengamos esta percepción equivocada del tiempo se debe a los cambios físicos producidos en el organismo humano durante el proceso de envejecimiento.

"Las personas a menudo se sorprenden de lo mucho que recuerdan de los días que parecían durar eternamente en su juventud. Y no es que sus experiencias fueran mucho más profundas o más significativas entonces que ahora, sino que se estaban procesando mucho más deprisa", comenta Bejano.

Neurona e imágenes

A medida que maduramos, nuestros nervios y neuronas van creciendo en tamaño y complejidad, lo que produce que las señales que recibimos del exterior tengan que recorrer caminos más largos hasta llegar al cerebro. Con el tiempo, esas redes nerviosas empiezan a degradarse, ofreciendo más resistencia aún al flujo de señales eléctricas que las recorre.

Como resultado de esto, la velocidad con la que se adquieren y procesan nuevas imágenes mentales disminuye. El resultado final es que, dado que los adultos vemos menos cantidades de imágenes nuevas en la misma cantidad de tiempo, nos parece que el tiempo está pasando más rápido.

"La mente humana siente que el tiempo cambia cuando las imágenes percibidas cambian. El presente es diferente del pasado porque la visión mental ha cambiado. Y los días parecen durar más durante la juventud porque las mentes jóvenes reciben más imágenes durante un día que la misma mente en la madurez", dice Bejano.



miércoles, 12 de octubre de 2011

Religión, Pastoral

Autor: Salvador I. Reding Vidaña | Fuente: Catholic.net
Es cierto, pero… ¡no tengo tiempo!
Es importante reflexionar sobre la importancia de dar tiempo
 
Es cierto, pero… ¡no tengo tiempo!
Es cierto, pero… ¡no tengo tiempo!
Cualquier persona someramente interesada en los problemas del mundo contemporáneo, está consciente que no se resuelven solos, y que la acción individual es muy limitada. Hay que trabajar en conjunto, en grupo: la unión hace la fuerza, y hay enemigos muy unidos y muy activos.

Las organizaciones de la sociedad civil, en especial aquellas que luchan por la fe y por la conservación de los valores tradicionales de la humanidad, están en perpetuo llamado para obtener algo de tiempo de mucha, mucha gente.

Pero en general los llamados llegan a oídos supuestamente alertas, pero realmente sordos. Ante la petición de tiempo y público testimonio, la respuesta común, interior o externada es esquiva: “es cierto, pero… ¡no tengo tiempo!”

¿No se tiene el tiempo? Normalmente es una evasión a la responsabilidad comunitaria, una excusa para dejar que “otros” hagan nuestro trabajo, que luchen dando la cara por la fe, la paz, el respeto al medio ambiente, por la familia, por la vida, por la educación, contra la corrupción y por una larga lista.

Supongamos sin embargo que algunos que dicen no tener tiempo están realmente muy ocupados. Pero habría que ver en qué se ocupan ¿en la familia, el trabajo, en obras de misericordia, en educación, en atención médica propia o de gente cercana, o en qué?

Lamentablemente, muchos no tienen tiempo para luchar por su fe, por sus ideales, por aquello que consideran más valioso, porque… tienen que descansar, que ver el futbol, ir al cine, o al café con los amigos, o… nueva pero insulsa lista.

Lo malo del caso es que muchos que dicen no poder participar en acciones colectivas creen que realmente no tienen tiempo, porque no se toman la molestia de analizarlo. Piensan que los que sí se dedican a mejorar la educación, defender la vida, la familia, los principios religiosos, la paz y la honestidad en el gobierno, por ejemplo, son personas que no tienen nada o muy poco que hacer. Ilusos.

La gran mayoría de las personas comprometidas viven ocupadas, pero hacen algo clave, muy simple: administran su tiempo, lo valoran y establecen prioridades. En general también, quienes organizan su vida y dedican parte de ella a lo que es primordial, no dejan tampoco de hacer lo que les gusta, de descansar y divertirse.

Los líderes sociales y los operadores de organizaciones para la defensa de los valores son personas con muchas actividades, pero dentro de ellas programan tiempo para esas causas, trabajando en común.

Quienes se niegan a reflexionar siquiera si pudieran dedicar algo de tiempo a lo anterior, y quienes con gran facilidad, por pereza mental o por indolencia, rápidamente concluyen que no tienen el tiempo que se les pide, olvidan la enseñanza evangélica que Lucas nos escribió (6, 38): “Dad y se os dará”.

Algunas veces, quienes se preocupan por la pérdida de la fe, de los valores de solidaridad, del deterioro de la vida social ante el embate de los enemigos de Dios, la vida, la familia y la responsabilidad compartida, no dan tiempo, ofrecen dinero y tranquilizan así su conciencia: “¡ya puse mi parte!”

Por supuesto que dar dinero u otros bienes ayuda, pero solamente a mantener la vida organizacional, se cubren gastos. No basta, esto ni siquiera suple la necesidad de la acción personal compartida con otros. Se necesita tiempo, aunque sea para rezar por las causas en las que se cree, algo en sí muy valioso.

Es importante reflexionar sobre la importancia de dar tiempo –a veces testimonial –, para la defensa de los valores trascendentes y humanos, observar cómo los más dedicados siempre tienen algo o mucho de tiempo para el compromiso, y no por eso dejan de vivir sus vidas. Además, los enemigos de Dios y del hombre tampoco descansan.

Cada vez que alguien a quien compartamos nuestras inquietudes nos diga, “si, pero… no tengo tiempo”, debemos ayudarle a reflexionarlo y animarle a ocupar parte de ese supuestamente limitado tiempo, en parte ocioso, a comprometerse en acciones colectivas, y confiar en que Dios mueva su corazón.

Así, quienes sí tienen tiempo, pueden servirse de parte de él para dar a otros ese ánimo de servir, contagiar entusiasmo y compromiso público, y recordarles esa frase evangélica: “dad y se os dará”: tiempo y testimonio en este caso.

Que al término de su vida, no se presenten con las manos vacías en cuanto a su responsabilidad colectiva: “es que… Señor… ¡no tuve tiempo! y… eso de comprometerse… que había que dar testimonio público, que por los pobres, los refugiados, los nonatos y no sé quienes más, pues… ¡no era tan fácil!”

Hay que recordar que si Cristo nos ofrece que si dos o más juntos piden algo al Padre en su nombre, les será concedido, qué mejor manera de poner nuestra parte al orar que con la acción de esos dos o más, reunidos en defensa de la fe y todo aquello de valor humano.

lunes, 20 de julio de 2009

Orientación y Consejería; Persona, Familia y Relaciones Humanas


Fuente: Catholic.net
Autor: Alfonso Aguiló Fuente: Conoze.com
No tengo tiempo
El riesgo de caer en agotadoras disquisiciones teóricas no debe hacernos desdeñar la buena y sana teoría de las cosas


Un hombre trabaja serrando árboles en un bosque. Pone mucho empeño y, sin embargo, está angustiado por el bajo rendimiento que obtiene de su prolongado esfuerzo. Cada día le lleva más tiempo acabar su tarea, de modo que le sorprende la noche cuando aún le quedan bastantes troncos por serrar.

En su afán por trabajar cada día más, no se da cuenta de que esa lentitud se debe a que tiene muy gastado el filo de la sierra. Un buen día se le acerca un compañero y le pregunta:

- Oye, ¿cuánto tiempo llevas con este árbol?
- Más de dos horas.

- Es raro que lleves tanto tiempo si trabajas a ese ritmo..., ¿por qué no descansas un momento y afilas la sierra?
- No puedo parar, llevo mucho retraso.

- Pero luego irás más deprisa y pronto recuperarás los pocos minutos que supone afilar la sierra.
- Lo siento, pero tengo mucho trabajo pendiente y no puedo perder ni un minuto.

Y así concluyó aquella conversación.

Algo muy parecido a este diálogo se repite con frecuencia en el interior de muchas personas preocupadas por problemas que afectan seriamente a sus vidas. Se plantean que quizá deben mejorar su preparación profesional, que deben aumentar su cultura, que tienen que formarse, que necesitan una renovación personal que les saque de su fatigosa y rutinaria monotonía...; pero al final concluyen que no tienen tiempo, que tienen tanto trabajo que no pueden perder ni un minuto en teorías.

Es cierto que en muchos casos la formación que a uno le ofrecen o le han ofrecido parece muy teórica y que no resuelve los problemas que tiene la gente. La solución entonces es procurarse una formación que no sea tan teórica y se adapte a las propias necesidades, pero no renunciar a la formación.

El riesgo de caer en agotadoras disquisiciones teóricas no debe hacernos desdeñar la buena y sana teoría de las cosas. Es preciso encontrar un equilibrio, porque muchas veces, cuando alguien dice que la teoría no le interesa, que ya se la sabe, lo que probablemente le suceda es que esté confundiendo la teoría con una vaga y soporífera verborrea, puesto que no hay nada más práctico que una buena teoría. Y a bastantes que aseguran no querer ni oír hablar de teorías lo que quizá les falle es precisamente la teoría (en el buen sentido del término). O, visto de otra manera, lo que les pierde es una teoría de segundo grado: lo que les pierde es la teoría del desprecio por la teoría.

Atender con esmero a la propia formación es decisivo para la mejora del carácter y, en general, para alcanzar una vida lograda. El problema es que casi todas las actividades encaminadas a mejorar nuestra formación son de esas actividades importantes pero no urgentes que, por no apremiarnos en el día a día, muchas personas suelen dejarlas para un hipotético momento futuro que luego nunca llega.