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lunes, 30 de septiembre de 2024
jueves, 4 de abril de 2024
martes, 19 de septiembre de 2023
lunes, 20 de febrero de 2023
viernes, 16 de diciembre de 2022
lunes, 8 de agosto de 2022
Un científico alemán asegura que la Tierra está girando más rápido y el día tiene 16 horas
Un científico alemán asegura que la Tierra está girando más rápido y el día tiene 16 horas
pangeanatura.com
martes, 15 de octubre de 2019
viernes, 22 de marzo de 2019
Ciencia y tecnología
¿Por qué sentimos que el tiempo pasa más rápido a medida que envejecemos?
¿Te parece que ahora las horas pasan más veloz que cuando eras joven o niño? La culpa de esa percepción la tendrían algunos proceso neurológicos de tu cuerpo, asegura un nuevo estudio

(Foto: Pixabay)
Una sensación común a medida que vamos creciendo es la de que el día pasa mucho más rápido que en nuestra adolescencia o juventud. Pareciese que cada vez las horas se van acortando; sin embargo, la realidad es otra.
Un reciente estudio de
Adrian Bejano, investigador de la universidad de Duke, publicado en la
revista European Review, afirma que la culpa de que tengamos esta
percepción equivocada del tiempo se debe a los cambios físicos producidos en el organismo humano durante el proceso de envejecimiento.
"Las personas a menudo se sorprenden de lo mucho que recuerdan de los días que parecían durar eternamente en su juventud. Y no es que sus experiencias fueran mucho más profundas o más significativas entonces que ahora, sino que se estaban procesando mucho más deprisa", comenta Bejano.
"Las personas a menudo se sorprenden de lo mucho que recuerdan de los días que parecían durar eternamente en su juventud. Y no es que sus experiencias fueran mucho más profundas o más significativas entonces que ahora, sino que se estaban procesando mucho más deprisa", comenta Bejano.
Neurona e imágenes
A medida que maduramos, nuestros nervios y neuronas van creciendo en tamaño y complejidad, lo que produce que las señales que recibimos del exterior tengan que recorrer caminos más largos hasta llegar al cerebro.
Con el tiempo, esas redes nerviosas empiezan a degradarse, ofreciendo
más resistencia aún al flujo de señales eléctricas que las recorre.
Como resultado de esto, la velocidad con la que se adquieren y procesan nuevas imágenes mentales disminuye. El resultado final es que, dado que los adultos vemos menos cantidades de imágenes nuevas en la misma cantidad de tiempo, nos parece que el tiempo está pasando más rápido.
"La mente humana siente que el tiempo cambia cuando las imágenes percibidas cambian. El presente es diferente del pasado porque la visión mental ha cambiado. Y los días parecen durar más durante la juventud porque las mentes jóvenes reciben más imágenes durante un día que la misma mente en la madurez", dice Bejano.
Como resultado de esto, la velocidad con la que se adquieren y procesan nuevas imágenes mentales disminuye. El resultado final es que, dado que los adultos vemos menos cantidades de imágenes nuevas en la misma cantidad de tiempo, nos parece que el tiempo está pasando más rápido.
"La mente humana siente que el tiempo cambia cuando las imágenes percibidas cambian. El presente es diferente del pasado porque la visión mental ha cambiado. Y los días parecen durar más durante la juventud porque las mentes jóvenes reciben más imágenes durante un día que la misma mente en la madurez", dice Bejano.
martes, 6 de noviembre de 2018
martes, 14 de julio de 2015
lunes, 26 de agosto de 2013
miércoles, 12 de octubre de 2011
Religión, Pastoral
| Autor: Salvador I. Reding Vidaña | Fuente: Catholic.net Es cierto, pero… ¡no tengo tiempo! | |||
| Es importante reflexionar sobre la importancia de dar tiempo | |||
|
lunes, 20 de julio de 2009
Orientación y Consejería; Persona, Familia y Relaciones Humanas

Fuente: Catholic.net
Autor: Alfonso Aguiló Fuente: Conoze.com
No tengo tiempo
El riesgo de caer en agotadoras disquisiciones teóricas no debe hacernos desdeñar la buena y sana teoría de las cosas
Un hombre trabaja serrando árboles en un bosque. Pone mucho empeño y, sin embargo, está angustiado por el bajo rendimiento que obtiene de su prolongado esfuerzo. Cada día le lleva más tiempo acabar su tarea, de modo que le sorprende la noche cuando aún le quedan bastantes troncos por serrar.
En su afán por trabajar cada día más, no se da cuenta de que esa lentitud se debe a que tiene muy gastado el filo de la sierra. Un buen día se le acerca un compañero y le pregunta:
- Oye, ¿cuánto tiempo llevas con este árbol?
- Más de dos horas.
- Es raro que lleves tanto tiempo si trabajas a ese ritmo..., ¿por qué no descansas un momento y afilas la sierra?
- No puedo parar, llevo mucho retraso.
- Pero luego irás más deprisa y pronto recuperarás los pocos minutos que supone afilar la sierra.
- Lo siento, pero tengo mucho trabajo pendiente y no puedo perder ni un minuto.
Y así concluyó aquella conversación.
Algo muy parecido a este diálogo se repite con frecuencia en el interior de muchas personas preocupadas por problemas que afectan seriamente a sus vidas. Se plantean que quizá deben mejorar su preparación profesional, que deben aumentar su cultura, que tienen que formarse, que necesitan una renovación personal que les saque de su fatigosa y rutinaria monotonía...; pero al final concluyen que no tienen tiempo, que tienen tanto trabajo que no pueden perder ni un minuto en teorías.
Es cierto que en muchos casos la formación que a uno le ofrecen o le han ofrecido parece muy teórica y que no resuelve los problemas que tiene la gente. La solución entonces es procurarse una formación que no sea tan teórica y se adapte a las propias necesidades, pero no renunciar a la formación.
El riesgo de caer en agotadoras disquisiciones teóricas no debe hacernos desdeñar la buena y sana teoría de las cosas. Es preciso encontrar un equilibrio, porque muchas veces, cuando alguien dice que la teoría no le interesa, que ya se la sabe, lo que probablemente le suceda es que esté confundiendo la teoría con una vaga y soporífera verborrea, puesto que no hay nada más práctico que una buena teoría. Y a bastantes que aseguran no querer ni oír hablar de teorías lo que quizá les falle es precisamente la teoría (en el buen sentido del término). O, visto de otra manera, lo que les pierde es una teoría de segundo grado: lo que les pierde es la teoría del desprecio por la teoría.
Atender con esmero a la propia formación es decisivo para la mejora del carácter y, en general, para alcanzar una vida lograda. El problema es que casi todas las actividades encaminadas a mejorar nuestra formación son de esas actividades importantes pero no urgentes que, por no apremiarnos en el día a día, muchas personas suelen dejarlas para un hipotético momento futuro que luego nunca llega.
Autor: Alfonso Aguiló Fuente: Conoze.com
No tengo tiempo
El riesgo de caer en agotadoras disquisiciones teóricas no debe hacernos desdeñar la buena y sana teoría de las cosas
Un hombre trabaja serrando árboles en un bosque. Pone mucho empeño y, sin embargo, está angustiado por el bajo rendimiento que obtiene de su prolongado esfuerzo. Cada día le lleva más tiempo acabar su tarea, de modo que le sorprende la noche cuando aún le quedan bastantes troncos por serrar.
En su afán por trabajar cada día más, no se da cuenta de que esa lentitud se debe a que tiene muy gastado el filo de la sierra. Un buen día se le acerca un compañero y le pregunta:
- Oye, ¿cuánto tiempo llevas con este árbol?
- Más de dos horas.
- Es raro que lleves tanto tiempo si trabajas a ese ritmo..., ¿por qué no descansas un momento y afilas la sierra?
- No puedo parar, llevo mucho retraso.
- Pero luego irás más deprisa y pronto recuperarás los pocos minutos que supone afilar la sierra.
- Lo siento, pero tengo mucho trabajo pendiente y no puedo perder ni un minuto.
Y así concluyó aquella conversación.
Algo muy parecido a este diálogo se repite con frecuencia en el interior de muchas personas preocupadas por problemas que afectan seriamente a sus vidas. Se plantean que quizá deben mejorar su preparación profesional, que deben aumentar su cultura, que tienen que formarse, que necesitan una renovación personal que les saque de su fatigosa y rutinaria monotonía...; pero al final concluyen que no tienen tiempo, que tienen tanto trabajo que no pueden perder ni un minuto en teorías.
Es cierto que en muchos casos la formación que a uno le ofrecen o le han ofrecido parece muy teórica y que no resuelve los problemas que tiene la gente. La solución entonces es procurarse una formación que no sea tan teórica y se adapte a las propias necesidades, pero no renunciar a la formación.
El riesgo de caer en agotadoras disquisiciones teóricas no debe hacernos desdeñar la buena y sana teoría de las cosas. Es preciso encontrar un equilibrio, porque muchas veces, cuando alguien dice que la teoría no le interesa, que ya se la sabe, lo que probablemente le suceda es que esté confundiendo la teoría con una vaga y soporífera verborrea, puesto que no hay nada más práctico que una buena teoría. Y a bastantes que aseguran no querer ni oír hablar de teorías lo que quizá les falle es precisamente la teoría (en el buen sentido del término). O, visto de otra manera, lo que les pierde es una teoría de segundo grado: lo que les pierde es la teoría del desprecio por la teoría.
Atender con esmero a la propia formación es decisivo para la mejora del carácter y, en general, para alcanzar una vida lograda. El problema es que casi todas las actividades encaminadas a mejorar nuestra formación son de esas actividades importantes pero no urgentes que, por no apremiarnos en el día a día, muchas personas suelen dejarlas para un hipotético momento futuro que luego nunca llega.
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