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viernes, 5 de agosto de 2011

General






FILOSOFEMAS

Carlos Cueto Fernandini, paradigma de gran educador

Por: Francisco Miró Quesada Cantuarias Director General
Viernes 5 de Agosto del 2011
La señora Lilly Caballero de Cueto ha tenido la brillante idea de editar un libro sobre la personalidad y obra de su fallecido esposo Carlos Cueto Fernandini (1912-1968). Su obra fue muy vasta, pues fue muy prolífico. Y es, por eso, imposible exponerla y analizarla en el breve espacio del que disponemos. Carlos Cueto fue un amigo íntimo, de manera que lo conocí muy bien. Y puedo afirmar que es la persona más noble que he conocido. Era serio, responsable, incapaz de hablar mal de nadie y siempre llano a reconocer los méritos de los demás. Más, a pesar de su seriedad, tenía un fino sentido del humor.
Estudió en el Colegio Alemán e ingresó a San Marcos, para seguir Filosofía y Derecho, que no ejerció. En 1940 trabajó como secretario del ministro de Educación, Pedro Oliveira. Su experiencia docente y su trabajo con el ministro definieron su vocación por la educación. También participó en la creación del Instituto Psicopedagógico Nacional y fue director de Sociología de la Educación. De 1951 a 1958 fue el primer decano de la Facultad de Educación de San Marcos.
En reconocimiento a su labor docente, la Fundación Guggenheim lo invitó a dar conferencias en las universidades de Nueva York, Wisconsin, Seattle, Pensilvania, Michigan, Wellesley College y Harvard.
A su retorno al Perú es nombrado, en 1954, presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía y en 1957 es reelegido. Este último año es contratado por la Unesco como director del Proyecto Principal de Educación para América Latina. En 1959 es nombrado director de la División de Educación de la OEA con sede en Washington y, en 1961, presidente de la Comisión Especial de la OEA para estudiar los problemas de la educación en América Latina. Este grupo se formó por iniciativa del presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy. Pero debemos cortar aquí, para exponer una de las cosas más importantes que hizo en su brillante carrera: su definición de maestro:
Todo aquel que se siente capaz de trabajar empeñosamente al servicio de un ideal, sin guardar para sí los frutos de su trabajo.
Todo aquel que al conversar con otro siente el placer de beneficiar con su pensamiento a quien dialoga y de escuchar el mensaje que puede desprenderse de las palabras recogidas.
Todo aquel que apetezca sumergirse en los valores que empujan a los hombres en la práctica del bien.
Todo aquel que se reconozca a sí mismo en las justas aspiraciones de un hombre cualquiera, aunque ese hombre no sea su amigo y a pesar de que esas aspiraciones no comprometan ninguno de sus intereses personales.
Todo aquel que no considere presuntuoso al hombre de menor edad que ha llegado a aprender más que él y que vea esta situación sin resentimiento, como el símbolo venturoso de la renovación del espíritu humano.
Todo aquel que a cualquier edad se encuentre a sí mismo apto para escuchar las palabras de rebeldía de los jóvenes, tratando de comprenderlas en su justo valor de inspiración para la historia humana, sin que la efervescencia de estas palabras lo hagan. Además, ecuánime para apreciar el mensaje de la vida ya realizada por los ancianos, ni sordo a las invocaciones conservadoras.
Todo aquel que en el contacto con el alma y la cultura del hombre se sienta revitalizado por los impulsos tranquilos de la veneración.
Todo aquel que se sienta enriquecido cuando da.
Todo aquel que sabiendo olvida que sabe.
Todo aquel que se siente capaz de trabajar por los demás sin extender enseguida la mano para demandar la recompensa.
Todo aquel que crea firmemente que el destino del hombre puede ser siempre mejor.
Todo aquel que esté dispuesto a aceptar que el más humilde de los hombres pueda tener algo que enseñarle.
Todo aquel que siendo fuerte para condenar, no diga su condena sin una palabra de misericordia.
Todo aquel que esté llano a aceptar que hay muchas cosas que no sabe sin sentirse humillado.
Es un Maestro.

jueves, 17 de septiembre de 2009

General

El Comercio 17 de stiembre del 2009

RECUERDO Y HOMENAJE A CARLOS CUETO FERNANDINI

Maestro y hombre ejemplar
Por: Antonio Pinilla*

Carlos Cueto Fernandini fue un gran hombre y un gran maestro. Era caso único de personalidad bien integrada. Maneras francas, amigables, rebosantes de comprensión y simpatía ante los problemas ajenos, juez severísimo para juzgarse a sí mismo y exigirse todo de sí. Extraordinario caso de una fuerte voluntad, no de predominio sino de servicio a los demás.

Su mente lógica elaboraba pensamientos penetrantes y claros, profundos y fáciles de comprender, a la vez nuevos y familiares. Poseía el don de explicar de manera sencilla asuntos difíciles porque su mente los descomponía y reconstruía iluminándolos. Su idealismo realista resolvía problemas y conflictos dirigiendo a todos a más elevados modos de ver las cosas y de responsabilizarse ante el derecho ajeno y el propio destino.

Tal capacidad intelectual superior es la fuente más importante del poder. Ella posibilita dominar y subordinar a los demás. Él la utilizaba como instrumento de una voluntad de ayuda al prójimo, a sus alumnos, a sus colegas, al gobierno y al pueblo del Perú. Su ser personal estaba identificado e integrado de modo total con el quehacer del educador.

Su actitud en el trato cotidiano era elevada lección moral. La extraordinaria fuerza que representaba su capacidad de conocimiento y juicio certero y equilibrado no la utilizaba en provecho propio —como casi todo el género humano que vive guiado por el instinto de conservación y el apetito de lograr el propio provecho e interés—, la usaba premeditadamente en provecho de otros. Por esta actitud que lo caracterizaba su ser personal era encarnación señera del imperativo de amor al prójimo. La plenitud de fuerza intelectual y vital desborda siempre hacia el servicio y la ayuda a los demás. Carlos Cueto impregnaba todas sus obras y actos de esta toma de posición que hace a los otros donación de conocimientos y fuerza comprensiva y expresiva que regala capacidad de transformación del mundo y de influir, y que es en sí misma educación.

Por razón de esta generosa toma de posición era valiente y alegre, frente a la vida y frente a la muerte. La vida le era grata en cuanto era oportunidad de ayudar a los otros individuos y grupos, países y pueblos. ¿Cómo ayudar al ser humano a realizarse como individuo y como nación? He allí el problema que le interesaba. Pensó muy profundamente en el proceso educativo mismo y denunció como falso y dañino la concepción de que el educar es “formar”, de que la educación es “proceso formativo”, porque incluye la suposición de que el educando es materia amorfa que espera recibir de fuera moldes y formas que le dan fisonomía y carácter.

Carlos Cueto fue clarividente al reconocer el daño y deformación que de la práctica de tal concepción educativa se deriva. Al desconocerse la realidad del educando, sus capacidades de comprensión y expresión, de imaginación e inferencia, de reacción y creación original, todo el proceso educativo adquiere signo negativo en vez de positivo. En vez de liberar y mejorar al ser humano tal “proceso formativo” origina imposición de rutinas y prejuicios, uniformando, limitando y automatizando a los alumnos. Esta es la idea central para toda reforma de la enseñanza en el Perú.

Como sabía que la educación no es “imponer formas” sino influir indirectamente a través de las condiciones del medio ambiente y de la personalidad misma del maestro, Carlos Cueto volcaba la suya, tan rica, culta, noble y digna, dando lección permanente de cómo ser un verdadero y auténtico hombre.

(*) ARTÍCULO PUBLICADO EN EL COMERCIO. EDICIÓN DE LA MAÑANA, JUEVES 14/11/1968.