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martes, 5 de noviembre de 2024
martes, 22 de mayo de 2018
Historia, geografía y economía
¡Confirmado! Adolfo Hitler murió en 1945 en Berlín
"Ya podemos parar las teorías conspirativa", dijeron investigadores franceses que analizaron los restos de la dentadura del dictador

Adolfo Hitler. (AFP)
Adolfo Hitler murió
en 1945 en Berlín, después de beber cianuro y tras dispararse un
balazo, confirmaron investigadores franceses que tuvieron acceso a los
restos de la dentadura del dictador, que se conservan en Moscú.
"Los dientes son auténticos, no cabe duda. Nuestro estudio prueba que Hitler murió en 1945", dijo a la AFP el profesor Philippe Charlier.
"Ya podemos parar todas las teorías conspirativa sobre Hitler. No se fue a Argentina en un submarino, no está escondido en una base en la Antártida ni en el lado escuro de la Luna", indicó Charlier.
El estudio, del cual Philippe Charlier es el coautor junto a cuatro otros investigadores, fue publicado en la revista científica European Journal of Internal Medicine.
(Para leer el estudio original, CLIC AQUÍ)
El análisis de la mala dentadura de Hitler y de varias piezas, no encontró ningún rastro de carne, ya que el dictador nazi era vegetariano, indicó Charlier.
En marzo y en julio de 2017, los servicios secretos rusos FSB y los archivos estatales rusos autorizaron a un equipo de científicos a examinar los huesos del dictador, por primera vez desde 1946, contó el experto.
El equipo francés pudo analizar un fragmento del cráneo que fue atribuido al "Fuhrer", que tenía un agujero en el lado izquierdo que probablemente fue provocado por el impacto de la bala.
Los científicos no pudieron tomar muestras de este fragmento.
La morfología del fragmento correspondía con las radiografías del cráneo de Hitler tomadas antes de su muerte, estimó el estudio.
--- Detalles del estudio ---
Este estudio confirma la versión generalmente aceptada de que Hitler murió el 30 de abril de 1945 en su búnker de Berlín con su compañera Eva Braun, y además entrega nuevas informaciones sobre las causas exactas de su muerte, indicó Charlier.
"No sabíamos si había usado una cápsula de cianuro para darse muerto o una bala en la cabeza. Son muy probables ambos", dijo.
El análisis de los dientes no encontró ningún rastro de pólvora, lo que indica que el revólver no entró en la boca y que más probablemente fue apuntado al cuello o a la frente.
Además, los depósitos azulados en sus piezas de dentadura postiza podrían indicar "que hubo una reacción entre el cianuro y la dentadura", dijo el investigador.
Charlier, especialista en medicina legal y antropología, también participó en el análisis del corazón momificado de Ricardo Corazón de León.
(Para leer el estudio original, CLIC AQUÍ)
El análisis de la mala dentadura de Hitler y de varias piezas, no encontró ningún rastro de carne, ya que el dictador nazi era vegetariano, indicó Charlier.
En marzo y en julio de 2017, los servicios secretos rusos FSB y los archivos estatales rusos autorizaron a un equipo de científicos a examinar los huesos del dictador, por primera vez desde 1946, contó el experto.
El equipo francés pudo analizar un fragmento del cráneo que fue atribuido al "Fuhrer", que tenía un agujero en el lado izquierdo que probablemente fue provocado por el impacto de la bala.
Los científicos no pudieron tomar muestras de este fragmento.
La morfología del fragmento correspondía con las radiografías del cráneo de Hitler tomadas antes de su muerte, estimó el estudio.
--- Detalles del estudio ---
Este estudio confirma la versión generalmente aceptada de que Hitler murió el 30 de abril de 1945 en su búnker de Berlín con su compañera Eva Braun, y además entrega nuevas informaciones sobre las causas exactas de su muerte, indicó Charlier.
"No sabíamos si había usado una cápsula de cianuro para darse muerto o una bala en la cabeza. Son muy probables ambos", dijo.
El análisis de los dientes no encontró ningún rastro de pólvora, lo que indica que el revólver no entró en la boca y que más probablemente fue apuntado al cuello o a la frente.
Además, los depósitos azulados en sus piezas de dentadura postiza podrían indicar "que hubo una reacción entre el cianuro y la dentadura", dijo el investigador.
Charlier, especialista en medicina legal y antropología, también participó en el análisis del corazón momificado de Ricardo Corazón de León.
domingo, 5 de septiembre de 2010
lunes, 3 de agosto de 2009
Ciencias Sociales
El Comercio 2 de agosto del 2009
LAS CONSECUENCIAS DEL FANATISMO
El novelista de Hitler
Por: Tomás Eloy Martínez Escritor
Tal vez el mejor vehículo para entender los delirios del poder autoritario sean las ficciones que nacen al amparo de los dictadores o de sus cómplices letrados.
Adolf Hitler y Joseph Goe-bbels confiaron su posteridad a la arquitectura y el cine. Aunque Hitler contaba también con la servidumbre de un músico de genio, Richard Strauss, necesitaba un narrador que lo glorificara. Ninguno lo satisfizo hasta que leyó algunos cuentos del escritor Hanns Heinz Ewers.
Ewers perteneció a esa raza de idealistas enfermos que creyeron en la razón de los fuertes y en la salvación nacida de la espada. Como el escritor francés Louis-Ferdinand Céline, fue también un apátrida: Se llamó a sí mismo ciudadano del mundo y vivió en casi todas las latitudes. Desde que nació, el 3 de noviembre de 1871, paseó por las tres Américas, Asia y las islas del Pacífico.
Entre 1903 y 1904 logró conservar una casa y una biblioteca en Capri, donde compuso los cuentos de “Das Grauen” (“Lo horroroso”). Entre 1916 y 1918 vagó, nervioso, por Iquitos y Belo Horizonte, a la espera de que lo repatriaran. La derrota de Alemania en la Gran Guerra lo sorprendió mientras regresaba en un barco de carga. Desde entonces empezó a segregar un delirante orgullo patriótico que lo arrastró al nazismo.
Sus biógrafos admiten dos explicaciones para el fanatismo de Ewers: En 1923, el Partido Nacional-Socialista imaginó un programa que parecía saciar todos los sueños de reivindicación patriótica alimentados por el escritor; luego, a fines de la década, el Orden Negro de Hitler y el renacimiento del paganismo alemán expresaron a la perfección la filosofía esotérica en la que Ewers había creído y sobre la que, por otra parte, estaban basadas sus dos obras maestras: “La Mandrágora” (“Alraune”, 1910), y “El aprendiz de brujo” (“Der Zauberlehrling”, 1911).
“La Mandrágora” refiere una historia que finge ser inofensiva. Sucede en una comunidad de intelectuales burgueses, universitarios, abogados y médicos que aman el vino, las palabras y los duelos. Debajo del aburrimiento, el mal asume sus más astutas formas, aun las de la ingenuidad. La intriga es precaria, casi inexistente. El profesor Bronken, investigador científico que sacrifica a niños en sus experimentos, es persuadido por su sobrino Frank Braun de crear una criatura infernal. Consiste en inyectar en los genitales de una prostituta vocacional la esperma de un condenado a muerte.
De la fecundación nace una hembra maligna, la Mandrágora, que ya en el parto destroza las vísceras de la madre. Ese es su primer crimen. Adoptada por el viejo Bronken, quien se enriquece gracias a los consejos de su pupila, la satánica niña va convirtiéndose en una mujer de encantos letales. Los que se enamoran de Mandrágora sucumben. La excepción es Frank Braun, quien logra seducirla y provocar su muerte.
Cuando Hitler tomó el poder, Ewers creyó que la Alemania mitológica de Sigfrido y del Walhalla había llegado finalmente. Si bien no se afilió al Partido Nazi, participó en los desfiles de antorchas de los SA (Sturmabteilung: Tropa de Asalto) y en las fiestas paganas de su caudillo Ernst Röhm.
El 3 de noviembre de 1933 lo invitaron a la residencia oficial de Berghof, en los Alpes bávaros. Faltaban siete meses para la de-senfrenada matanza que acabó con Röhm y con las SA, la célebre “noche de los cuchillos largos”.
El escritor recibió en el Berghof la consigna de crear un modelo para los SA y para la juventud alemana. En los archivos de los diarios berlineses descubrió a Horst Wessel, un rufián que había organizado en 1925 las fuerzas de choque nazis y que un año más tarde fue abatido en un combate callejero con los comunistas.
No era un mártir convincente, pero Ewers no se arredró. Escribió una apasionada biografía que se publicó en 1933 con éxito clamoroso. Goebbels ordenó de inmediato una adaptación cinematográfica. Pero casi todos los nazis venerados en ese libro cayeron asesinados en la purga de los SA. Cuando Hitler y Goebbels asistieron a una proyección privada de “Horst Wessel” adujeron que sus falsedades históricas eran “intolerables” y lo vetaron. Desde entonces, el nombre de Ewers se convirtió en peste.
A partir de 1935, todas las obras de Ewers fueron prohibidas en el Reich, con excepción de “Jinetes”, pero aun esta era de venta limitada. A comienzos de 1936 también se le impidió salir de su refugio bávaro. Para un viajero como Ewers, la inmovilidad equivalía a la muerte. Kurt Desch, su editor, ordenó que sobre la tumba se inscribiera la última frase de “La Mandrágora”, en la cual cabe entero el destino de Ewers: “Quiero entrar en mí. Me espera mi madre”
LAS CONSECUENCIAS DEL FANATISMO
El novelista de Hitler
Por: Tomás Eloy Martínez Escritor
Tal vez el mejor vehículo para entender los delirios del poder autoritario sean las ficciones que nacen al amparo de los dictadores o de sus cómplices letrados.
Adolf Hitler y Joseph Goe-bbels confiaron su posteridad a la arquitectura y el cine. Aunque Hitler contaba también con la servidumbre de un músico de genio, Richard Strauss, necesitaba un narrador que lo glorificara. Ninguno lo satisfizo hasta que leyó algunos cuentos del escritor Hanns Heinz Ewers.
Ewers perteneció a esa raza de idealistas enfermos que creyeron en la razón de los fuertes y en la salvación nacida de la espada. Como el escritor francés Louis-Ferdinand Céline, fue también un apátrida: Se llamó a sí mismo ciudadano del mundo y vivió en casi todas las latitudes. Desde que nació, el 3 de noviembre de 1871, paseó por las tres Américas, Asia y las islas del Pacífico.
Entre 1903 y 1904 logró conservar una casa y una biblioteca en Capri, donde compuso los cuentos de “Das Grauen” (“Lo horroroso”). Entre 1916 y 1918 vagó, nervioso, por Iquitos y Belo Horizonte, a la espera de que lo repatriaran. La derrota de Alemania en la Gran Guerra lo sorprendió mientras regresaba en un barco de carga. Desde entonces empezó a segregar un delirante orgullo patriótico que lo arrastró al nazismo.
Sus biógrafos admiten dos explicaciones para el fanatismo de Ewers: En 1923, el Partido Nacional-Socialista imaginó un programa que parecía saciar todos los sueños de reivindicación patriótica alimentados por el escritor; luego, a fines de la década, el Orden Negro de Hitler y el renacimiento del paganismo alemán expresaron a la perfección la filosofía esotérica en la que Ewers había creído y sobre la que, por otra parte, estaban basadas sus dos obras maestras: “La Mandrágora” (“Alraune”, 1910), y “El aprendiz de brujo” (“Der Zauberlehrling”, 1911).
“La Mandrágora” refiere una historia que finge ser inofensiva. Sucede en una comunidad de intelectuales burgueses, universitarios, abogados y médicos que aman el vino, las palabras y los duelos. Debajo del aburrimiento, el mal asume sus más astutas formas, aun las de la ingenuidad. La intriga es precaria, casi inexistente. El profesor Bronken, investigador científico que sacrifica a niños en sus experimentos, es persuadido por su sobrino Frank Braun de crear una criatura infernal. Consiste en inyectar en los genitales de una prostituta vocacional la esperma de un condenado a muerte.
De la fecundación nace una hembra maligna, la Mandrágora, que ya en el parto destroza las vísceras de la madre. Ese es su primer crimen. Adoptada por el viejo Bronken, quien se enriquece gracias a los consejos de su pupila, la satánica niña va convirtiéndose en una mujer de encantos letales. Los que se enamoran de Mandrágora sucumben. La excepción es Frank Braun, quien logra seducirla y provocar su muerte.
Cuando Hitler tomó el poder, Ewers creyó que la Alemania mitológica de Sigfrido y del Walhalla había llegado finalmente. Si bien no se afilió al Partido Nazi, participó en los desfiles de antorchas de los SA (Sturmabteilung: Tropa de Asalto) y en las fiestas paganas de su caudillo Ernst Röhm.
El 3 de noviembre de 1933 lo invitaron a la residencia oficial de Berghof, en los Alpes bávaros. Faltaban siete meses para la de-senfrenada matanza que acabó con Röhm y con las SA, la célebre “noche de los cuchillos largos”.
El escritor recibió en el Berghof la consigna de crear un modelo para los SA y para la juventud alemana. En los archivos de los diarios berlineses descubrió a Horst Wessel, un rufián que había organizado en 1925 las fuerzas de choque nazis y que un año más tarde fue abatido en un combate callejero con los comunistas.
No era un mártir convincente, pero Ewers no se arredró. Escribió una apasionada biografía que se publicó en 1933 con éxito clamoroso. Goebbels ordenó de inmediato una adaptación cinematográfica. Pero casi todos los nazis venerados en ese libro cayeron asesinados en la purga de los SA. Cuando Hitler y Goebbels asistieron a una proyección privada de “Horst Wessel” adujeron que sus falsedades históricas eran “intolerables” y lo vetaron. Desde entonces, el nombre de Ewers se convirtió en peste.
A partir de 1935, todas las obras de Ewers fueron prohibidas en el Reich, con excepción de “Jinetes”, pero aun esta era de venta limitada. A comienzos de 1936 también se le impidió salir de su refugio bávaro. Para un viajero como Ewers, la inmovilidad equivalía a la muerte. Kurt Desch, su editor, ordenó que sobre la tumba se inscribiera la última frase de “La Mandrágora”, en la cual cabe entero el destino de Ewers: “Quiero entrar en mí. Me espera mi madre”
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