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martes, 29 de noviembre de 2022
viernes, 15 de julio de 2022
viernes, 23 de febrero de 2018
General
2 cosas que debes saber al escoger una copa para tu vino
04.01.2018 | Notas , Recomendaciones
No es mentira que la gaseosa y el
agua saben mejor en vidrio que en plástico. Cuando se trata de beber, el
recipiente importa. Un vino podemos tomarlo en taza, en jarra y hasta
de la misma botella. Pero si lo que estás buscando es la experiencia
total de sentir sabores, el vaso influye casi tanto como la uva. La idea
es encontrar una copa que mejore la experiencia de tomar el vino. Más
importante que cualquier etiqueta de mesa o de gustos en vidriería, lo
que debe priorizarse es que el sabor llegue de la mejor manera a tu
paladar.
Para eso es necesario elegir bien la copa. Aunque parezca un tema banal y subjetivo, existe un estudio que comprueba la influencia de la forma de la copa en el sabor y olor del vino. Un grupo de científicos japoneses desarrolló una cámara especial que detecta y fotografía el vapor de etanol cuando emana de la copa. Este vapor es la forma en la que los aromas del vino entran por tu nariz, en lo que vendría a ser tu primera aproximación al sabor del vino. Eligiendo la forma adecuada, según el tipo de uva, podrás explotar todos los sabores y olores que una botella tiene para ofrecerte. Si estás buscando la mejor experiencia, te recomendamos seguir estos consejos.

Los vinos blancos usualmente son servidos en copas más chicas.
¿Por qué?

¿Por qué?
Para eso es necesario elegir bien la copa. Aunque parezca un tema banal y subjetivo, existe un estudio que comprueba la influencia de la forma de la copa en el sabor y olor del vino. Un grupo de científicos japoneses desarrolló una cámara especial que detecta y fotografía el vapor de etanol cuando emana de la copa. Este vapor es la forma en la que los aromas del vino entran por tu nariz, en lo que vendría a ser tu primera aproximación al sabor del vino. Eligiendo la forma adecuada, según el tipo de uva, podrás explotar todos los sabores y olores que una botella tiene para ofrecerte. Si estás buscando la mejor experiencia, te recomendamos seguir estos consejos.

Los vinos blancos usualmente son servidos en copas más chicas.
¿Por qué?
- Así se preserva mejor el aroma floral.
- Se mantiene una temperatura más fría.
- Y transmite mejor los aromas por su proximidad a la nariz

¿Por qué?
- La superficie es más grande y hay más espacio para que el Etanol se evapore.
- La apertura grande la boca de la copa hace que el sabor se sienta más suave.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
General
BBC Mundo
miércoles 18 de septiembre del 2013
(BBC Mundo). Imagínese por un momento que usted recibe una invitación para que su familia visite la Casa Blanca y se reúna con el presidente Barack Obama. ¿Se comportarían bien sus hijos?
Esa pregunta intenta resolverla en Washington Crystal L. Bailey, una empleada del Departamento de Justicia que en las tardes dicta clases privadas de etiqueta a los hijos de la élite de la capital de Estados Unidos.
Ya sea en casas, en restaurantes o incluso en hoteles como el pomposo Ritz Carlton, Bailey se dedica a enseñarles a los pequeños -que tienen desde 3 años en adelante- todas las reglas básicas de comportamiento para que dejen la mejor impresión (de ellos y de sus padres) si se topan con alguna figura relevante del mundo político y empresarial de Washington.
Esas reglas incluyen desde elementos básicos como un apretón de manos perfecto hasta temas un poco más complejos como los pasos para doblar una servilleta de tela o la etiqueta necesaria para tomar té y comer galletas en vajilla de porcelana.
La sesión se llama una “Clase de Etiqueta para Jóvenes Diplomáticos: Una tarde de elegancia”, y BBC Mundo participó en ella.
PREADOLESCENTE SOBRESALIENTE
Anna Graham tiene apenas 10 años, pero habla de sus responsabilidades como si fuera una alta ejecutiva.
Este año fue elegida “Preadolescente Sobresaliente de Virginia”, ya tiene una hoja de vida que se puede descargar de internet y además le gusta discutir uno de los temas que conoce a profundidad: la diabetes, de la que padece.
Su objetivo expreso es ayudar a fomentar la investigación sobre esa enfermedad y por ello ha viajado al Capitolio para reunirse con congresistas y hablar “de la importancia del financiamiento gubernamental para la diabetes juvenil”, como ella misma lo define al hablar con BBC Mundo.
En esta tarde de viernes, ella es una de las alumnas de Miss Bailey, como se hace llamar la profesora cuando está con los niños. La acompañan otros tres menores -entre 8 y 12 años- en un elegante comedor privado donde se aprestan a conocer los secretos de la etiqueta moderna.
Comienzan con una lección para presentarse: no sólo qué decir de ellos mismos, sino cómo convencer con la mirada, cómo mantener la postura y cómo apretar la mano con la intensidad perfecta, sin que sea demasiado fuerte ni demasiado suave.
Todos se sientan y Miss Bailey distribuye unos cartones de bingo. Es hora de aprender, con un juego, los modales en la mesa: por qué es importante quitarse el sombrero a la hora de cenar, cómo doblar la servilleta de tela en el regazo o a qué volumen poner la música que ambientará la velada.
Los niños reciben, entonces, una vajilla de porcelana, que deben ubicar adecuadamente sobre la mesa, con la cantidad ideal de cubiertos de plata y una servilleta que aprenden a doblar en forma de cono de helado.
Luego, con la mesa puesta, reciben indicaciones sobre cómo servir el té sin hacer ruido, cómo tomar la taza sin levantar el meñique -algo que creen es señal de elegancia hasta que Crystal los corrige- y hasta cómo comenzar charlas triviales mientras disfrutan del té.
“Uno no se imaginaría a los niños sentados alrededor de la mesa tomando té”, dice Crystal, “pero muchas de estas personas están en circunstancias únicas, así que es importante que tengan buena etiqueta”.
UNA BUENA REPRESENTACIÓN
La de Bailey no es la única clase de etiqueta que se ofrece en Washington y sus lecciones tampoco son exclusivas para el mundo político y empresarial.
De hecho, ella enfatiza que le parece importante que sus alumnos sepan comportarse en cualquier situación, incluso si van a un restaurante de comida rápida.
Pero también explica que por el mismo hecho de estar en la capital del país, los niños están generalmente expuestos a compañías que tienen sus sedes centrales en Washington, al mundo político del Congreso y a decenas de embajadas.
“Así que realmente hay una necesidad de que los niños se comporten bien cuando los padres hacen una invitación a comer o a un evento”, dice.
“Ciertamente no quieren que sus hijos estén sentados en una esquina, pues no es una buena representación de ellos”.
La mamá de Anna, Regina, está de acuerdo en que es clave que su pequeña se comporte bien, especialmente ahora que ha empezado a reunirse con el mundo político de Washington.
“Es grandioso que ella siempre esté pendiente de sus modales y sea capaz de comportarse con gracia y desenvoltura cuando esté frente a alguien”, dice.
Anna, por su parte, demuestra en todo momento que ha recibido consejos sobre el tema, tanto en su propio hogar como ahora en la sesión de etiqueta con Miss Bailey.
“Todo lo que aprendí acá puedo llevarlo conmigo a la casa”, dice al final de la clase, con postura perfecta y mirando a los ojos. “Cómo poner la mesa, cómo doblar servilletas y simplemente cómo ser una cortés señorita”.
miércoles 18 de septiembre del 2013
La mujer que enseña a los niños cómo comportarse si se cruzan con Obama
Imagínate que recibes una invitación para que tus hijos vayan a la Casa Blanca. ¿Estás seguro de que ellos se portarán bien? Crystal Bailey se encarga de que así sea
Crystal Bailey hace grupos en sus clases. (BBC Mundo)
Esa pregunta intenta resolverla en Washington Crystal L. Bailey, una empleada del Departamento de Justicia que en las tardes dicta clases privadas de etiqueta a los hijos de la élite de la capital de Estados Unidos.
Ya sea en casas, en restaurantes o incluso en hoteles como el pomposo Ritz Carlton, Bailey se dedica a enseñarles a los pequeños -que tienen desde 3 años en adelante- todas las reglas básicas de comportamiento para que dejen la mejor impresión (de ellos y de sus padres) si se topan con alguna figura relevante del mundo político y empresarial de Washington.
Esas reglas incluyen desde elementos básicos como un apretón de manos perfecto hasta temas un poco más complejos como los pasos para doblar una servilleta de tela o la etiqueta necesaria para tomar té y comer galletas en vajilla de porcelana.
La sesión se llama una “Clase de Etiqueta para Jóvenes Diplomáticos: Una tarde de elegancia”, y BBC Mundo participó en ella.
PREADOLESCENTE SOBRESALIENTE
Anna Graham tiene apenas 10 años, pero habla de sus responsabilidades como si fuera una alta ejecutiva.
Este año fue elegida “Preadolescente Sobresaliente de Virginia”, ya tiene una hoja de vida que se puede descargar de internet y además le gusta discutir uno de los temas que conoce a profundidad: la diabetes, de la que padece.
Su objetivo expreso es ayudar a fomentar la investigación sobre esa enfermedad y por ello ha viajado al Capitolio para reunirse con congresistas y hablar “de la importancia del financiamiento gubernamental para la diabetes juvenil”, como ella misma lo define al hablar con BBC Mundo.
En esta tarde de viernes, ella es una de las alumnas de Miss Bailey, como se hace llamar la profesora cuando está con los niños. La acompañan otros tres menores -entre 8 y 12 años- en un elegante comedor privado donde se aprestan a conocer los secretos de la etiqueta moderna.
Comienzan con una lección para presentarse: no sólo qué decir de ellos mismos, sino cómo convencer con la mirada, cómo mantener la postura y cómo apretar la mano con la intensidad perfecta, sin que sea demasiado fuerte ni demasiado suave.
Todos se sientan y Miss Bailey distribuye unos cartones de bingo. Es hora de aprender, con un juego, los modales en la mesa: por qué es importante quitarse el sombrero a la hora de cenar, cómo doblar la servilleta de tela en el regazo o a qué volumen poner la música que ambientará la velada.
Los niños reciben, entonces, una vajilla de porcelana, que deben ubicar adecuadamente sobre la mesa, con la cantidad ideal de cubiertos de plata y una servilleta que aprenden a doblar en forma de cono de helado.
Luego, con la mesa puesta, reciben indicaciones sobre cómo servir el té sin hacer ruido, cómo tomar la taza sin levantar el meñique -algo que creen es señal de elegancia hasta que Crystal los corrige- y hasta cómo comenzar charlas triviales mientras disfrutan del té.
“Uno no se imaginaría a los niños sentados alrededor de la mesa tomando té”, dice Crystal, “pero muchas de estas personas están en circunstancias únicas, así que es importante que tengan buena etiqueta”.
UNA BUENA REPRESENTACIÓN
La de Bailey no es la única clase de etiqueta que se ofrece en Washington y sus lecciones tampoco son exclusivas para el mundo político y empresarial.
De hecho, ella enfatiza que le parece importante que sus alumnos sepan comportarse en cualquier situación, incluso si van a un restaurante de comida rápida.
Pero también explica que por el mismo hecho de estar en la capital del país, los niños están generalmente expuestos a compañías que tienen sus sedes centrales en Washington, al mundo político del Congreso y a decenas de embajadas.
“Así que realmente hay una necesidad de que los niños se comporten bien cuando los padres hacen una invitación a comer o a un evento”, dice.
“Ciertamente no quieren que sus hijos estén sentados en una esquina, pues no es una buena representación de ellos”.
La mamá de Anna, Regina, está de acuerdo en que es clave que su pequeña se comporte bien, especialmente ahora que ha empezado a reunirse con el mundo político de Washington.
“Es grandioso que ella siempre esté pendiente de sus modales y sea capaz de comportarse con gracia y desenvoltura cuando esté frente a alguien”, dice.
Anna, por su parte, demuestra en todo momento que ha recibido consejos sobre el tema, tanto en su propio hogar como ahora en la sesión de etiqueta con Miss Bailey.
“Todo lo que aprendí acá puedo llevarlo conmigo a la casa”, dice al final de la clase, con postura perfecta y mirando a los ojos. “Cómo poner la mesa, cómo doblar servilletas y simplemente cómo ser una cortés señorita”.
miércoles, 21 de agosto de 2013
lunes, 28 de septiembre de 2009
Orientación nesy Consejería, Persona, Familia y Relaciones Humanas
El Comercio 27 de setiembre del 2009
MANERAS DE VIVIR
Aprendiendo modales en el supermercado
Por: Rosa Montero Periodista
Hace algunos días, una amiga mía estaba haciendo cola delante de la caja de un supermercado. Era una hora punta y había mucha gente. Cuando llegó su turno, mi amiga, que ya había vaciado su cesta sobre la cinta, dijo: “Buenas tardes”. La cajera, una chica de aspecto andino, levantó sobresaltada la cabeza de su afanoso marcar y marcar. “Ay, señora, perdone, buenas tardes”, dijo con su suave acento ecuatoriano: “Es que una termina perdiendo los modales”. Y, mientras cobraba, le contó a mi amiga que llevaba cinco años en España y que, cuando llegó, se le habían saltado las lágrimas en más de una ocasión por la rudeza del trato de la gente: no pedían las cosas por favor, no daban las gracias, a menudo ni contestaban sus saludos. “Al principio pensaba que estaban enfadados conmigo, pero luego ya vi que eran así”. De todos es sabido que el español tiene modales de bárbaro. Aún peor: consideramos nuestra grosería un rasgo idiosincrásico y hasta nos enorgullecemos de ella. “Somos ásperos pero auténticos”, he oído decir en más de una ocasión.
Resulta sorprendente que nos hayamos convertido en un pueblo tan áspero y tan zafio, porque, en mi infancia, a los niños se nos enseñaba todavía a saludar, a dar las gracias, a ceder el asiento en el autobús a las embarazadas, a sostener la puerta para dejar pasar a un incapacitado, por ejemplo. Hoy todos esos usos corteses, esas convenciones amables que las sociedades fueron construyendo a lo largo de los siglos para facilitar la convivencia, parecen haber desaparecido en España barridos por el huracán del desarrollo económico y de una supuesta modernización de las costumbres. En no sé qué momento de nuestra reciente historia se llegó a la tácita conclusión de que ser educado era una rémora, una práctica vetusta e incluso un poco de derechas. Me temo que defender los buenos modales, como hago en este artículo, puede parecerles a muchos una reivindicación casposa y obsoleta. Pero en realidad los buenos modales no son sino una especie de gramática social que nos enseña el lenguaje del respeto y de la ayuda mutua. Alguien cortés es alguien capaz de ponerse en el lugar del otro. Dentro de esta educación en la mala educación que estamos llevando a cabo de modo tan eficiente, son los chicos más jóvenes quienes, como es natural, aprenden más deprisa. No solo es bastante raro que un muchacho o una muchacha levanten sus posaderas del asiento para ofrecerle el sitio a la ancianita más renqueante y temblorosa que imaginarse pueda, sino que además empieza a ser bastante común ver a una madre por la calle cargada hasta las cejas de paquetes y flanqueada por el gamberro de su hijo adolescente, un grandullón de pantalones caídos que va tocándose las narices con las manos vacías y tan campante.
Algunas de estas madres llenas de impedimenta y acompañadas por hijos caraduras son emigrantes, lo que demuestra la inmersión cultural de la gente extranjera: las nuevas generaciones crecidas aquí enseguida se hacen tan maleducadas como nosotros. Pero, por fortuna, también sucede lo contrario. Quiero decir que, en los últimos años, muchos de los trabajos que se realizan de cara al público, como los empleos de cajero o de dependiente en una tienda, han sido cubiertos por personas de origen latinoamericano. Dulces, amables y educados, esas mujeres y esos hombres siguen insistiendo en dar los buenos días, en pedir las cosas por favor y en decir gracias. Algunos, sobre todo aquellos que vinieron hace años, como la cajera que se encontró mi amiga, tal vez hayan relajado un poco su disciplina cortés, contaminados por nuestra rudeza. Pero la mayoría continúa siendo gentil con encomiable tenacidad, y así, poco a poco, están ayudando a desasnar al personal celtíbero. ¿No se han dado cuenta de que estamos volviendo a saludar a las dependientas? Yo diría que en el último año la situación parece haber mejorado. Las colas de los supermercados, con sus suaves y atentas cajeras latinoamericanas, son como cursillos acelerados de educación cívica. Quién sabe, quizá los emigrantes consigan civilizarnos.
MANERAS DE VIVIR
Aprendiendo modales en el supermercado
Por: Rosa Montero Periodista
Hace algunos días, una amiga mía estaba haciendo cola delante de la caja de un supermercado. Era una hora punta y había mucha gente. Cuando llegó su turno, mi amiga, que ya había vaciado su cesta sobre la cinta, dijo: “Buenas tardes”. La cajera, una chica de aspecto andino, levantó sobresaltada la cabeza de su afanoso marcar y marcar. “Ay, señora, perdone, buenas tardes”, dijo con su suave acento ecuatoriano: “Es que una termina perdiendo los modales”. Y, mientras cobraba, le contó a mi amiga que llevaba cinco años en España y que, cuando llegó, se le habían saltado las lágrimas en más de una ocasión por la rudeza del trato de la gente: no pedían las cosas por favor, no daban las gracias, a menudo ni contestaban sus saludos. “Al principio pensaba que estaban enfadados conmigo, pero luego ya vi que eran así”. De todos es sabido que el español tiene modales de bárbaro. Aún peor: consideramos nuestra grosería un rasgo idiosincrásico y hasta nos enorgullecemos de ella. “Somos ásperos pero auténticos”, he oído decir en más de una ocasión.
Resulta sorprendente que nos hayamos convertido en un pueblo tan áspero y tan zafio, porque, en mi infancia, a los niños se nos enseñaba todavía a saludar, a dar las gracias, a ceder el asiento en el autobús a las embarazadas, a sostener la puerta para dejar pasar a un incapacitado, por ejemplo. Hoy todos esos usos corteses, esas convenciones amables que las sociedades fueron construyendo a lo largo de los siglos para facilitar la convivencia, parecen haber desaparecido en España barridos por el huracán del desarrollo económico y de una supuesta modernización de las costumbres. En no sé qué momento de nuestra reciente historia se llegó a la tácita conclusión de que ser educado era una rémora, una práctica vetusta e incluso un poco de derechas. Me temo que defender los buenos modales, como hago en este artículo, puede parecerles a muchos una reivindicación casposa y obsoleta. Pero en realidad los buenos modales no son sino una especie de gramática social que nos enseña el lenguaje del respeto y de la ayuda mutua. Alguien cortés es alguien capaz de ponerse en el lugar del otro. Dentro de esta educación en la mala educación que estamos llevando a cabo de modo tan eficiente, son los chicos más jóvenes quienes, como es natural, aprenden más deprisa. No solo es bastante raro que un muchacho o una muchacha levanten sus posaderas del asiento para ofrecerle el sitio a la ancianita más renqueante y temblorosa que imaginarse pueda, sino que además empieza a ser bastante común ver a una madre por la calle cargada hasta las cejas de paquetes y flanqueada por el gamberro de su hijo adolescente, un grandullón de pantalones caídos que va tocándose las narices con las manos vacías y tan campante.
Algunas de estas madres llenas de impedimenta y acompañadas por hijos caraduras son emigrantes, lo que demuestra la inmersión cultural de la gente extranjera: las nuevas generaciones crecidas aquí enseguida se hacen tan maleducadas como nosotros. Pero, por fortuna, también sucede lo contrario. Quiero decir que, en los últimos años, muchos de los trabajos que se realizan de cara al público, como los empleos de cajero o de dependiente en una tienda, han sido cubiertos por personas de origen latinoamericano. Dulces, amables y educados, esas mujeres y esos hombres siguen insistiendo en dar los buenos días, en pedir las cosas por favor y en decir gracias. Algunos, sobre todo aquellos que vinieron hace años, como la cajera que se encontró mi amiga, tal vez hayan relajado un poco su disciplina cortés, contaminados por nuestra rudeza. Pero la mayoría continúa siendo gentil con encomiable tenacidad, y así, poco a poco, están ayudando a desasnar al personal celtíbero. ¿No se han dado cuenta de que estamos volviendo a saludar a las dependientas? Yo diría que en el último año la situación parece haber mejorado. Las colas de los supermercados, con sus suaves y atentas cajeras latinoamericanas, son como cursillos acelerados de educación cívica. Quién sabe, quizá los emigrantes consigan civilizarnos.
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