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miércoles, 9 de noviembre de 2022
jueves, 20 de julio de 2017
martes, 3 de abril de 2012
Persona, familia y RR.HH.
De la imaginación a la razón
Por: Juan Monroy Abogado
Martes 3 de Abril del 2012
Un dato histórico trascendente no tiene siempre la certeza que las obras científicas aseguran. Un sabio afirma un hecho y su prestigio convierte en teoría su conjetura. Salimos del error cuando, afortunadamente, un “investigador incorrecto” descubre su origen defectuoso. Montaigne soporta una “verdad” de estas, lamentablemente poco revelada y por eso fuente de incomprensión y olvido.
La modernidad empieza cuando el pensamiento se libera de su carga mítica y la razón se transforma en el instrumento excluyente para lograr el progreso final del hombre. Es un valor entendido considerar que empezó en el siglo XVII, con los estudios y descubrimientos en filosofía, física y matemática (Descartes, Newton, Leibniz, etc.).
Toulmin niega tal tesis. Usando el ajedrez, afirma que cuando Descartes propuso buscar la certeza en la abstracción de las leyes absolutas que rigen la naturaleza, solo respondió con negras a una apertura ejecutada por Montaigne –un gambito de salida por su astucia y humor– quien, así, es el verdadero iniciador de la modernidad.
Desde un escepticismo clásico y simple, Montaigne enseñó que la filosofía y la política son instrumentos para que el hombre comprenda sus vivencias interiores desde sus reflexiones cotidianas. Al conectar la dimensión física del mundo (cosmos) con la dimensión natural del hombre en sociedad (polis), advirtió que este no necesita certezas sino dudas creativas que le concedan la fuerza moral e intelectual imprescindibles para construir un mundo distinto, proponiendo un modelo de sociedad en lo moral, lo político y lo científico. Una concepción llamada ahora cosmopolitismo.
En literatura, Montaigne logró que los temas narrativos clásicos –leyendas, dragones y antepasados misteriosos– cedieran su lugar al universo íntimo del hombre, a su subjetividad. Por eso, es perfectamente comprensible la aparición de Shakespeare y Cervantes y, con ellos, de la universalidad íntima y a la vez colectiva de Hamlet, –aunque Falstaff es inolvidable– y Don Quijote, modelos de lo que somos y seremos y razones de por qué somos y así seremos.
Para Harold Bloom, la novela fue el centro de la narrativa de ambición estética desde Cervantes a Proust. Y si en esa etapa encontramos a Tolstoi, Dostoievski, Kafka, Stevenson o Dickens; y a posproustianos como Borges, Georghiu, Kazantzakis, García Márquez o Vargas Llosa, se lo debemos a Montaigne. Él colocó a la imaginación en el lugar donde el espíritu se transforma en felicidad y emoción sublimes.
Lamentablemente la partida de ajedrez siguió y la razón derribó las torres y los caballos de la imaginación. Ahora la única certeza es que luego de un siglo XX racionalmente demencial (millones de hombres muertos en vano), seguimos al borde del abismo. Con furia asesina buscamos la felicidad acumulando riqueza, depredando y explotando hasta que no quede nada por destruir. El hombre no es el único animal que engaña, pero sí el único capaz de creerse sus mentiras.
Al borde del jaque mate, todavía tenemos a Montaigne y su idea de que el humanismo –filosofía, literatura y otras expresiones– es la manifestación de las “preocupaciones prácticas de la vida humana”. Si Internet nos provee todo el conocimiento que queremos y necesitamos, ¿no será el momento de agregarle sabiduría práctica a nuestras decisiones sin obsesionarnos por el estado de ganancias y pérdidas?
lunes, 19 de octubre de 2009
Ciencias Sociales
El Comercio 17 de octubre del 2009
CUANDO EL CENTRO NO ES EL SER HUMANO
Capitalismo y crisis
Por: Helmut Dahmer Filósofo alemán
Desde hace dos o tres siglos, estudiosos de diversa procedencia po-lítica coinciden en que el capitalismo surgido en Europa Central y Occidental disolvió las comunidades, mantenidas juntas por la violencia y la moral, y socializó de manera indirecta al individuo aislado mediante intercambios mediados por el dinero.
Este proceso de transformación se extiende tanto hacia las zonas subdesarrolladas de estados industriales altamente desarrollados como hacia la periferia. Se despoja a los últimos pueblos nómadas de sus medios de subsistencia, porque se quiere explotar en su territorio, petróleo o gas, o edificar plantaciones para la obtención de etanol. En este contexto, el capitalismo consiste en la creciente separación de los pobladores de sus medios de producción y de su suelo, esto es, su conversión en “trabajadores asalariados libres”. Una parte considerable de esta masa huye del Tercer al Primer Mundo, donde al menos hay todavía pan y trabajo.
Por cierto que esta racionalidad se restringe a los cálculos de las gerencias de determinadas empresas o de algunas transnacionales. El mercado mundial, en su totalidad, se desarrolla sin planificación, y la marcha de la coyuntura económica es imprevisible. El despliegue capitalista resulta de la caza permanente de las mejores opciones de aprovechamiento. Todos los “trabajadores asalariados libres” compiten entre sí.
Las crisis (sobreproducción o subconsumo), así como ciertas guerras, sirven para la corrección de inversiones y especulaciones fallidas: naufragan añejas empresas, las grandes engullen a las menores, se destruyen patrimonios y los obreros son despedidos masivamente.
La economía capitalista no requiere de superestructuras morales, en tanto posee una moral incorporada que desde hace largo tiempo ha reemplazado a la precapitalista. Los utópicos sueñan, sobre todo en épocas de crisis, con dominar la economía a través del Estado y de antiguas normas éticas. Critican la codicia de los ejecutivos y de los rentistas, ignorando que el lucro es el verdadero motor del desarrollo capitalista. Creen que el Estado en apuros funge como marcapasos de la economía, erigiéndose en su domador. No obstante, todas las experiencias nos muestran que el perro capitalista es el que menea con la cola del Estado y no a la inversa.
La diferencia más significativa entre la crisis de 1929 y la del 2009 consiste en que a la sazón había cientos de millones de trabajadores libres, organizados y en capacidad de poner coto a la desastrosa ausencia de planificación de la economía capitalista. Hoy en día, sin embargo, esperan todos a Godot, a un capitalismo sin crisis que supere la brecha entre pobres y ricos, y que proporcione a los condenados de la tierra el nivel de vida de los países oasis.
CUANDO EL CENTRO NO ES EL SER HUMANO
Capitalismo y crisis
Por: Helmut Dahmer Filósofo alemán
Desde hace dos o tres siglos, estudiosos de diversa procedencia po-lítica coinciden en que el capitalismo surgido en Europa Central y Occidental disolvió las comunidades, mantenidas juntas por la violencia y la moral, y socializó de manera indirecta al individuo aislado mediante intercambios mediados por el dinero.
Este proceso de transformación se extiende tanto hacia las zonas subdesarrolladas de estados industriales altamente desarrollados como hacia la periferia. Se despoja a los últimos pueblos nómadas de sus medios de subsistencia, porque se quiere explotar en su territorio, petróleo o gas, o edificar plantaciones para la obtención de etanol. En este contexto, el capitalismo consiste en la creciente separación de los pobladores de sus medios de producción y de su suelo, esto es, su conversión en “trabajadores asalariados libres”. Una parte considerable de esta masa huye del Tercer al Primer Mundo, donde al menos hay todavía pan y trabajo.
Por cierto que esta racionalidad se restringe a los cálculos de las gerencias de determinadas empresas o de algunas transnacionales. El mercado mundial, en su totalidad, se desarrolla sin planificación, y la marcha de la coyuntura económica es imprevisible. El despliegue capitalista resulta de la caza permanente de las mejores opciones de aprovechamiento. Todos los “trabajadores asalariados libres” compiten entre sí.
Las crisis (sobreproducción o subconsumo), así como ciertas guerras, sirven para la corrección de inversiones y especulaciones fallidas: naufragan añejas empresas, las grandes engullen a las menores, se destruyen patrimonios y los obreros son despedidos masivamente.
La economía capitalista no requiere de superestructuras morales, en tanto posee una moral incorporada que desde hace largo tiempo ha reemplazado a la precapitalista. Los utópicos sueñan, sobre todo en épocas de crisis, con dominar la economía a través del Estado y de antiguas normas éticas. Critican la codicia de los ejecutivos y de los rentistas, ignorando que el lucro es el verdadero motor del desarrollo capitalista. Creen que el Estado en apuros funge como marcapasos de la economía, erigiéndose en su domador. No obstante, todas las experiencias nos muestran que el perro capitalista es el que menea con la cola del Estado y no a la inversa.
La diferencia más significativa entre la crisis de 1929 y la del 2009 consiste en que a la sazón había cientos de millones de trabajadores libres, organizados y en capacidad de poner coto a la desastrosa ausencia de planificación de la economía capitalista. Hoy en día, sin embargo, esperan todos a Godot, a un capitalismo sin crisis que supere la brecha entre pobres y ricos, y que proporcione a los condenados de la tierra el nivel de vida de los países oasis.
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