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viernes, 22 de marzo de 2019

Ciencia y tecnología





¿En qué momento los humanos comenzaron a creer en Dios? Científicos logran responder esta pregunta

La figura del dios todopoderoso surgió como una forma de gestionar conflictos y fomentar la cooperación, según investigadores

dios
Escultura del Dios Padre en la catedral de San Salvador, en Brujas, Bélgica. (Foto: Pixabay)
La idea de una deidad todopoderosa que vigila y castiga a los que no se comportan dentro de los estándares morales surgió después de que los humanos dejaran las tribus y constituyeran sociedades complejas, según una investigación publicada en la revista Nature
Pese a lo que los antropólogos creían hasta ahora, la investigación de la Universidad de Oxford señala que la creencia en grandes dioses es una consecuencia, y no una causa, del desarrollo de sociedades complejas.
"Nuestros resultados sugieren que las identidades colectivas son más importantes para facilitar la cooperación que las creencias religiosas", señaló en un comunicado Harvey Whitehouse, director de la investigación y catedrático de la Universidad de Oxford.
Para llegar a esta conclusión, los investigadores analizaron 414 sociedades procedentes de 30 regiones del mundo, que existieron desde la antigüedad hasta la Revolución Industrial.
Para ello, utilizaron la información disponible en la base de datos Seshat: Global History Databank, un gran archivo de más de 300.000 registros sobre complejidad social y religión de 500 sociedades antiguas de todo el mundo, que se desarrollaron a lo largo de 10.000 años de historia.
Se creía que los si las personas pudieran romper las reglas sin consecuencias, entonces la sociedad sencillamente se derrumbaría, pero "para nuestra sorpresa, nuestros datos contradicen fuertemente esta hipótesis", señala Whitehouse.
Pero los investigadores no restan importancia al papel de las deidades moralizadoras, pues consideran que fueron los rituales religiosos los que ayudaron a crear una identidad colectiva en las sociedades, lo cual logró cohesión.
Es así que la investigación, en la que participaron también investigadores de las universidades de Connecticut y Keio, sugiere que cuando las sociedades alcanzaron un tamaño de alrededor de un millón de habitantes, los dioses moralizantes estabilizaron la cooperación entre personas, pues esto era necesario debido a que estas culturas estaban conformadas por diferentes etnias.
Además, el estudio determinó cuáles fueron los primeros dioses moralizadores que surgieron en el planeta: la primera sociedad compleja en la que surgió esta deidad de la que se tiene registro es Egipto, precisamente en la Dinastía II, con Ra, el dios del Sol, que era el creador y juzgaba a las personas en la "otra vida" usando el código conocido como "maat". Luego surgiría Shamash, el dios del Sol que todo lo ve, en la actual Irán. En el Antiguo Reino de Hatti, en la actual Turquía, diversos dioses castigaban inmoralidades. Después, ya en la Edad Contemporánea, surgieron dioses en Grecia, Islandia y América, entre ellos el Imperio Inca.

lunes, 6 de abril de 2015

Pastoral, religión





Viernes 03 de abril del 2015 | 11:18

¿Estamos programados para creer en un Dios?

¿Qué dice la ciencia: está en el cerebro la razón de que sea tan generalizada y persistente?


¿Estamos programados para creer en un Dios?
BBC

La religión -la creencia en seres sobrenaturales, incluidos dioses y fantasmas, ángeles y demonios, almas y espíritus- se encuentra a lo largo de la historia y en todas las culturas.
La evidencia de la suposición de la existencia de una vida de ultratumba data de hace al menos 50.000 a 100.000 años atrás.
Cada cultura humana conocida tiene su mito de la creación, con la posible excepción del pueblo amazónico Pirahã, que tampoco cuenta con palabras para los números, colores y jerarquía social.
Es difícil conseguir datos exactos sobre el número de creyentes hoy en día, pero algunas encuestas sugieren que hasta el 84% de la población mundial es miembro de grupos religiosos o dice que la religión es importante en su vida.
Vivimos en una época de acceso sin precedentes al conocimiento científico, que algunos consideran que no concuerda con la fe religiosa. Entonces, ¿por qué la religión es tan omnipresente y persistente?
Psicólogos, filósofos, antropólogos y hasta neurocientíficos han sugerido posibles explicaciones de nuestra predisposición natural a creer, y para el poderoso papel que la religión parece jugar en nuestras vidas emocionales y sociales.


Neptuno era el dios romano del mar. Cuando había una tormenta, se creía que estaba furioso. Era un dios con temperamento humano. Muerte, cultura y poder
Las actividades religiosas más tempranas aparecieron como respuesta a cambios corporales, físicos o materiales en el ciclo de la vida humana, principalmente la muerte.
Los rituales de duelo son una de las formas más antiguas de experiencia religiosa. Muchos de nuestros ancestros no creían que la muerte era necesariamente el final de la vida. Era una transición. Algunos creían que los difuntos y otros espíritus podían ver lo que pasaba en este mundo y hasta tenían cierta influencia en los eventos que ocurrían.
Esa es una noción verdaderamente poderosa. La idea de que los muertos o hasta los dioses están con nosotros y pueden intervenir en nuestras vidas es reconfortante, pero también nos lleva a ser muy cuidadosos con lo que hacemos.
Los humanos somos esencialmente seres sociales y por ello vivimos en grupos; como grupos sociales tendemos a la jerarquía, y la religión no es una excepción. Cuando hay un sistema jerárquico, hay un sistema de poder, y en un grupo social religioso, esa jerarquía localiza a su miembro más poderoso en la cima: la deidad - Dios.
Es frente a Dios que tenemos que rendir cuentas.
Hoy en día, la religión y el poder siguen conectados.
Estudios recientes muestran que recordar a Dios nos hace más obedientes.
Hasta en sociedades que han tratado de reprimir la fe, surgieron cosas que tomaron su lugar, como el culto a un líder o al Estado. Entre menos estable política y económicamente sea un país, más probable es que la gente busque refugio en la religión. Los grupos religiosos a menudo pueden ofrecer el apoyo que los Estados no proveen a quienes se siente marginalizados.
Así que factores sociales ayudan a desarrollar y reforzar la fe religiosa, así como lo hace la manera en la que nos relacionamos con el mundo y con los demás.
Dioses como otras mentes
En todas las culturas, los dioses son esencialmente personas, hasta cuando tienen otras formas o carecen de forma física.
En la actualidad, muchos psicólogos piensan que creer en dioses es una extensión de nuestro reconocimiento, como animales sociales, de la existencia de otros, y de nuestra tendencia a ver el mundo en términos humanos.
Proyectamos pensamientos y sentimientos humanos en otros animales y en objetos, e incluso en fuerzas naturales, y esta tendencia es una piedra fundamental de la religión.
Es una idea antigua, que se remonta al filósofo griego Jenófanes, a quien se le cita argumentando que si los animales pudieran pintar, representarían a los dioses con formas animales.
De manera que la creencia religiosa puede estar fundada en nuestros patrones de pensamiento y cultura humana. Algunos científicos, sin embargo, han ido un paso más allá y han escaneado nuestros cerebros en busca del legendario "punto Dios".


Cuando nace un bebé, generalmente hay ya sea un bautizo o una ceremonia para nombrarlo: eso marca la nueva identidad del chico y le da la bienvenida al grupo social. Dios en el cerebro
Los neurocientíficos han tratado de comparar los cerebros de creyentes y escépticos, y de observar qué pasa en nuestros cerebros cuando rezamos o meditamos. Se sabe muy poco en este campo pero hay algunas pistas.
Nuestros cerebros cambian a lo largo de la vida, a medida que nos desarrollamos y experimentamos cosas nuevas. Virtualmente todas las partes de nuestro cerebro están involucradas en todo lo que hacemos y experimentamos, así que no sólo no existe un "punto Dios", sino que no hay un punto específico del cerebro dedicado a sólo una cosa.
Hay algo que sí sabemos: el cerebro humano es el más avanzado del mundo animal, y el único con una maravillosa capacidad: la de darle sentido a la realidad.
Poniéndole puntuación a la vida
A menudo se habla del cerebro como una máquina de significado. En la medida en la que estamos constantemente buscando patrones, estructuras y relaciones de causa-efecto, la religión puede proveer una variedad de estrategias para dar significado.
Las creencias religiosas le ayudan a los humanos a ordenar y encontrarle el sentido a sus vidas. Y los rituales en particular pueden "darle puntuación" a nuestras vidas, marcando los eventos más cruciales.
Y los rituales son comunes en todos los grupos sociales humanos, incluidos los de ateos.
Aunque ni la neurociencia, ni la antropología y ni siquiera la filosofía tienen la respuesta definitiva a la pregunta "¿Existe Dios?", todas esas disciplinas dan pistas sobre cómo respondemos a nuestras más profundas necesidades humanas.
Quizás no estemos programados para creer en Dios o en un poder sobrenatural, pero somos animales sociales con la necesidad evolutiva de estar conectados con el mundo y con otros.
De pronto las religiones son sencillamente canales para posibilitar tan significativas conexiones.

martes, 12 de abril de 2011

Religión, Pastoral

Autor: Mons. Francisco Gil Hellín

Fuente: www.revistaeeclessia.com
¿Diálogo entre creyentes y ateos?
Carta semanal de monseñor Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos, para el domingo 10 de abril de 2011 sobre el Atrio de los Gentiles

¿Diálogo entre creyentes y ateos?


El Templo de Jerusalén era el centro religioso del pueblo de Israel. Visitarlo, rezar en él y admirar su excepcional belleza era una aspiración de todos los judíos practicantes. Estaba dividido en secciones, cada una de las cuales estaba reservada a una determinada clase de personas.

Una de ellas se llamaba el «Atrio de los gentiles», porque en ella se ubicaban los que no eran judíos de raza o de religión pero estaban deseosos de conocer qué sucedía en el Templo y Quién era el Dios de los judíos. Allí esperaban a que pasara algún doctor de la Ley para que respondiera a sus preguntas.

Tomando como referencia esta realidad, el Papa Benedicto XVI ha creado una iniciativa de diálogo interreligioso, a la que ha llamado también «Atrio de los gentiles» y cuya puesta en práctica ha encomendado al Pontificio Consejo de la Cultura. En última instancia se trata de instaurar un diálogo entre creyentes y no creyentes, ateos y agnósticos o, sencillamente, personas que han abandonado la fe. No es un foro docente que busque imponer las propias ideas, ni una estructura de proselitismo religioso. Es un espacio abierto en el que cada uno abre su inteligencia para exponer en Quién cree, en qué no cree, qué afirma más allá de los límites de su razón. Se trata de hablar, de modo franco y amistoso, de las cuestiones que siempre han inquietado a los hombres y mujeres de todas las geografías y culturas: qué hay más allá de la muerte, por qué el hombre sufre, por qué triunfa el malvado y el inocente es despreciado y perseguido, cuál es el sentido que tiene la creación, etcétera. Sobre todo, si existe Dios y cuáles son su naturaleza y peculiaridades.

El Papa actual ya comenzó este diálogo con el filósofo agnóstico alemán Habermas y con el intelectual “laico” italiano Paolo D’Arcadis, dejando a un lado toda postura a la defensiva del creyente. Benedicto XVI no tiene miedo a la razón, porque el dilema en que acaban no pocos ateos es Dios o la Nada; dilema insostenible con la lógica más profunda, porque Dios y Nada no son dos conceptos que se puedan contraponer. Como dice el pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila, «el ateo nunca le perdona a Dios su inexistencia», siendo «más fácil creer en los dioses del Olimpo que en la inexistencia de Dios».

Europa no pasa por un momento de esplendor en su pensamiento metafísico. Si en otro tiempo fue capaz de alumbrar las grandes universidades y brillar con la luz de poderosos filósofos y pensadores, en este momento es víctima de un pensamiento “débil” que no cree que exista la verdad y, por tanto, no se pone en camino para encontrarla. Y ¿qué es el hombre y qué sentido tiene su vida y cuánto hace si no existe la verdad? El hecho de que la iniciativa del Papa haya celebrado sus dos primeras sesiones en las universidades de Bolonia y de París, las dos universidades europeas más antiguas, ¿será el augurio de que las grandes preguntas han vuelto a la Universidad y vuelven a ser pan cotidiano de profesores y alumnos?

Sea como fuere, lo cierto es que el encuentro de la fe y de la razón es fructuoso para el hombre y que la búsqueda de la verdad es la que permite promover la fraternidad más allá de las convicciones, sin negar las diferencias entre creyentes y no creyentes. Nada más lógico que el Papa, en la videoconferencia dirigida a los jóvenes que se habían congregado en París, les animase a «derribar los muros del miedo al otro, al extranjero, al que no se os parece -miedo que nace con frecuencia del desconocimiento o de la indiferencia», y a «construir puentes de diálogo». Abrirse al Dios desconocido o profundizar en el conocimiento amoroso de Dios facilita reconocer que nadie me es ajeno, que todos los hombres y mujeres son o pueden llegar a ser de mi familia.

Tomado de: es. catholic.net

miércoles, 28 de abril de 2010

Religión, Ciencias Sociales


Catholic.net

Autor: Louis de Wohl Fuente: conoze.com
La horrible palabra dogma
Los cristianos, los judíos y los mahometanos creen en el dogma: «NO hay más que un solo Dios»


Es bastante típico de nuestra época confusa, llena de fuegos fatuos irreflexivos, el hecho de que la palabra dogma se haya convertido para muchos casi casi en un improperio. Se habla de postura dogmática y con ello se quiere decir postura ergotista. Se califica a una persona de dogmática y con ello se pretende expresar que es un testarudo obstinado. Se proclama con indignación que en la época actual no queda ya lugar para dogmas. Pero el mayor reproche va dirigido a las iglesias, acusándolas de dogmatismo extremado en sus doctrinas.

El maestro que nos enseña que dos por dos son cuatro nos está enseñando un dogma, un dogma aritmético. Naturalmente soy muy libre de desconfiar de él considerándole un testarudo obstinado y ergotista. Pero si quiero llegar a algún resultado en aritmética, no tendré más remedio que aceptar su dogma globalmente. Claro que en este caso resulta fácil de comprobar. En otros terrenos es a veces más difícil.

Pero el concepto de dogma no queda agotado con la traducción de la palabra griega. Un dogma es un artículo de fe o de doctrina, que es obligatorio aceptar si se desea pertenecer al credo o doctrina correspondiente, y la aceptación del dogma o de los dogmas es lo que constituye la calidad de socio. Y no existe ninguna doctrina -tanto si es religiosa como política o científica- que no tenga dogmas: No existe, ni puede tampoco existir, pues la falta de dogmas sería la libertad sin límites, y la libertad sin límites es la anarquía, es decir, lo contrario de una doctrina. Toda doctrina establece límites. El liberal tiene que creer en los principos del liberalismo, pues de lo contrario no será liberal. El cristiano, cualquiera que sea su confesión, deberá creer en Cristo, pues de lo contrario no será cristiano.

Los cristianos, los judíos y los mahometanos creen en el dogma: «NO hay más que un solo Dios». Quien cree en quince dioses o en dos o en setecientos, no podrá ser ni cristiano, ni judío, ni mahometano. En todas las doctrinas existen cuestiones facultativas, que pueden aceptarse, pero que no es obligatorio aceptar. Los dogmas son simplemente aquellas cosas que estamos obligados a aceptar si queremos «pertenecer a ello», son el hueso duro del fruto y sin él no puede haber fruto.

La sangre es líquida, los tendones y músculos son elásticos, los tejidos son blandos, pero los huesos tiene que ser duros, si queremos caminar derechos.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Religión, Orientación y Consejería


Autor: Alejandro García del Olmo Fuente: Catholic.net
¿Es malo creer en los horóscopos?
Comienza hoy a hacer las cosas que harías si supieras tu futuro. Nuestros actos no están dirigidos por las estrellas...


Es muy normal que tengamos curiosidad por saber qué pasará en el futuro, pero dime ¿qué harías si supieras qué va a ser de ti mañana?

Quizá si supieras que vas a ser un gran empresario, empezarías a ver de qué manera manejar mejor tu dinero; o si supieras que te enfermarás, comenzarías con poner todos los medios para prever dicha enfermedad y, si en el peor de los casos, te dicen que morirás, seguramente comenzarías de inmediato a dejar listos esos pendientes que tienes, y sobre todo te acercarías a la confesión para estar en gracia.

¡Cuántas cosas haríamos, ¿verdad?! Nosotros, cristianos, no consultamos horóscopos o personas que supuestamente dicen el futuro, porque ello contradice el honor y el respeto que debemos a Dios.

Querer saber el futuro es querer ser iguales a Dios, pretensión tan soberbia como absurda. Debemos confiar a la Providencia divina nuestra vida, confiar en Dios como Padre que es.

Así que olvídate de andar por ahí con consultas a los astros, horóscopos y adivinos.

Lo que te recomiendo es que comiences hoy por hacer todas esas cosas que harías si supieras tu futuro. No te preocupes del mañana, mejor ocúpate del presente.

La ciencia que responde a los interrogantes que nos provocan las estrellas es la astronomía. Esta disciplina nació entre los caldeos hace unos treinta o cuarenta siglos y sigue progresando hoy gracias a los programas espaciales de Estados Unidos y Rusia.

Junto a este saber, como hongo nacido en medio de un hermoso jardín, apareció la astrología, ficción que pretende determinar una supuesta influencia sobre nuestras vidas por parte de los cuerpos celestes.

La palabra "horóscopo" se utilizaba en los siglos pasados para designar a los sacerdotes encargados de observar el curso de las estrellas. Luego pasó a significar la influencia que los astros habrían de tener sobre nuestras vidas. Esta creencia tan absurda, sigue influyendo en algunas personas de nuestro nuevo siglo XXI.

El zodiaco es una franja imaginaria del firmamento donde aparecen doce constelaciones que se pueden observar a simple vista. Las doce constelaciones del zodiaco son Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis.

Estos doce nombres provienen de palabras latinas que indican diversas divinidades mitológicas veneradas entre los antiguos caldeos. Los horóscopos dicen que nuestra vida depende de la constelación zodiacal que hace sentir su influencia en el mes de nuestro nacimiento. Si nací en enero soy Acuario; si nací en agosto, soy Leo... etc.

La creencia en los horóscopos es peligrosa. Casi es como creer en otra religión. Porque intentan hacernos creer que no somos libres sino que estamos determinados en todo por nuestro signo zodiacal. No sería yo quien realiza su propia vida, sino que todo mi obrar estaría dirigido por una extraña fuerza proveniente de las estrellas. Pero nada de lo que dicen los horóscopos está científicamente fundado. Lo que afirman sobre Sagitario hoy, lo dirán mañana de Piscis y viceversa. Es un triste problema que los horóscopos sigan haciéndose y, peor aún, que haya quienes se creen todo lo que leen.

No es lícito ni conveniente, pues puede robar nuestra confianza en Dios.

Por otra parte, el que verdaderamente confía , cree y ama a Dios no busca símbolos o signos del cielo ni de la tierra, como bien lo explica Nuestro Señor: ¿Sabéis interpretar el aspecto del cielo y de la tierra y no sabéis distinguir los signos de los tiempos...? (Mt. 16, 1-4).

A veces nos puede ganar la curiosidad de saber lo que dirán de nuestro futuro; pero lo único que conseguimos es poner nuestro mayor tesoro, la vida, en manos de suposiciones tan genéricas y ambiguas que le podrían pasar a cualquiera.

Dios te cuida y te ama personalmente, ¿por qué quieres encerrarte en 12 símbolos?, que si los dividimos entre la población mundial, 6 mil millones de habitantes, a 500 millones de personas les pasaría lo mismo, lo cual no sólo es aburrido sino incluso contrario a nuestra experiencia ¿no crees?

Los cristianos debemos más bien dedicar nuestro tiempo a pedir a Dios que nos aumente la fe y que nos ayude a evitar todo lo que nos aparte de Él.