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jueves, 28 de noviembre de 2013
martes, 28 de mayo de 2013
Religión, pastoral, PFRRHH
martes 28 de mayo del 2013
09:35
(BBC Mundo). Ni Jesús ni Rousseau ni Hobbes. Más bien la mona chita, o Darwin, para los más letrados, tendrían que ver con la moral.
La moral humana tiene un pasado evolutivo ligado al comportamiento social, no religioso ni filosófico. Así lo plantea el primatólogo y profesor Frans de Waal en su último libro “El bonobo y el ateo”.
“Muchos de los patrones que consideramos ‘morales’ vienen de la evolución de las especies”, le explica De Waal a BBC Mundo.
Basado en 40 años de observación de primates, De Waal asegura que lo que los seres humanos denominamos como “moral” está mucho más cerca del comportamiento social de los simios que a una imposición divina o una decisión filosófica.
Para el científico, la moral no pasa por una decisión que se toma o que se impone desde arriba -filosofía, religión o incluso autoridad- sino que es innata al comportamiento social humano. No sólo eso: no es exclusiva, sino que viene como parte del “paquete social” que también puede encontrarse en otros animales como nuestros parientes primates.
Según el autor, los dos pilares de la moral: reciprocidad y justicia, por un lado y empatía y compasión por el otro, están presentes en el comportamiento social de los simios, el cual es ampliamente retratado en el libro.
ÉTICA PRIMATE
Lo anterior está relacionado con los dos grados de moralidad que De Waal distingue en el comportamiento de estos animales. La primera, denominada moral “uno a uno”, tiene que ver con cómo un individuo espera ser tratado.
Los estudios de De Waal, así como los de otros investigadores, han comprobado que chimpancés y bonobos respetan el concepto de propiedad y tratan a sus pares según la escala de jerarquía.
Sin embargo, muchas otras especies parecieran regirse por un sistema parecido. Entonces, ¿cuándo un comportamiento social se vuelve moral?
La clave es que estos primates esperan que se les respeten sus “derechos” y ser tratados según su grado jerárquico. Como animales sociales, muestran gratitud e incluso pueden tomar venganza, dependiendo del comportamiento de otros hacia ellos.
El segundo grado de moralidad se denomina “preocupación social” y tiene relación con un concepto más abstracto, que involucra el sentido de armonía de la comunidad o grupo como un todo. Aunque bastante rudimentario, los simios sí muestran ciertas formas de reconocimiento de este grado de moralidad al compartir su comida, tranquilizar a sus vecinos o incluso “intervenir” en peleas de terceros para evitar disturbios en la comunidad.
En una charla TED dictada por De Waal previo al lanzamiento del libro, el autor explicó que una de las cosas que más le llamó la atención de los primates que estudió fue su afán por reconciliarse luego de una pelea. “El principio es que tienes relaciones valiosas que resultan dañadas por el conflicto, por lo que tienes que hacer algo al respecto”, explicó en esa ocasión.
Todo, siempre en miras a la aceptación -y cooperación- social.
Los humanos, tal como nuestros parientes simios, evolucionamos en pequeños grupos donde la cooperación se volvió fundamental. Tal como ellos, también, ser sensible a las necesidades, intenciones y ánimos de nuestros pares se volvió una necesidad vital. Y eso, según de Waal, no tiene nada que ver con una decisión o un mandato superior, sino con la básica supervivencia.
“Los seres humanos tenemos todo tipo de intereses egoístas y conflictos individuales que necesitamos resolver para lograr una sociedad cooperativa. Por eso es que tenemos moral, y las abejas u hormigas no”, señaló De Waal en una entrevista.
Sin embargo, tampoco es que la moral provenga de una especie de Leviatán hobbesco.
“El concepto de ‘el hombre es un lobo para el hombre’ es bastante injusto. Tanto para los lobos, que son animales bastante cooperativos, como para la humanidad que también es bastante más cooperativa y empática que lo que suele decirse”, aseguró el científico en su charla TED.
POLÉMICA RELIGIOSA
Ni dios ni la filosofía entonces habría influido en el desarrollo del comportamiento moral.
Sin embargo las teorías de De Waal, basadas en sus descubrimientos, no caen muy bien entre filósofos, antropólogos e incluso economistas, según el mismo De Waal ha contado.
“Ellos decidieron en su mente que la justicia es un concepto muy complejo y que los animales no pueden tenerlo. Hubo un filósofo incluso que nos escribió quejándose de que era imposible que los monos tuvieran un sentido de equidad, ya que la equidad era un concepto inventado durante la Revolución Francesa”, relató el científico en su charla TED.
Y hoy se ha visto envuelto en otra polémica. Esta vez con religiosos. O no religiosos, para ser exactos.
“La religión no es irrelevante, pero no es la base de la moralidad”, le dice De Waal a BBC Mundo.
Originario de los Países Bajos, De Waal le cuenta a BBC Mundo que el libro es también una reacción a una sociedad como la estadounidense, donde la mayoría de las personas asocian directamente la moral con la religión.
En su libro, el científico dedicó un capítulo completo al ateísmo. “Estoy por un rol reducido de la religión, con menos foco en Dios todopoderoso y más foco en la potencialidad humana”, escribe. Pero eso parece no ser suficiente para los ateos.
Prominentes representantes del ateísmo como PZ Myers y AC Grayling han criticado duramente el libro, molestos no sólo porque De Waal es un científico que no “demoniza” la religión, sino que además critica al ateísmo, advirtiendo sobre los peligros de convertirlo en un dogma tan fuerte como la propia religión.
“Creo que deberían calmarse un poco”, le dice De Waal a BBC Mundo, poniendo paños fríos a la discusión.
“Si dios existe es una pregunta interesante, pero no es la pregunta de mi libro y tampoco es una pregunta que un científico va a poder contestar”, concluye.
"La moral humana viene de los simios"
Es la evolución y no la religión la que determina los comportamientos morales de los individuos, plantea un polémico libro
Los bonobos y los chimpancés se reconcilian después de pelear con un par que consideran valioso.
La moral humana tiene un pasado evolutivo ligado al comportamiento social, no religioso ni filosófico. Así lo plantea el primatólogo y profesor Frans de Waal en su último libro “El bonobo y el ateo”.
“Muchos de los patrones que consideramos ‘morales’ vienen de la evolución de las especies”, le explica De Waal a BBC Mundo.
Basado en 40 años de observación de primates, De Waal asegura que lo que los seres humanos denominamos como “moral” está mucho más cerca del comportamiento social de los simios que a una imposición divina o una decisión filosófica.
Para el científico, la moral no pasa por una decisión que se toma o que se impone desde arriba -filosofía, religión o incluso autoridad- sino que es innata al comportamiento social humano. No sólo eso: no es exclusiva, sino que viene como parte del “paquete social” que también puede encontrarse en otros animales como nuestros parientes primates.
Según el autor, los dos pilares de la moral: reciprocidad y justicia, por un lado y empatía y compasión por el otro, están presentes en el comportamiento social de los simios, el cual es ampliamente retratado en el libro.
ÉTICA PRIMATE
Lo anterior está relacionado con los dos grados de moralidad que De Waal distingue en el comportamiento de estos animales. La primera, denominada moral “uno a uno”, tiene que ver con cómo un individuo espera ser tratado.
Los estudios de De Waal, así como los de otros investigadores, han comprobado que chimpancés y bonobos respetan el concepto de propiedad y tratan a sus pares según la escala de jerarquía.
Sin embargo, muchas otras especies parecieran regirse por un sistema parecido. Entonces, ¿cuándo un comportamiento social se vuelve moral?
La clave es que estos primates esperan que se les respeten sus “derechos” y ser tratados según su grado jerárquico. Como animales sociales, muestran gratitud e incluso pueden tomar venganza, dependiendo del comportamiento de otros hacia ellos.
El segundo grado de moralidad se denomina “preocupación social” y tiene relación con un concepto más abstracto, que involucra el sentido de armonía de la comunidad o grupo como un todo. Aunque bastante rudimentario, los simios sí muestran ciertas formas de reconocimiento de este grado de moralidad al compartir su comida, tranquilizar a sus vecinos o incluso “intervenir” en peleas de terceros para evitar disturbios en la comunidad.
En una charla TED dictada por De Waal previo al lanzamiento del libro, el autor explicó que una de las cosas que más le llamó la atención de los primates que estudió fue su afán por reconciliarse luego de una pelea. “El principio es que tienes relaciones valiosas que resultan dañadas por el conflicto, por lo que tienes que hacer algo al respecto”, explicó en esa ocasión.
Todo, siempre en miras a la aceptación -y cooperación- social.
Los humanos, tal como nuestros parientes simios, evolucionamos en pequeños grupos donde la cooperación se volvió fundamental. Tal como ellos, también, ser sensible a las necesidades, intenciones y ánimos de nuestros pares se volvió una necesidad vital. Y eso, según de Waal, no tiene nada que ver con una decisión o un mandato superior, sino con la básica supervivencia.
“Los seres humanos tenemos todo tipo de intereses egoístas y conflictos individuales que necesitamos resolver para lograr una sociedad cooperativa. Por eso es que tenemos moral, y las abejas u hormigas no”, señaló De Waal en una entrevista.
Sin embargo, tampoco es que la moral provenga de una especie de Leviatán hobbesco.
“El concepto de ‘el hombre es un lobo para el hombre’ es bastante injusto. Tanto para los lobos, que son animales bastante cooperativos, como para la humanidad que también es bastante más cooperativa y empática que lo que suele decirse”, aseguró el científico en su charla TED.
POLÉMICA RELIGIOSA
Ni dios ni la filosofía entonces habría influido en el desarrollo del comportamiento moral.
Sin embargo las teorías de De Waal, basadas en sus descubrimientos, no caen muy bien entre filósofos, antropólogos e incluso economistas, según el mismo De Waal ha contado.
“Ellos decidieron en su mente que la justicia es un concepto muy complejo y que los animales no pueden tenerlo. Hubo un filósofo incluso que nos escribió quejándose de que era imposible que los monos tuvieran un sentido de equidad, ya que la equidad era un concepto inventado durante la Revolución Francesa”, relató el científico en su charla TED.
Y hoy se ha visto envuelto en otra polémica. Esta vez con religiosos. O no religiosos, para ser exactos.
“La religión no es irrelevante, pero no es la base de la moralidad”, le dice De Waal a BBC Mundo.
Originario de los Países Bajos, De Waal le cuenta a BBC Mundo que el libro es también una reacción a una sociedad como la estadounidense, donde la mayoría de las personas asocian directamente la moral con la religión.
En su libro, el científico dedicó un capítulo completo al ateísmo. “Estoy por un rol reducido de la religión, con menos foco en Dios todopoderoso y más foco en la potencialidad humana”, escribe. Pero eso parece no ser suficiente para los ateos.
Prominentes representantes del ateísmo como PZ Myers y AC Grayling han criticado duramente el libro, molestos no sólo porque De Waal es un científico que no “demoniza” la religión, sino que además critica al ateísmo, advirtiendo sobre los peligros de convertirlo en un dogma tan fuerte como la propia religión.
“Creo que deberían calmarse un poco”, le dice De Waal a BBC Mundo, poniendo paños fríos a la discusión.
“Si dios existe es una pregunta interesante, pero no es la pregunta de mi libro y tampoco es una pregunta que un científico va a poder contestar”, concluye.
martes, 12 de abril de 2011
Religión, Pastoral
Autor: Mons. Francisco Gil Hellín
Fuente: www.revistaeeclessia.com
¿Diálogo entre creyentes y ateos?
Carta semanal de monseñor Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos, para el domingo 10 de abril de 2011 sobre el Atrio de los Gentiles
¿Diálogo entre creyentes y ateos?
El Templo de Jerusalén era el centro religioso del pueblo de Israel. Visitarlo, rezar en él y admirar su excepcional belleza era una aspiración de todos los judíos practicantes. Estaba dividido en secciones, cada una de las cuales estaba reservada a una determinada clase de personas.
Una de ellas se llamaba el «Atrio de los gentiles», porque en ella se ubicaban los que no eran judíos de raza o de religión pero estaban deseosos de conocer qué sucedía en el Templo y Quién era el Dios de los judíos. Allí esperaban a que pasara algún doctor de la Ley para que respondiera a sus preguntas.
Tomando como referencia esta realidad, el Papa Benedicto XVI ha creado una iniciativa de diálogo interreligioso, a la que ha llamado también «Atrio de los gentiles» y cuya puesta en práctica ha encomendado al Pontificio Consejo de la Cultura. En última instancia se trata de instaurar un diálogo entre creyentes y no creyentes, ateos y agnósticos o, sencillamente, personas que han abandonado la fe. No es un foro docente que busque imponer las propias ideas, ni una estructura de proselitismo religioso. Es un espacio abierto en el que cada uno abre su inteligencia para exponer en Quién cree, en qué no cree, qué afirma más allá de los límites de su razón. Se trata de hablar, de modo franco y amistoso, de las cuestiones que siempre han inquietado a los hombres y mujeres de todas las geografías y culturas: qué hay más allá de la muerte, por qué el hombre sufre, por qué triunfa el malvado y el inocente es despreciado y perseguido, cuál es el sentido que tiene la creación, etcétera. Sobre todo, si existe Dios y cuáles son su naturaleza y peculiaridades.
El Papa actual ya comenzó este diálogo con el filósofo agnóstico alemán Habermas y con el intelectual “laico” italiano Paolo D’Arcadis, dejando a un lado toda postura a la defensiva del creyente. Benedicto XVI no tiene miedo a la razón, porque el dilema en que acaban no pocos ateos es Dios o la Nada; dilema insostenible con la lógica más profunda, porque Dios y Nada no son dos conceptos que se puedan contraponer. Como dice el pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila, «el ateo nunca le perdona a Dios su inexistencia», siendo «más fácil creer en los dioses del Olimpo que en la inexistencia de Dios».
Europa no pasa por un momento de esplendor en su pensamiento metafísico. Si en otro tiempo fue capaz de alumbrar las grandes universidades y brillar con la luz de poderosos filósofos y pensadores, en este momento es víctima de un pensamiento “débil” que no cree que exista la verdad y, por tanto, no se pone en camino para encontrarla. Y ¿qué es el hombre y qué sentido tiene su vida y cuánto hace si no existe la verdad? El hecho de que la iniciativa del Papa haya celebrado sus dos primeras sesiones en las universidades de Bolonia y de París, las dos universidades europeas más antiguas, ¿será el augurio de que las grandes preguntas han vuelto a la Universidad y vuelven a ser pan cotidiano de profesores y alumnos?
Sea como fuere, lo cierto es que el encuentro de la fe y de la razón es fructuoso para el hombre y que la búsqueda de la verdad es la que permite promover la fraternidad más allá de las convicciones, sin negar las diferencias entre creyentes y no creyentes. Nada más lógico que el Papa, en la videoconferencia dirigida a los jóvenes que se habían congregado en París, les animase a «derribar los muros del miedo al otro, al extranjero, al que no se os parece -miedo que nace con frecuencia del desconocimiento o de la indiferencia», y a «construir puentes de diálogo». Abrirse al Dios desconocido o profundizar en el conocimiento amoroso de Dios facilita reconocer que nadie me es ajeno, que todos los hombres y mujeres son o pueden llegar a ser de mi familia.
Tomado de: es. catholic.net
Fuente: www.revistaeeclessia.com
¿Diálogo entre creyentes y ateos?
Carta semanal de monseñor Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos, para el domingo 10 de abril de 2011 sobre el Atrio de los Gentiles
¿Diálogo entre creyentes y ateos?
El Templo de Jerusalén era el centro religioso del pueblo de Israel. Visitarlo, rezar en él y admirar su excepcional belleza era una aspiración de todos los judíos practicantes. Estaba dividido en secciones, cada una de las cuales estaba reservada a una determinada clase de personas.
Una de ellas se llamaba el «Atrio de los gentiles», porque en ella se ubicaban los que no eran judíos de raza o de religión pero estaban deseosos de conocer qué sucedía en el Templo y Quién era el Dios de los judíos. Allí esperaban a que pasara algún doctor de la Ley para que respondiera a sus preguntas.
Tomando como referencia esta realidad, el Papa Benedicto XVI ha creado una iniciativa de diálogo interreligioso, a la que ha llamado también «Atrio de los gentiles» y cuya puesta en práctica ha encomendado al Pontificio Consejo de la Cultura. En última instancia se trata de instaurar un diálogo entre creyentes y no creyentes, ateos y agnósticos o, sencillamente, personas que han abandonado la fe. No es un foro docente que busque imponer las propias ideas, ni una estructura de proselitismo religioso. Es un espacio abierto en el que cada uno abre su inteligencia para exponer en Quién cree, en qué no cree, qué afirma más allá de los límites de su razón. Se trata de hablar, de modo franco y amistoso, de las cuestiones que siempre han inquietado a los hombres y mujeres de todas las geografías y culturas: qué hay más allá de la muerte, por qué el hombre sufre, por qué triunfa el malvado y el inocente es despreciado y perseguido, cuál es el sentido que tiene la creación, etcétera. Sobre todo, si existe Dios y cuáles son su naturaleza y peculiaridades.
El Papa actual ya comenzó este diálogo con el filósofo agnóstico alemán Habermas y con el intelectual “laico” italiano Paolo D’Arcadis, dejando a un lado toda postura a la defensiva del creyente. Benedicto XVI no tiene miedo a la razón, porque el dilema en que acaban no pocos ateos es Dios o la Nada; dilema insostenible con la lógica más profunda, porque Dios y Nada no son dos conceptos que se puedan contraponer. Como dice el pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila, «el ateo nunca le perdona a Dios su inexistencia», siendo «más fácil creer en los dioses del Olimpo que en la inexistencia de Dios».
Europa no pasa por un momento de esplendor en su pensamiento metafísico. Si en otro tiempo fue capaz de alumbrar las grandes universidades y brillar con la luz de poderosos filósofos y pensadores, en este momento es víctima de un pensamiento “débil” que no cree que exista la verdad y, por tanto, no se pone en camino para encontrarla. Y ¿qué es el hombre y qué sentido tiene su vida y cuánto hace si no existe la verdad? El hecho de que la iniciativa del Papa haya celebrado sus dos primeras sesiones en las universidades de Bolonia y de París, las dos universidades europeas más antiguas, ¿será el augurio de que las grandes preguntas han vuelto a la Universidad y vuelven a ser pan cotidiano de profesores y alumnos?
Sea como fuere, lo cierto es que el encuentro de la fe y de la razón es fructuoso para el hombre y que la búsqueda de la verdad es la que permite promover la fraternidad más allá de las convicciones, sin negar las diferencias entre creyentes y no creyentes. Nada más lógico que el Papa, en la videoconferencia dirigida a los jóvenes que se habían congregado en París, les animase a «derribar los muros del miedo al otro, al extranjero, al que no se os parece -miedo que nace con frecuencia del desconocimiento o de la indiferencia», y a «construir puentes de diálogo». Abrirse al Dios desconocido o profundizar en el conocimiento amoroso de Dios facilita reconocer que nadie me es ajeno, que todos los hombres y mujeres son o pueden llegar a ser de mi familia.
Tomado de: es. catholic.net
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Religión, Pastoral

Autor: Rosendo Melián Perera Fuente: www.forumlibertas.com Los ateos se suben al púlpito
El gran error de los ateos es pensar que matando en el hombre la idea de Dios acaban con el mismo Dios
Los ateos se suben al púlpito
Me parece que fue Henrich Böll el que dijo que no le gustaban los ateos porque se pasaban el día hablando de Dios. Algunos de ellos como el biólogo británico Richard Dawkins poseen en propiedad una cátedra de ateísmo en la Universidad de Oxford, y no para de escribir libros y dictar conferencias donde proclama que Dios es sólo un espejismo.
Resulta una divertida paradoja: alguien que no cree en el Altísimo ha logrado acumular una gran fortuna a costa de él. Nunca he creído que el destino me pudiera ser revelado consultado el horóscopo o que la buena o la mala ventura lograsen ser descifradas leyendo las rayas de la mano. No creo en escobas voladoras, varitas mágicas, unicornios ni caballos alados. Nunca me convencieron los que afirman haber sido abducidos por extraterrestres, los que dicen haber visto al monstruo del lago Ness, los que se fueron de acampada con el Hombre de las Nieves o los que aún esperan que entre los escombros de alguna ruina antiquísima encuentren la huella del minotauro. Que cada lunático le encienda una vela a su extravagancia de cabecera.
Sin embargo, lo que no se me ocurriría nunca es fundar la asociación contra los Chalados que creen en el Unicornio, prohibir los cuentos de hadas o ponerle un piso a un club de fans del agnosticismo donde pudieran reunirse dos o más científicos que, en el nombre de la razón, lucharan por prohibir las leyendas urbanas o desenmascarar al Hombre del Saco. Para los incrédulos es tan esperpéntico creer en Dios como en el Ratoncito Pérez, de ahí que no salgo de mi asombro cuando observo que son legión los ateos profesionales que derrochan tiempo y fortuna tratando de convencer y convencerse de que vivir religiosamente es tan inútil como ladrarle a la luna. Que Dios se apiade de ellos. Si no de su alma, al menos de su sentido común, porque tiene muy mala cara eso de no creer en Dios y dedicarle su vida a Él, aunque sea de forma tan lucrativa.
No hay nadie más creyente que el ateo que se empeña en demostrar su incredulidad. Nadie que no temiese estar equivocado se aferraría con tanta pasión a demostrar lo evidente. Y es que hay mucha visceralidad, mucha pasión, demasiado encono en las posturas antirreligiosas. Cuando se es tan vehemente afirmando la nada, se descubre al hombre que teme descubrir al Todo. Hace algunos años, en una estación de tren alemana alguien había escrito un grafiti transcribiendo la conocida sentencia de un filósofo de aquel país: “Dios ha muerto.” Nietzsche”. Poco después, otra voz anónima le había replicado: “Nietzsche ha muerto”. Dios”. Ésta es la gran tragedia del ateísmo: durante miles de años se ha afanado proclamando que Dios ha sido asesinado, pero su cadáver no aparece. Si nada significada nada, ¿para qué molestarse?
Voltaire se declaró enemigo de la Iglesia; estaba convencido de que podía destruirla con el solo impulso de sus teorías y durante toda su vida respiró por los pulmones del odio y la enemistad hacia todo lo católico. Pero, mientras agonizaba, pidió un confesor y se reconcilió con la Iglesia. Nietzsche, por su parte, malvivió sus últimos doce años en un centro psiquiátrico y murió como un loco desesperado. Ni siquiera falleció como un chalado feliz. También Napoleón creyó que podía acabar con el catolicismo y así se lo hizo saber a un alto representante vaticano en una ocasión. “No podrá, majestad –le advirtió el nuncio-. A la Iglesia no hemos podido destruirla ni los propios católicos. Es un yunque que ha gastado muchos martillos”. En efecto, contra ella ha fracaso el Imperio Romano, sobrevivió a las invasiones bárbaras y fue la que conservó el arte y la civilización occidental en monasterios y desde allí la devolvió al mundo.
Los bárbaros arrasaron Europa y destruyeron imperios y ejércitos poderosos como el romano, pero no lograron doblegar a la Iglesia que, con la bondad de la madre y la paciencia de la maestra, luego evangelizó a esos mismos pueblos salvajes. La Iglesia sobrevivió a la Revolución Francesa, al odio republicano en España y a la revolución cristera en México, a Hitler y a Stalin. El comunismo le quitó el micrófono pero no le apagó la voz, le arrebató el turno de palabra pero no impidió que se expresara. El Telón de Acero confinó al clero a campos de extermino, pero la Iglesia está acostumbrada a renacer desde las catacumbas y, desde ellas, ofició misas, ordenó sacerdotes y consagró obispos.
El gran error de los ateos es pensar que matando en el hombre la idea de Dios acaban con el mismo Dios. Se olvidan de que la fe es un don gratuito que concede el creador, cuando quiere, a quien quiere, donde quiere. No importa que, en nombre del racionalismo, la revolución, el marxismo o la ilustración se cierren conventos e iglesias, se incauten colegios, se quemen templos y catedrales, se destierren a religiosos y misioneros, se pasen a cuchillo, se fusilen o martiricen a millones de creyentes. No importa que impongan el ateísmo por decreto, que se profanen los lugares sacros, se destruyan el arte y la tradición religiosa, se prohíban las prácticas cristianas. Todo ello es tan inútil como pretender que, impidiendo hablar del pasado, se acabe al mismo tiempo con la memoria.
lunes, 22 de marzo de 2010
Religión, Pastoral

Fuente: Catholic.net.
Autor: Louis de Wohl Fuente: Conoze.com
¡Mi querido agnóstico!
Mientras admita que quizás sí pudiera existir Dios, tendrá que buscar
Muchas veces me he preguntado si usted seguiría llamándose a sí mismo agnóstico, si supiera que esa palabra no quiere decir otra cosa que «ignorante». Quizás... con una discreta alusión al sabio Sócrates, que también declaró que sabía que no sabia nada. Pero muchos de vosotros se llaman a sí mismos agnósticos sin haber oído jamás hablar de Sócrates.
La fórmula básica de vuestro pensamiento viene a ser así: «No tengo suficientes pruebas ni de que existe Dios, ni de que no existe. Por tanto no puedo declararme ni creyente, ni ateo».
Esto estaría muy bien si usted no se conformara con ello. Pero eso es precisamente lo que hace la mayoría de los que se llaman agnósticos. Y no correrían ese riesgo en ninguna otra actividad humana. Si el señor A le asegurase que a una hora de distancia de ferrocarril alguien espera su visita para entregarle tres mil euros (o dólares), y el señor B le dijera que eso no puede ser verdad, ¿se quedaría usted tan tranquilo sin hacer nada (siempre en el supuesto de que tanto el señor A como el señor B sean personas igualmente dignas de confianza)? ¿No intentaría usted por lo menos informarse? No deja uno de lado sin más tres mil euros/dólares. Pero a Dios sí se le deja de lado.
Del ateo que está honradamente convencido de que no hay Dios, no puede esperarse que continúe buscando, pero el agnóstico no se lo puede permitir. Mientras admita que quizás sí pudiera existir Dios, tendrá que buscar. Si no lo hace, si permanece en su ignorancia con un encogimiento de hombros, no hará más que demostrar su total indiferencia por el problema. No es ni «ardiente» como el creyente, ni «frío» como el ateo: es tibio; y de los tibios dice el Espíritu Santo, en el Apocalipsis, la espantosa frase de que «Dios los vomitará de su boca».
Y la búsqueda deberá ser honrada. No sirve «convencerse» de la no existencia de Dios, dejándose servir un par de slogans más o menos plausibles. ¡Quien busca honradamente, halla!
Ser agnóstico puede aceptarse. Pero continuar siéndolo..., eso sólo puede llevar a la perdición.
¡Mi querido agnóstico!
Mientras admita que quizás sí pudiera existir Dios, tendrá que buscar
Muchas veces me he preguntado si usted seguiría llamándose a sí mismo agnóstico, si supiera que esa palabra no quiere decir otra cosa que «ignorante». Quizás... con una discreta alusión al sabio Sócrates, que también declaró que sabía que no sabia nada. Pero muchos de vosotros se llaman a sí mismos agnósticos sin haber oído jamás hablar de Sócrates.
La fórmula básica de vuestro pensamiento viene a ser así: «No tengo suficientes pruebas ni de que existe Dios, ni de que no existe. Por tanto no puedo declararme ni creyente, ni ateo».
Esto estaría muy bien si usted no se conformara con ello. Pero eso es precisamente lo que hace la mayoría de los que se llaman agnósticos. Y no correrían ese riesgo en ninguna otra actividad humana. Si el señor A le asegurase que a una hora de distancia de ferrocarril alguien espera su visita para entregarle tres mil euros (o dólares), y el señor B le dijera que eso no puede ser verdad, ¿se quedaría usted tan tranquilo sin hacer nada (siempre en el supuesto de que tanto el señor A como el señor B sean personas igualmente dignas de confianza)? ¿No intentaría usted por lo menos informarse? No deja uno de lado sin más tres mil euros/dólares. Pero a Dios sí se le deja de lado.
Del ateo que está honradamente convencido de que no hay Dios, no puede esperarse que continúe buscando, pero el agnóstico no se lo puede permitir. Mientras admita que quizás sí pudiera existir Dios, tendrá que buscar. Si no lo hace, si permanece en su ignorancia con un encogimiento de hombros, no hará más que demostrar su total indiferencia por el problema. No es ni «ardiente» como el creyente, ni «frío» como el ateo: es tibio; y de los tibios dice el Espíritu Santo, en el Apocalipsis, la espantosa frase de que «Dios los vomitará de su boca».
Y la búsqueda deberá ser honrada. No sirve «convencerse» de la no existencia de Dios, dejándose servir un par de slogans más o menos plausibles. ¡Quien busca honradamente, halla!
Ser agnóstico puede aceptarse. Pero continuar siéndolo..., eso sólo puede llevar a la perdición.
viernes, 25 de septiembre de 2009
Religión

Fuente: Catholic.net.
Autor: Cardenal Paul Poupard Fuente: Consejo Pontificio de la Cultura
La cultura de la indiferencia religiosa
La globalización ha influenciado grandemente la no creencia, mediante un paradigma de felicidad norteamericano, que relativiza la relación con el Trascendente
Una locución, quizá no tan usada en el lenguaje ordinario de las sociedades contemporáneas es el de la indiferencia religiosa. Delante del fenómeno de la secularización que predecía la desaparición del ámbito religioso en la sociedad moderna, se ha comprobado, que lejos de desaparecer, el horizonte religioso ha crecido con nuevo vigor, aunque si bien con una orientación diversa.
La secularización del contexto moderno ha dejado una expresión religiosa de tipo subjetivista; despreciando cualquier clase de institucionalización de la esfera religiosa que pretenda proponer la verdad absoluta de su credo. Para algunos, el único canal de supervivencia de la religiosidad se encuentra en la presentación de contenidos religiosos evolutivos y polifacéticos, cualquier clase de desarrollo dogmático tradicional conduciría a la petrificación religiosa y a su anacronismo. Otros observan que la religiosidad permanecerá vigente en la medida que pueda ofrecer, una propuesta seria sobre al sentido de la vida, al que la modernidad no ha podido responder.
Por otro lado, los derechos del hombre vienen defendidos, pero sin referencia al Trascendente Personal. Estamos delante de un nuevo humanismo, un humanismo auto idolátrico, narcisista [17]. “Yoísta”, del concreto individuo, no del género humano, como lo fueron el renacimiento, el racionalismo, el idealismo alemán o el marxismo, ni siquiera del tipo reflexivo existencialista, sino de la absoluta subjetividad hermética de cada individuo.
La decepción de la razón y su acelerada caída, han afirmado en la nueva religiosidad una ruptura entre creencias profesadas y regla moral. Cualquier pretensión de norma viene visto como atentado [18] a la autonomía moral del individuo.
El hombre ya no es centro de todo, sino el “yo”. El hombre es solo, de ahí que busque una disolución de su soledad en la naturaleza [19], con la cual forma un solo elemento, pero que paradójicamente explota y destruye para lograr el confort, que constituye el valor absoluto de bondad.
Desde el ámbito fenomenológico la increencia no se presenta como corriente de pensamiento ateo, mucho menos como fenómeno claramente manifiesto, sino como un dato extendido en la realidad occidental, que no es rechazado por la sociedad, ni contestado por los creyentes. Aparece pues, como una corriente envolvente, una mezcla de apatía, relativismo y tolerancia con respecto a la realidad trascendente. Hablar o no hablar de Dios, es realmente indiferente improductivo. El ateísmo teórico ha sido tan efectivo en las décadas pasadas, que se transformado en un estilo asimilado de vida [20], donde la fe, viene suplantada por el sentimiento religioso, expresión emotiva de la inmanencia. El ateísmo no necesita ya combatir la trascendencia de Dios, hoy se vive el sepelio de Dios en la cripta sentimentalista de la yo [21].
El paradigma dominante [22] de bienestar, propone la felicidad como autosuficiencia y bienestar individual en materia económica, se erige como el único horizonte creíble de realización humana, para lo cual es preciso renunciar a la identidad histórica, la pertenencia familiar, la memoria regional, el marco de valores tradicionales y todo aquello que suponga un obstáculo a la uniformidad industrial de producción y a la generación económica. Las tradiciones son vistas como mero atavismo ancestral que impide la realización personal, por ello han de ser superadas por nuevas tradiciones, no comunitarias, sino individuales, ligadas a momentos "mágicos" de sentimiento. De este modo se intercambia la dimensión histórica de la fe y los sacramentos cristianos, con la expresión hermética de la propias formulaciones religiosas basadas en la emoción y la mágica fuerza de los amuletos personales.
La globalización como instrumento de propagación de este modelo atomizador, ha influenciado grandemente la no creencia, mediante un paradigma de felicidad norteamericano, que relativiza la relación con el Trascendente, recluyéndolo aún más en el ámbito subjetivo, igualando así las diversas formas de valores culturales y reduciendo el impacto y continuidad de la transmisión de la fe.
El resurgimiento religioso parece orientarse en dos direcciones precisas y diversas del desarrollo previo:
1) La negación de la objetividad de la realidad Trascendente, que por lo tanto no puede ser administrada u ofrecida por ninguna clase de institución religiosa; implicando así el desprecio por la dimensión histórica y Reveladora de la fe.
2) El rechazo o indiferencia a lo que signifique alteridad, la divinidad no puede ser “Personal”, ello implicaría diversidad, Autoridad y Obediencia. La vivencia colectiva sólo tiene valor en cuanto los otros sienten lo mismo que yo. La iniciación es válida para estas nuevas formas religiosas en la medida que permite sentirse o reconocerse como protagonista de esta acción o cuando permite tener emociones “fuertes”. Ello explicaría el auge occidental del modelo asiático monista de trascendencia lo humano y lo divino identificados y disueltos [23].
La opción religiosa o de creyente es asunto meramente subjetivo, de elección personal, cuyos efectos son también subjetivos y objetivamente en nada distintos de los que un no creyente experimenta. No hay diferencia entre creer y no creer. La creencia de fe no aporta ningún beneficio o privilegio objetivo, cualquier clase de razonamiento que intente mostrar que la fe da respuestas a lo que el no creyente no tiene, se ve observado como anticuado, iluso y autoritario. Esta situación proviene de la aceptación legal en que los no creyentes poseen valores propios, dignos de respeto e iguales a los cristianos. El impacto y las modalidades de secularismo y el relativismo presentes en la mentalidad hodierna de los católicos, podría requerir diversos convenios sobre el argumento, en esta ocasión será presentado por el Profesor Pedro Morandé, como uno de los rasgos culturales que configuran la actual sociedad tecnócrata.
Solamente cuando la fe es puesta como respuesta histórica al mensaje de Jesucristo, viene vista como objetivamente distinta a los valores de los no creyentes, pero precisamente por ser histórica, pero no viene valorada como opción de superioridad antropológica, sino sólo como una misión en la historia, no diversa del determinismo.
Así cualquier expresión radical de la fe es vista como sectaria. Hacer presente la fe en lo cotidiano se vuelve rareza. Del mismo modo la afirmación sin ambages de identidad católica es criticada como fundamentalismo, del mismo modo que la pertenencia a una experiencia comunitaria eclesial se denuncia como integrismo o gueto. Y esto, no por las demás religiones, sino por los mismos católicos que ha fuerza de contemporizar con el secularismo, ha generado una propuesta católica “light”.
¿Será que la insatisfacción de la experiencia religiosa de la fe católica en nuestras sociedades, es el resultado de una vivencia intensa de la fe, descubierta como fraude? ¿No será más bien el rechazo a formas ingenuas, corrompidas y superficiales de una religiosidad popular “light”, de moralismo legalista e ignorancia histórica? ¿La indiferencia no estará invocando de alguna manera una forma más radical de experiencia del Trascendente precisamente en la historia y una vivencia más intensa y personal de la vida comunitaria [24]?
EMMO. Y RVMO. SR. CARDENAL Paul Poupard
Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura
La misión de los Centros Culturales Católicos, un servicio al Evangelio
que refuerza la identidad católica
Autor: Cardenal Paul Poupard Fuente: Consejo Pontificio de la Cultura
La cultura de la indiferencia religiosa
La globalización ha influenciado grandemente la no creencia, mediante un paradigma de felicidad norteamericano, que relativiza la relación con el Trascendente
Una locución, quizá no tan usada en el lenguaje ordinario de las sociedades contemporáneas es el de la indiferencia religiosa. Delante del fenómeno de la secularización que predecía la desaparición del ámbito religioso en la sociedad moderna, se ha comprobado, que lejos de desaparecer, el horizonte religioso ha crecido con nuevo vigor, aunque si bien con una orientación diversa.
La secularización del contexto moderno ha dejado una expresión religiosa de tipo subjetivista; despreciando cualquier clase de institucionalización de la esfera religiosa que pretenda proponer la verdad absoluta de su credo. Para algunos, el único canal de supervivencia de la religiosidad se encuentra en la presentación de contenidos religiosos evolutivos y polifacéticos, cualquier clase de desarrollo dogmático tradicional conduciría a la petrificación religiosa y a su anacronismo. Otros observan que la religiosidad permanecerá vigente en la medida que pueda ofrecer, una propuesta seria sobre al sentido de la vida, al que la modernidad no ha podido responder.
Por otro lado, los derechos del hombre vienen defendidos, pero sin referencia al Trascendente Personal. Estamos delante de un nuevo humanismo, un humanismo auto idolátrico, narcisista [17]. “Yoísta”, del concreto individuo, no del género humano, como lo fueron el renacimiento, el racionalismo, el idealismo alemán o el marxismo, ni siquiera del tipo reflexivo existencialista, sino de la absoluta subjetividad hermética de cada individuo.
La decepción de la razón y su acelerada caída, han afirmado en la nueva religiosidad una ruptura entre creencias profesadas y regla moral. Cualquier pretensión de norma viene visto como atentado [18] a la autonomía moral del individuo.
El hombre ya no es centro de todo, sino el “yo”. El hombre es solo, de ahí que busque una disolución de su soledad en la naturaleza [19], con la cual forma un solo elemento, pero que paradójicamente explota y destruye para lograr el confort, que constituye el valor absoluto de bondad.
Desde el ámbito fenomenológico la increencia no se presenta como corriente de pensamiento ateo, mucho menos como fenómeno claramente manifiesto, sino como un dato extendido en la realidad occidental, que no es rechazado por la sociedad, ni contestado por los creyentes. Aparece pues, como una corriente envolvente, una mezcla de apatía, relativismo y tolerancia con respecto a la realidad trascendente. Hablar o no hablar de Dios, es realmente indiferente improductivo. El ateísmo teórico ha sido tan efectivo en las décadas pasadas, que se transformado en un estilo asimilado de vida [20], donde la fe, viene suplantada por el sentimiento religioso, expresión emotiva de la inmanencia. El ateísmo no necesita ya combatir la trascendencia de Dios, hoy se vive el sepelio de Dios en la cripta sentimentalista de la yo [21].
El paradigma dominante [22] de bienestar, propone la felicidad como autosuficiencia y bienestar individual en materia económica, se erige como el único horizonte creíble de realización humana, para lo cual es preciso renunciar a la identidad histórica, la pertenencia familiar, la memoria regional, el marco de valores tradicionales y todo aquello que suponga un obstáculo a la uniformidad industrial de producción y a la generación económica. Las tradiciones son vistas como mero atavismo ancestral que impide la realización personal, por ello han de ser superadas por nuevas tradiciones, no comunitarias, sino individuales, ligadas a momentos "mágicos" de sentimiento. De este modo se intercambia la dimensión histórica de la fe y los sacramentos cristianos, con la expresión hermética de la propias formulaciones religiosas basadas en la emoción y la mágica fuerza de los amuletos personales.
La globalización como instrumento de propagación de este modelo atomizador, ha influenciado grandemente la no creencia, mediante un paradigma de felicidad norteamericano, que relativiza la relación con el Trascendente, recluyéndolo aún más en el ámbito subjetivo, igualando así las diversas formas de valores culturales y reduciendo el impacto y continuidad de la transmisión de la fe.
El resurgimiento religioso parece orientarse en dos direcciones precisas y diversas del desarrollo previo:
1) La negación de la objetividad de la realidad Trascendente, que por lo tanto no puede ser administrada u ofrecida por ninguna clase de institución religiosa; implicando así el desprecio por la dimensión histórica y Reveladora de la fe.
2) El rechazo o indiferencia a lo que signifique alteridad, la divinidad no puede ser “Personal”, ello implicaría diversidad, Autoridad y Obediencia. La vivencia colectiva sólo tiene valor en cuanto los otros sienten lo mismo que yo. La iniciación es válida para estas nuevas formas religiosas en la medida que permite sentirse o reconocerse como protagonista de esta acción o cuando permite tener emociones “fuertes”. Ello explicaría el auge occidental del modelo asiático monista de trascendencia lo humano y lo divino identificados y disueltos [23].
La opción religiosa o de creyente es asunto meramente subjetivo, de elección personal, cuyos efectos son también subjetivos y objetivamente en nada distintos de los que un no creyente experimenta. No hay diferencia entre creer y no creer. La creencia de fe no aporta ningún beneficio o privilegio objetivo, cualquier clase de razonamiento que intente mostrar que la fe da respuestas a lo que el no creyente no tiene, se ve observado como anticuado, iluso y autoritario. Esta situación proviene de la aceptación legal en que los no creyentes poseen valores propios, dignos de respeto e iguales a los cristianos. El impacto y las modalidades de secularismo y el relativismo presentes en la mentalidad hodierna de los católicos, podría requerir diversos convenios sobre el argumento, en esta ocasión será presentado por el Profesor Pedro Morandé, como uno de los rasgos culturales que configuran la actual sociedad tecnócrata.
Solamente cuando la fe es puesta como respuesta histórica al mensaje de Jesucristo, viene vista como objetivamente distinta a los valores de los no creyentes, pero precisamente por ser histórica, pero no viene valorada como opción de superioridad antropológica, sino sólo como una misión en la historia, no diversa del determinismo.
Así cualquier expresión radical de la fe es vista como sectaria. Hacer presente la fe en lo cotidiano se vuelve rareza. Del mismo modo la afirmación sin ambages de identidad católica es criticada como fundamentalismo, del mismo modo que la pertenencia a una experiencia comunitaria eclesial se denuncia como integrismo o gueto. Y esto, no por las demás religiones, sino por los mismos católicos que ha fuerza de contemporizar con el secularismo, ha generado una propuesta católica “light”.
¿Será que la insatisfacción de la experiencia religiosa de la fe católica en nuestras sociedades, es el resultado de una vivencia intensa de la fe, descubierta como fraude? ¿No será más bien el rechazo a formas ingenuas, corrompidas y superficiales de una religiosidad popular “light”, de moralismo legalista e ignorancia histórica? ¿La indiferencia no estará invocando de alguna manera una forma más radical de experiencia del Trascendente precisamente en la historia y una vivencia más intensa y personal de la vida comunitaria [24]?
EMMO. Y RVMO. SR. CARDENAL Paul Poupard
Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura
La misión de los Centros Culturales Católicos, un servicio al Evangelio
que refuerza la identidad católica
jueves, 23 de octubre de 2008
Religión
Autor: P. Fernando Pascual Fuente: Catholic.net
Ateos y creyentes. Pistas para el diálogo
Hay que promover las condiciones para un diálogo que abra el acceso a algo que debe ser de común interés para quienes discuten: la verdad
Una fuente de acusaciones mutuas y de ataques más o menos duros entre los ateos y los creyentes proviene del pasado. Los ateos reprochan a las religiones, de un modo especial a la Iglesia católica, errores, injusticias, delitos, crímenes más o menos graves. Algunas de las acusaciones son falsas, frutos de mentiras repetidas miles de veces, mientras que otras son verdaderas. Existe un grupo de acusaciones sobre las que es difícil un veredicto claro por falta de documentos o porque el juicio depende de la perspectiva adoptada. Es falso, por ejemplo (y la afirmación aparece con cierta frecuencia) decir que la Iglesia torturó y condenó a la muerte a Galileo. Es correcto, en cambio, recordar que hubo algunos Papas que se comportaron como jefes militares y como hombres demasiado mundanos. Por lo que se refiere al tema de las relaciones entre la Iglesia y el Estado en el mundo medieval resulta sumamente difícil emitir un juicio sereno y objetivo por la complejidad del tema en cuestión. Por su parte, también los creyentes reprochan a los ateos errores, injusticias, delitos, crímenes. Como en el caso anterior, algunas acusaciones son falsas, otras verdaderas (los millones de víctimas del comunismo ateo, por ejemplo), y otras son valoradas de modos diferentes según la perspectiva histórica que se adopte. Además de las acusaciones sobre el pasado, existen polémicas y acusaciones mutuas referidas al presente. Los ateos denuncian, por ejemplo, que los creyentes promueven actitudes de intolerancia y violencia, o que permiten la permanencia de las injusticias sociales en nuestro mundo. Los creyentes critican a los ateos por trabajar en la construcción de un mundo sin Dios, por abandonar la defensa de la familia y de la ética pública, por apoyar el crimen del aborto, etc. Cuando se acepta entrar en este tipo de debates sobre las culpas ajenas y sobre la inocencia propia (cada uno cree en la bondad de sus creencias) se hace imprescindible un esfuerzo sincero por ambas partes para poner los pies sobre la tierra. Ello nos ayudará a dejar de lado acusaciones falsas, a no repetir mentiras que los históricos ya han descartado, y a sopesar comportamientos concretos asumidos y defendidos por quienes se encuentran en el otro punto de vista. No basta, desde luego, con superar la actitud que lleva a mantener siempre los reproches hacia la otra parte. Hay que promover las condiciones para un diálogo que abra el acceso a algo que debe ser de común interés para quienes discuten: la verdad. Hablar de verdad supone, hay que tenerlo presente, superar una mentalidad relativista que está bastante arraigada en algunos ambientes intelectuales. El diálogo humano pierde su sentido si suponemos que todos tienen igualmente la razón, o si pensamos que es imposible alcanzar la verdad, o si ponemos como premisa que ninguno de los interlocutores tendría más razón que el otro. Hay que romper con moldes relativistas que no llevan a ninguna parte y que permiten a los grupos con ideas diferentes encerrarse en sus posiciones y defenderlas en contra muchas veces no sólo de lo evidente, sino incluso del trato justo y respetuoso que todo ser humano merece en cuanto ser humano. Superado el relativismo, lo cual a veces implica haber discutido un tiempo adecuado sobre el mismo, llega el momento de buscar ese camino que nos permite avanzar hacia la verdad, que nos permite decir cómo están las cosas. ¿Existe o no existe Dios? ¿Tienen más razón los creyentes o los ateos? Entre los creyentes, ¿es posible encontrar cuál entre las diversas religiones sea la verdadera y cuáles no lo son? Si existen diferentes ateísmo, ¿cuál sería el verdadero? No se trata de un diálogo fácil, pues requiere madurez, paciencia, apertura, seriedad. Una dosis de alegría y de afecto hacia el otro, a pesar de las ideas diferentes, puede ayudar a crear un clima más propicio y sereno en el que los argumentos avanzan más allá de los prejuicios o de los miedos personales. No se llega a ninguna parte, ciertamente, si se mezclan los temas, si se recurre a sofismas, si uno o varios dialogantes prefieren el ataque personal y el insulto que descalifica en vez de mantenerse en los razonamientos con la cordialidad que tanto ayuda a ir hacia adelante. Queda en pie el derecho de cada uno de no aceptar un argumento concreto, o de no tratar un tema propuesto por la otra parte. Ello no siempre ha de interpretarse como señal de debilidad o como victoria de quien lanzó la idea y encontró una evasiva en el interlocutor. A veces se trata de una retirada estratégica, o del deseo de tener más tiempo para pensar con calma sobre una idea concreta. Otras veces, uno no quiere tocar un tema porque le vence el cansancio de estar continuamente hablando sobre lo mismo. Nos hemos quedado en algunos preámbulos. Afrontar en breves líneas los principales argumentos de disputa resulta imposible, y lo demuestran las casi interminables discusiones que siguen en pie entre los ateos y los creyentes. Pero todo esfuerzo dirigido a promover un clima más sereno, por encima de insultos y de descalificaciones mutuas, vale la pena. Lo cual será posible desde ese deseo sincero por avanzar, aunque sean unos pocos pasos, hacia el encuentro con la verdad que anhela todo corazón humano.
Ateos y creyentes. Pistas para el diálogo
Hay que promover las condiciones para un diálogo que abra el acceso a algo que debe ser de común interés para quienes discuten: la verdad
Una fuente de acusaciones mutuas y de ataques más o menos duros entre los ateos y los creyentes proviene del pasado. Los ateos reprochan a las religiones, de un modo especial a la Iglesia católica, errores, injusticias, delitos, crímenes más o menos graves. Algunas de las acusaciones son falsas, frutos de mentiras repetidas miles de veces, mientras que otras son verdaderas. Existe un grupo de acusaciones sobre las que es difícil un veredicto claro por falta de documentos o porque el juicio depende de la perspectiva adoptada. Es falso, por ejemplo (y la afirmación aparece con cierta frecuencia) decir que la Iglesia torturó y condenó a la muerte a Galileo. Es correcto, en cambio, recordar que hubo algunos Papas que se comportaron como jefes militares y como hombres demasiado mundanos. Por lo que se refiere al tema de las relaciones entre la Iglesia y el Estado en el mundo medieval resulta sumamente difícil emitir un juicio sereno y objetivo por la complejidad del tema en cuestión. Por su parte, también los creyentes reprochan a los ateos errores, injusticias, delitos, crímenes. Como en el caso anterior, algunas acusaciones son falsas, otras verdaderas (los millones de víctimas del comunismo ateo, por ejemplo), y otras son valoradas de modos diferentes según la perspectiva histórica que se adopte. Además de las acusaciones sobre el pasado, existen polémicas y acusaciones mutuas referidas al presente. Los ateos denuncian, por ejemplo, que los creyentes promueven actitudes de intolerancia y violencia, o que permiten la permanencia de las injusticias sociales en nuestro mundo. Los creyentes critican a los ateos por trabajar en la construcción de un mundo sin Dios, por abandonar la defensa de la familia y de la ética pública, por apoyar el crimen del aborto, etc. Cuando se acepta entrar en este tipo de debates sobre las culpas ajenas y sobre la inocencia propia (cada uno cree en la bondad de sus creencias) se hace imprescindible un esfuerzo sincero por ambas partes para poner los pies sobre la tierra. Ello nos ayudará a dejar de lado acusaciones falsas, a no repetir mentiras que los históricos ya han descartado, y a sopesar comportamientos concretos asumidos y defendidos por quienes se encuentran en el otro punto de vista. No basta, desde luego, con superar la actitud que lleva a mantener siempre los reproches hacia la otra parte. Hay que promover las condiciones para un diálogo que abra el acceso a algo que debe ser de común interés para quienes discuten: la verdad. Hablar de verdad supone, hay que tenerlo presente, superar una mentalidad relativista que está bastante arraigada en algunos ambientes intelectuales. El diálogo humano pierde su sentido si suponemos que todos tienen igualmente la razón, o si pensamos que es imposible alcanzar la verdad, o si ponemos como premisa que ninguno de los interlocutores tendría más razón que el otro. Hay que romper con moldes relativistas que no llevan a ninguna parte y que permiten a los grupos con ideas diferentes encerrarse en sus posiciones y defenderlas en contra muchas veces no sólo de lo evidente, sino incluso del trato justo y respetuoso que todo ser humano merece en cuanto ser humano. Superado el relativismo, lo cual a veces implica haber discutido un tiempo adecuado sobre el mismo, llega el momento de buscar ese camino que nos permite avanzar hacia la verdad, que nos permite decir cómo están las cosas. ¿Existe o no existe Dios? ¿Tienen más razón los creyentes o los ateos? Entre los creyentes, ¿es posible encontrar cuál entre las diversas religiones sea la verdadera y cuáles no lo son? Si existen diferentes ateísmo, ¿cuál sería el verdadero? No se trata de un diálogo fácil, pues requiere madurez, paciencia, apertura, seriedad. Una dosis de alegría y de afecto hacia el otro, a pesar de las ideas diferentes, puede ayudar a crear un clima más propicio y sereno en el que los argumentos avanzan más allá de los prejuicios o de los miedos personales. No se llega a ninguna parte, ciertamente, si se mezclan los temas, si se recurre a sofismas, si uno o varios dialogantes prefieren el ataque personal y el insulto que descalifica en vez de mantenerse en los razonamientos con la cordialidad que tanto ayuda a ir hacia adelante. Queda en pie el derecho de cada uno de no aceptar un argumento concreto, o de no tratar un tema propuesto por la otra parte. Ello no siempre ha de interpretarse como señal de debilidad o como victoria de quien lanzó la idea y encontró una evasiva en el interlocutor. A veces se trata de una retirada estratégica, o del deseo de tener más tiempo para pensar con calma sobre una idea concreta. Otras veces, uno no quiere tocar un tema porque le vence el cansancio de estar continuamente hablando sobre lo mismo. Nos hemos quedado en algunos preámbulos. Afrontar en breves líneas los principales argumentos de disputa resulta imposible, y lo demuestran las casi interminables discusiones que siguen en pie entre los ateos y los creyentes. Pero todo esfuerzo dirigido a promover un clima más sereno, por encima de insultos y de descalificaciones mutuas, vale la pena. Lo cual será posible desde ese deseo sincero por avanzar, aunque sean unos pocos pasos, hacia el encuentro con la verdad que anhela todo corazón humano.
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