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lunes, 9 de diciembre de 2019
lunes, 17 de junio de 2019
jueves, 25 de mayo de 2017
Educación para el trabajo
Francesco Canchari: el hombre que llevó la Sal de Maras al mundo
Francesco Canchari puso en
valor un recurso milenario que nadie había notado como oportunidad de
emprendimiento. ¿Cómo vender sal se convierte en un proyecto de impacto
social de largo alcance?
Hac unas horas, uno de los mejores
restaurantes del mundo, ubicado en Miraflores, Lima, le confirmó a
Franceso Canchari que toda la sal que usarán en su cocina será la que su
empresa produce. A 1.104,2 Km de ese local —casi 19 horas por
carretera—, se encuentran las Salineras de Maras:
un espectáculo visual níveo, sobre los 3.000 m.s.n.m. Allí, 402
familias cusqueñas procesan la Sal de Maras o Sal Rosada en las 4.200
pozas contenedoras de este insumo que existen allí desde hace miles de
años. Tan antigua en nuestra historia como el Tahuantinsuyo.
En el 2006, cuando Francesco Canchari llegó por primera vez a ese
lugar, poca gente del Perú conocía la existencia y propiedades de esta
sal de tradición milenaria de los incas, que durante el virreinato fue
la mina abastecedora de sal de toda la sierra meridional. Y en el mundo,
se creía que ese tipo de recurso era elaborado exclusivamente en las
montañas del Himalaya. “No es posible que la sal se produzca en una
montaña en el Perú. Viene del mar”, le decían cuando contaba su idea de
hacer una empresa en base a este insumo. En ese entonces, y desde hace
siglos, las familias de Maras extraían la sal y
únicamente la llevaban en los lomos de burros hasta los mercados de la
ciudad. En una localidad con bajos niveles de nutrición, salud y
educación, las familias que, como guardianes de estas pozas las
mantuvieron de generación en generación, no encontraban el valor de lo
que trabajaban con tanto esmero.
Entonces, Canchari les compró de arranque una tonelada.
Entonces, comenzó un trabajo en conjunto con la comunidad que cada vez se hizo más grande.
Entonces, allí, donde nadie más veía ni creía, reparó en un producto con
gran potencial y una enorme oportunidad de negocio y de desarrollo
social.
Antes de conocer las Salineras de Maras, Francesco
Canchari no sabía nada de sal. Más bien se había desempeñado como
ingeniero de sistemas y tenía una amplia experiencia en el sector
farmacéutico. Pero nada estaba dicho. Con su marca Maras
Gourmet, aprendió sobre la marcha a llevar un negocio, y sobre
exportaciones, publicidad y márketing. También aprendió que fuera del
Perú esta sal era muy valorada no solo como insumo gourmet para los
mejores restaurantes del mundo, sino por sus propiedades curativas
relacionadas al misticismo y a la energía de la Tierra.
“Una vez leí sobre los 400 usos que se le puede dar a esta sal. Nosotros ahora tenemos como 30”, dice Canchari. Con Maras
Gourmet, además de vender sal para cocinar, se han creado diversos
productos como chocolates orgánicos, snacks saludables, sales de baño,
exfoliantes para la piel, y más. Estos están posicionados a nivel
mundial en los mejores restaurantes y hoteles a nivel mundial.
Pero mientras la marca crecía, Canchari notó que algo tenía que
cambiar. Se dio cuenta de que lo que estaba haciendo era algo mucho más
grande que un intercambio comercial con los productores de Maras. Algo mucho más importante que solo comprar y vender sal. Así, hace poco más de dos años, nació la ONG Maras,
con la que —en conjunto con aliados estratégicos— hace trabajo
educativo con los niños, proyectos de empoderamiento a las mujeres,
campañas de salud y proyectos de impulso al turismo.
Hoy, la Sal de Maras del Perú está en 18 países de
cuatro continentes del mundo —desde Canadá, Estados Unidos, Rusia y
Francia, hasta Japón, China, Filipinas y Australia—. Además, el turismo
en la zona se ha multiplicado por siete, al igual que los ingresos de
cada familia de esta comunidad cusqueña. Canchari, que comenzó
comprándoles una tonelada, ahora adquiere 240 cada año. Si antes solo el
7% de los turistas que visita Cusco llegaba a las Salineras de Maras, hoy lo hace más del 50%. Nunca antes vender sal había marcado tanta diferencia.
✎Escribe: Diana Hidalgo
❉ Fotos: Fidel Carrillo y Maras Gourmet
Hac unas horas, uno de los mejores
restaurantes del mundo, ubicado en Miraflores, Lima, le confirmó a
Franceso Canchari que toda la sal que usarán en su cocina será la que su
empresa produce. A 1.104,2 Km de ese local —casi 19 horas por
carretera—, se encuentran las Salineras de Maras:
un espectáculo visual níveo, sobre los 3.000 m.s.n.m. Allí, 402
familias cusqueñas procesan la Sal de Maras o Sal Rosada en las 4.200
pozas contenedoras de este insumo que existen allí desde hace miles de
años. Tan antigua en nuestra historia como el Tahuantinsuyo.
En el 2006, cuando Francesco Canchari llegó por primera vez a ese
lugar, poca gente del Perú conocía la existencia y propiedades de esta
sal de tradición milenaria de los incas, que durante el virreinato fue
la mina abastecedora de sal de toda la sierra meridional. Y en el mundo,
se creía que ese tipo de recurso era elaborado exclusivamente en las
montañas del Himalaya. “No es posible que la sal se produzca en una
montaña en el Perú. Viene del mar”, le decían cuando contaba su idea de
hacer una empresa en base a este insumo. En ese entonces, y desde hace
siglos, las familias de Maras extraían la sal y
únicamente la llevaban en los lomos de burros hasta los mercados de la
ciudad. En una localidad con bajos niveles de nutrición, salud y
educación, las familias que, como guardianes de estas pozas las
mantuvieron de generación en generación, no encontraban el valor de lo
que trabajaban con tanto esmero.Entonces, Canchari les compró de arranque una tonelada.
Entonces, comenzó un trabajo en conjunto con la comunidad que cada vez se hizo más grande.
Entonces, allí, donde nadie más veía ni creía, reparó en un producto con gran potencial y una enorme oportunidad de negocio y de desarrollo social.

Antes de conocer las Salineras de Maras, Francesco Canchari no sabía nada de sal. Más bien se había desempeñado como ingeniero de sistemas y tenía una amplia experiencia en el sector farmacéutico. Pero nada estaba dicho. Con su marca Maras Gourmet, aprendió sobre la marcha a llevar un negocio, y sobre exportaciones, publicidad y márketing. También aprendió que fuera del Perú esta sal era muy valorada no solo como insumo gourmet para los mejores restaurantes del mundo, sino por sus propiedades curativas relacionadas al misticismo y a la energía de la Tierra.
“Una vez leí sobre los 400 usos que se le puede dar a esta sal. Nosotros ahora tenemos como 30”, dice Canchari. Con Maras Gourmet, además de vender sal para cocinar, se han creado diversos productos como chocolates orgánicos, snacks saludables, sales de baño, exfoliantes para la piel, y más. Estos están posicionados a nivel mundial en los mejores restaurantes y hoteles a nivel mundial.
Pero mientras la marca crecía, Canchari notó que algo tenía que cambiar. Se dio cuenta de que lo que estaba haciendo era algo mucho más grande que un intercambio comercial con los productores de Maras. Algo mucho más importante que solo comprar y vender sal. Así, hace poco más de dos años, nació la ONG Maras, con la que —en conjunto con aliados estratégicos— hace trabajo educativo con los niños, proyectos de empoderamiento a las mujeres, campañas de salud y proyectos de impulso al turismo.
✎Escribe: Diana Hidalgo
❉ Fotos: Fidel Carrillo y Maras Gourmet
jueves, 11 de mayo de 2017
martes, 10 de noviembre de 2015
Educación para el trabajo
Los jóvenes que crearon un imperio de pago que mueve millones
Henrique Dubrugras y Pedro Franceschi eran asiduos a los videojuegos y comenzaron a programar para ahorrar dinero
Muchos padres observan cómo sus hijos adolescentes se quedan pegados a sus consolas de videojuegos y pantallas de computador, preocupados por su futuro. Pero las madres de Henrique Dubrugras y Pedro Franceschi ya no se preocupan por eso.
Los dos adolescentes brasileños solían pasar cerca de un tercio del día frente a las pantallas, pero para ellos eso resultó productivo. Y si bien hay un montón de empresarios de internet que comienzan bastante jóvenes, su historia se destaca.
Con 19 años cuentan con un exitoso emprendimiento, Pagar.me, que emplea a 30 personas, factura anualmente varios millones de dólares y se ganaron becas de la Universidad de Stanford.
Programadores amateur
Cuando Henrique tenía 12 años, era un gran seguidor del juego Ragnarok. Como sus padres no estaban dispuestos a pagar por la versión Premium, Henrique comenzó a programarla él mismo. "Yo solía hacer mis propios servidores, así que no tuve que pagar por la versión original", cuenta.
Posteriormente se las ingenió para lograr ganar dinero con sus habilidades. Al principio sus padres estaban un poco asustados, creyendo que estaba apostando en línea. Pedro Franceschi, cofundador de Pagar.me, comenzó aún más joven, jugando con el software desde los 9 años. "Los dos empezamos a programar como una forma de lograr cosas que queríamos", dice.
Pedro quería usar el nuevo ciberasistente de Apple, Siri, pero este sólo hablaba inglés. A la edad de 15, se las había arreglado para hacer que Siri hablara portugués. Cuando tenían 16 y 17, los dos adolescentes se conocieron por Twitter.
A diferencia de la típica charla de adolescentes sobre música o fútbol, en su primer encuentro debatieron sobre los méritos de los diferentes programas de edición de texto para programación.
Pronto se dieron cuenta de que sus ambiciones y sueños eran más parecidos que diferentes. "Fue entonces cuando comenzó nuestra amistad. Pedro comenzó a usar mi editor de texto. Gané la discusión y gané un socio", dice Henrqiue.
En esa época Henrique vivía en Sao Paulo, pero Pedro estaba a más de 400 kilómetros de distancia, en Río de Janeiro, así que inicialmente la asociación desarrolló en línea.
Henrique Dubrugras (a la derecha) y Pedro Franceschi planean manejar el negocio desde California, donde estudiarán en Stanford University. (BBC) Invítame a salir
Por esa época también se enfrentaban a los mismos problemas que históricamente han afectado a los adolescentes durante generaciones. "¿Qué pasa si invito a una compañera de clase a salir y ella dice que no? Va a ser difícil incómodo seguirla viendo todos los días después de eso", dice Henrqiue, explicando el viejo dilema.
Asistió a una hackathon y a su equipo se le ocurrió una aplicación basada en Facebook: AskMeOut (InvítameASalir). Como Tinder, la plataforma le dio a los jóvenes románticos la oportunidad de mostrar interés en alguien y ver si es correspondido, sin arriesgar el rechazo cara a cara. El equipo de Henrique ganó el primer premio y 50.000 reales (unos US$ 13.200).
Pero Henrique se dio cuenta de que los hombres y las mujeres (¿o niños y niñas?) estaban usando la aplicación de distintas maneras: mientras las mujeres eran más exigentes, los hombres la utilizaban para hacer clic a cuanta fémina se le apareciera en la lista.
Su solución fue cobrarles a los usuarios masculinos. Y al tener que pagar cada "me gusta", estos se hicieron más selectivos.
AskMeOut fue un éxito, pero Henrique quería un mejor sistema de pago para ella.
Por suerte fue entonces cuando conoció a Pedro. Hicieron una lluvia de ideas y en ese momento Pagar.me comenzó a evolucionar.
Hoy Pagar.me maneja pagos por valores que alcanzan millones de reales al año, ha ganado una serie de premios y atrajo 1 millón de reales de inversionistas extranjeros (unos US$264.000).
Cerca de 30 personas trabajan en el equipo de Dubrugras y Franceschi. (BBC) Adolescentes "normales"
En resumen, la plataforma ofrece una forma barata y sencilla para que los clientes paguen por productos en línea, que combina el bajo costo de un servicio de terceros como PayPal con la simplicidad de pagar directamente en el sitio del proveedor sin tener que conectarse a otro sistema.
Pagar.me cobra una comisión de 1,5% en cada compra más un impuesto de medio real. Los clientes también pagan una comisión a los socios de pagar.me que oscila entre 3% y 5%.
"La gente no creía que pudiéramos crear un producto tan innovador", dice Henrique.
El joven admite que no habría sido posible sin el equipo adecuado, o el apoyo de mentores y de sus familias.
Las 30 personas que trabajan en Pagar.me tienen entre 16 y 45 años. Sin embargo, según los fundadores, su relativa juventud no ha afectado a su relación con el personal.
"Creemos que los buenos líderes son los que logran sus objetivos, junto con su equipo. No es una cuestión de género, calificaciones o edad", dice Henrique.
"Dirigir una empresa es un camino lleno de obstáculos, pero tenemos la suerte de que en los momentos difíciles hemos sido guiados por personas a las que admiramos. Esto nos ahorró un montón de tiempo durante la evolución de la compañía", añade.
A pesar de la magnitud de su éxito, Henrique no se siente tan diferente a los de su edad.
"En realidad, todavía somos adolescentes. Nos gusta jugar videojuegos y salir con amigos. Creo que es cada vez más común que las personas persigan sus ambiciones en su juventud. Somos sólo dos personas comunes y corrientes con un negocio".
Los dos adolescentes brasileños solían pasar cerca de un tercio del día frente a las pantallas, pero para ellos eso resultó productivo. Y si bien hay un montón de empresarios de internet que comienzan bastante jóvenes, su historia se destaca.
Con 19 años cuentan con un exitoso emprendimiento, Pagar.me, que emplea a 30 personas, factura anualmente varios millones de dólares y se ganaron becas de la Universidad de Stanford.
Programadores amateur
Cuando Henrique tenía 12 años, era un gran seguidor del juego Ragnarok. Como sus padres no estaban dispuestos a pagar por la versión Premium, Henrique comenzó a programarla él mismo. "Yo solía hacer mis propios servidores, así que no tuve que pagar por la versión original", cuenta.
Posteriormente se las ingenió para lograr ganar dinero con sus habilidades. Al principio sus padres estaban un poco asustados, creyendo que estaba apostando en línea. Pedro Franceschi, cofundador de Pagar.me, comenzó aún más joven, jugando con el software desde los 9 años. "Los dos empezamos a programar como una forma de lograr cosas que queríamos", dice.
Pedro quería usar el nuevo ciberasistente de Apple, Siri, pero este sólo hablaba inglés. A la edad de 15, se las había arreglado para hacer que Siri hablara portugués. Cuando tenían 16 y 17, los dos adolescentes se conocieron por Twitter.
A diferencia de la típica charla de adolescentes sobre música o fútbol, en su primer encuentro debatieron sobre los méritos de los diferentes programas de edición de texto para programación.
Pronto se dieron cuenta de que sus ambiciones y sueños eran más parecidos que diferentes. "Fue entonces cuando comenzó nuestra amistad. Pedro comenzó a usar mi editor de texto. Gané la discusión y gané un socio", dice Henrqiue.
En esa época Henrique vivía en Sao Paulo, pero Pedro estaba a más de 400 kilómetros de distancia, en Río de Janeiro, así que inicialmente la asociación desarrolló en línea.
Henrique Dubrugras (a la derecha) y Pedro Franceschi planean manejar el negocio desde California, donde estudiarán en Stanford University. (BBC) Invítame a salir
Por esa época también se enfrentaban a los mismos problemas que históricamente han afectado a los adolescentes durante generaciones. "¿Qué pasa si invito a una compañera de clase a salir y ella dice que no? Va a ser difícil incómodo seguirla viendo todos los días después de eso", dice Henrqiue, explicando el viejo dilema.
Asistió a una hackathon y a su equipo se le ocurrió una aplicación basada en Facebook: AskMeOut (InvítameASalir). Como Tinder, la plataforma le dio a los jóvenes románticos la oportunidad de mostrar interés en alguien y ver si es correspondido, sin arriesgar el rechazo cara a cara. El equipo de Henrique ganó el primer premio y 50.000 reales (unos US$ 13.200).
Pero Henrique se dio cuenta de que los hombres y las mujeres (¿o niños y niñas?) estaban usando la aplicación de distintas maneras: mientras las mujeres eran más exigentes, los hombres la utilizaban para hacer clic a cuanta fémina se le apareciera en la lista.
Su solución fue cobrarles a los usuarios masculinos. Y al tener que pagar cada "me gusta", estos se hicieron más selectivos.
AskMeOut fue un éxito, pero Henrique quería un mejor sistema de pago para ella.
Por suerte fue entonces cuando conoció a Pedro. Hicieron una lluvia de ideas y en ese momento Pagar.me comenzó a evolucionar.
Hoy Pagar.me maneja pagos por valores que alcanzan millones de reales al año, ha ganado una serie de premios y atrajo 1 millón de reales de inversionistas extranjeros (unos US$264.000).
Cerca de 30 personas trabajan en el equipo de Dubrugras y Franceschi. (BBC) Adolescentes "normales"
En resumen, la plataforma ofrece una forma barata y sencilla para que los clientes paguen por productos en línea, que combina el bajo costo de un servicio de terceros como PayPal con la simplicidad de pagar directamente en el sitio del proveedor sin tener que conectarse a otro sistema.
Pagar.me cobra una comisión de 1,5% en cada compra más un impuesto de medio real. Los clientes también pagan una comisión a los socios de pagar.me que oscila entre 3% y 5%.
"La gente no creía que pudiéramos crear un producto tan innovador", dice Henrique.
El joven admite que no habría sido posible sin el equipo adecuado, o el apoyo de mentores y de sus familias.
Las 30 personas que trabajan en Pagar.me tienen entre 16 y 45 años. Sin embargo, según los fundadores, su relativa juventud no ha afectado a su relación con el personal.
"Creemos que los buenos líderes son los que logran sus objetivos, junto con su equipo. No es una cuestión de género, calificaciones o edad", dice Henrique.
"Dirigir una empresa es un camino lleno de obstáculos, pero tenemos la suerte de que en los momentos difíciles hemos sido guiados por personas a las que admiramos. Esto nos ahorró un montón de tiempo durante la evolución de la compañía", añade.
A pesar de la magnitud de su éxito, Henrique no se siente tan diferente a los de su edad.
"En realidad, todavía somos adolescentes. Nos gusta jugar videojuegos y salir con amigos. Creo que es cada vez más común que las personas persigan sus ambiciones en su juventud. Somos sólo dos personas comunes y corrientes con un negocio".
jueves, 7 de noviembre de 2013
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