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domingo, 14 de agosto de 2011
domingo, 11 de julio de 2010
Ciencias Sociales
DEL EDITOR
La Guerra Fría es solo un recuerdo
Por: Carlos Novoa
Domingo 11 de Julio del 2010
La realidad superó la ficción. No hay otra manera de explicar la espectacularidad con la que Estados Unidos y Rusia resolvieron en tiempo récord un problema de espionaje.
De los detalles del canje y de la historia que le compete a la periodista peruana Vicky Peláez, quien aceptó finalmente que fue parte de la conspiración de espionaje ruso en Estados Unidos, se ha informado ampliamente. Tal vez, mirando desde una perspectiva global, se debe destacar el hecho de que el problema se resolvió porque existió tal voluntad de Moscú y de Washington.
Y también se resolvió porque la coyuntura actual favorece notablemente las relaciones entre Estados Unidos y Rusia. Desde que llegó a la Presidencia estadounidense el 20 de octubre del 2009, el mandatario Barack Obama trabajó para recomponer las relaciones con los rusos, venidas a menos por la presión que su antecesor, George W. Bush, les imponía.
Bush, de la mano de su asesora en temas externos y luego secretaria de Estado, Condoleezza Rice, diseñó una política de seguridad que constreñía el campo de acción de Rusia. La idea de establecer a la fuerza un escudo antimisiles en Polonia causaba escozor en Rusia.
Para Washington, aquel escudo era un sistema de defensa para frenar cualquier posible ataque proveniente de estados parias. Para Moscú era una afrenta a su orgullo y un peligro para su seguridad.
La política exterior de Obama difiere de la de Bush porque apela a entender idiosincrasias y sentimientos. Es decir, el nuevo mandatario respetó el orgullo nacionalista que Rusia apenas recuperó con la presidencia de Vladimir Putin, otrora funcionario de la agencia de inteligencia KGB.
La solidez económica rusa, basada en reservas de gas y petróleo, así como la posibilidad de que Moscú se convierta en un interlocutor ante una eventual amenaza nuclear de Irán, motivaron que Estados Unidos replanteara su visión de Rusia.
Sin duda, un intercambio de espías entre ambos países no hubiera sido posible en el gobierno de Bush. Ni siquiera se hubieran podido evocar los intercambios de espías que durante la Guerra Fría se realizaban en el puente de Glienicke, que unía Berlín Occidental con Alemania del Este.
Como lo mencionó el politólogo de Harvard Samuel Huntington en su libro “Choque de Civilizaciones”, “en el mundo de la posguerra fría, las distinciones más importantes entre los pueblos no son ideológicas, políticas, ni económicas; son culturales”.
Precisamente, en este contexto, Rusia y Estados Unidos superaron el incidente apelando más a coincidencias y obviando las diferencias.
Después de estos agitados días, los gobiernos de ambos países alcanzaron un nivel de entendimiento y confianza, tal vez nunca visto antes. La Guerra Fría ahora es apenas un recuerdo.
martes, 3 de noviembre de 2009
martes, 6 de octubre de 2009
Ciencias Sociales
El Comercio 06 de octubre del 2009
SE FUNDÓ LA REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DOMINADA POR LOS SOVIÉTICOS
Hace 60 años surgió la cortina de hierro entre los alemanes
Pese a la reunificación aún hay brechas económicas entre las dos Alemanias
BERLÍN [DPA]. El 7 de octubre de 1949, cuatro años después del fin de la Segunda Guerra Mundial y de la barbarie nazi, surgió el segundo país en territorio alemán: la República Democrática Alemana (RDA). La línea divisoria entre ambos estados se convertiría muy pronto en el telón de acero que partió al mundo en dos mitades enfrentadas en la Guerra Fría hasta la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989.
Tras la contienda perdida, Alemania se encontraba en una situación extrema: había quedado fragmentada en cuatro sectores bajo el control de los vencedores —los aliados Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la Unión Soviética— y estaba absolutamente devastada.
En mayo de 1949 se fundó la República Federal de Alemania (RFA) en la parte occidental, y en octubre, mientras en ese territorio se ponía en marcha el modelo de la economía social de mercado con la ayuda multimillonaria estadounidense del Plan Marshall, en la zona de ocupación soviética surgía el Estado socialista de obreros y campesinos, con Wilhelm Pieck como líder. Ambas Alemanias iban a competir por el mejor modelo hasta la caída del Muro de Berlín y el hundimiento de la RDA, sumergida en deudas impagables después de que Moscú dejara de suministrar ayuda económica.
El 7 de octubre de 1949 se promulgó la Constitución de la RDA con apoyo popular. Pero la ilusión de ser el más avanzado satélite soviético acabaría pronto.
El 17 de junio de 1953 casi un millón de personas salieron a la calle a pedir elecciones libres. La RDA pidió ayuda a Moscú, que sofocó sangrientamente la insurrección sacando los tanques a la calle. Por la pobreza y opresión, desde 1949 hasta el verano de 1961 tres millones de personas escaparon de la RDA rumbo a la Alemania enemiga.
Por ello, el 13 de agosto de 1961, el Gobierno decidió autoaislarse más y construir el famoso muro, símbolo de la Guerra Fría, que dividiría destinos durante 28 años, y que caería el 9 de noviembre de 1989.
El 3 de octubre de 1990, la RDA se adhirió a la RFA para recomponer la unidad del país, con un único idioma, bandera y moneda. Sin embargo, a pesar de que hoy es la primera potencia europea, aún no ha logrado superar la brecha económica y social que sigue existiendo entre las dos regiones.
CLAVES
Sorprendente dato
Una encuesta del Instituto TNS Emnid, importante fuente de investigación social en Alemania, señaló ayer que más de la mitad de los alemanes del este opinan que la otrora RDA tenía más cosas positivas que negativas.
Momento histórico
El 79% de personas en el este y 82% en el oeste opina que la caída del muro fue el momento más importante de toda la historia alemana.
SE FUNDÓ LA REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DOMINADA POR LOS SOVIÉTICOS
Hace 60 años surgió la cortina de hierro entre los alemanes
Pese a la reunificación aún hay brechas económicas entre las dos Alemanias
BERLÍN [DPA]. El 7 de octubre de 1949, cuatro años después del fin de la Segunda Guerra Mundial y de la barbarie nazi, surgió el segundo país en territorio alemán: la República Democrática Alemana (RDA). La línea divisoria entre ambos estados se convertiría muy pronto en el telón de acero que partió al mundo en dos mitades enfrentadas en la Guerra Fría hasta la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989.
Tras la contienda perdida, Alemania se encontraba en una situación extrema: había quedado fragmentada en cuatro sectores bajo el control de los vencedores —los aliados Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la Unión Soviética— y estaba absolutamente devastada.
En mayo de 1949 se fundó la República Federal de Alemania (RFA) en la parte occidental, y en octubre, mientras en ese territorio se ponía en marcha el modelo de la economía social de mercado con la ayuda multimillonaria estadounidense del Plan Marshall, en la zona de ocupación soviética surgía el Estado socialista de obreros y campesinos, con Wilhelm Pieck como líder. Ambas Alemanias iban a competir por el mejor modelo hasta la caída del Muro de Berlín y el hundimiento de la RDA, sumergida en deudas impagables después de que Moscú dejara de suministrar ayuda económica.
El 7 de octubre de 1949 se promulgó la Constitución de la RDA con apoyo popular. Pero la ilusión de ser el más avanzado satélite soviético acabaría pronto.
El 17 de junio de 1953 casi un millón de personas salieron a la calle a pedir elecciones libres. La RDA pidió ayuda a Moscú, que sofocó sangrientamente la insurrección sacando los tanques a la calle. Por la pobreza y opresión, desde 1949 hasta el verano de 1961 tres millones de personas escaparon de la RDA rumbo a la Alemania enemiga.
Por ello, el 13 de agosto de 1961, el Gobierno decidió autoaislarse más y construir el famoso muro, símbolo de la Guerra Fría, que dividiría destinos durante 28 años, y que caería el 9 de noviembre de 1989.
El 3 de octubre de 1990, la RDA se adhirió a la RFA para recomponer la unidad del país, con un único idioma, bandera y moneda. Sin embargo, a pesar de que hoy es la primera potencia europea, aún no ha logrado superar la brecha económica y social que sigue existiendo entre las dos regiones.
CLAVES
Sorprendente dato
Una encuesta del Instituto TNS Emnid, importante fuente de investigación social en Alemania, señaló ayer que más de la mitad de los alemanes del este opinan que la otrora RDA tenía más cosas positivas que negativas.
Momento histórico
El 79% de personas en el este y 82% en el oeste opina que la caída del muro fue el momento más importante de toda la historia alemana.
lunes, 15 de septiembre de 2008
POLITICA MUNDIAL
Articulo publicado en el diario El Comercio
EDITORIAL
La gran tentación
" alt="Imagen de la nota" width="486" />
Por Carlos Fuentes. Escritor
La Olimpiada en Beijing nos sirve de referente para un cambio global de la distribución de poderes. Los triunfos de China y de Rusia, además de su significado deportivo, señalan la definitiva emergencia de dos grandes potencias mundiales y el fin del pasajero unilateralismo de Estados Unidos de Norteamérica.
La Guerra Fría duró medio siglo y enfrentó a dos naciones y a dos sistemas: Estados Unidos y la Unión Soviética, el capitalismo democrático y el socialismo autoritario. Ambos se acusaban de 'imperialistas' y para la América Latina, Estados Unidos lo era, como la URSS lo era para la Europa Central. En los márgenes, los 'no alineados' --Nehru, Tito, Nasser-- y abajo, el Tercer Mundo de los países débiles o, con gracioso eufemismo, 'en desarrollo'.
Estados Unidos ganó la guerra fría porque la URSS la perdió. Gorbachov reconoció que el poder armado de Moscú ni reflejaba ni resolvía la pobreza de la economía: devoraba la riqueza potencial. China, demonizada por Mao, inició con Deng, un camino de gran desarrollo. Pero el fin de la Guerra Fría dejó un vacío político global que llenó el Estados Unidos de George W. Bush con una arrogancia unilateralista miope, desorientada y falaz que empeñó el prestigio y el presupuesto del país en una guerra contra el terror que derrumbó a un tirano dispensable --Saddam Hussein-- sin tocarle un pelo de las barbas a Osama bin Laden y los talibanes, refugiados en las fronteras de un aliado de Bush, el Pakistán de Musharraf. Mientras los estadounidenses violaban no solo los principios humanitarios sino las propias leyes de Estados Unidos, creando y manteniendo campos de concentración y de tortura en Abu-Ghraib y en Guantánamo y dejando que la guerra contra el terror fuese percibida como guerra contra el Islam, perdiendo así no solo simpatía sino credibilidad y ganando enemigos de un punto al otro del mundo musulmán.
Mientras Bush se perdía en estos vericuetos del fracaso, Rusia y China se adelantaban a ocupar las posiciones de éxito que hoy resultan evidentes. China se abrió al mundo pero se cerró a la democracia, creando un modelo de desarrollo rápido que podemos llamar capitalismo autoritario. El mundo capitalista occidental, que se estima democrático, acudió al llamado de la gran sirena roja, China, regañándola infantilmente por sus travesuras autoritarias, pero aprovechando --¡cómo lo iban a desaprovechar!-- un mercado de más de mil millones de clientes potenciales: la quinta parte de la humanidad.
No desdeño los esfuerzos democratizadores que, a la larga, traiga el desarrollo económico a China. Hoy se ven muy lejanos. En cambio el autoritarismo se engalana con las olimpiadas, vence cotidianamente a Estados Unidos y propone una vía veloz, eficaz y tentadora hacia el desarrollo: el avance capitalista sin las molestias de la democracia, la rapidez de la expansión sin las demoras de la libertad. ¿A cuántos países en desarrollo no les resultará tentadora --irresistible-- esta fórmula? Sobre todo cuando el desarrollo nacional es frenado o interrumpido por la violencia impune, hiriendo --como en el terrible caso del joven Fernando Martí en México-- a una ciudadanía inerme rodeada de narcos, policías que son criminales, criminales que son policías, y un ejército al que con razón le repugna hacer labores policíacas. Surge entonces --no lo deseo, pero lo temo-- la tentación totalitaria. Solo un estado más fuerte que el crimen puede abatir al crimen, aunque sea cometiendo crímenes. Indeseable realidad.
La tentación autoritaria también la ofrece la Rusia de Vladimir Putin. Vencido y desmembrado el imperio soviético casi por la fuerza de las cosas, Boris Yeltsin confundió la democracia con la debilidad y el capitalismo con la cleptocracia. Las grandes empresas del Estado pasaron a manos de particulares, a veces los gerentes de aquellas se convirtieron en los dueños de estas. Librada al hambre feroz de un capitalismo naciente, Rusia se libró a sí misma a una disminución anárquica.
Putin llegó con la clara intención de restaurar el poder de la gran Moscovia. Él es heredero de Iván el Terrible, de Pedro el Grande y del terrible, aunque no grande, Stalin. Putin no se anda con cuentos. Cuando la revista "Time", declarándolo "hombre del año", le pregunta cuáles son sus deseos, Putin contesta: "Aquí no deseamos. Aquí trabajamos" --posa con torso desnudo para lucir su musculatura-- lanza a Sarkozy frente a las cámaras, tartamudo, con más vodka que el admitido por la razón de estado francesa. Baña de sangre a Chechenia, como ejemplo. Y si el alto dirigente georgiano, Mijail Shaakashvili, lo llama "liliputin", el mundo ve al nuevo zar como un tremendo 'Ras-Putin' o 'Zar-Putin'. Estados Unidos quiere rodearlo de misiles en Polonia y peleles en Georgia. Putin envía los tanques al sur, no porque le tema a Georgia, sino para advertirle a Rusia y al mundo: por aquí pasa el petróleo sin el cual sus economías se desploman. El imperialismo del oleoducto, el poder del gasoducto, convierten al occidente europeo en cliente indispensable de Rusia. ¿Sabrá Putin transformar el petropoder en economía de consumo, productiva y diversificada hacia el exterior y hacia el interior? Todo indica que lo hará, si puede, pero con un régimen de autoritarismo creciente.
La implacable Maureen Dowd escribe en el "Herald Tribune" la lista de los ocho años de errores de Bush. La destructiva obsesión con Iraq. La borrachera ideológica del neoconservadurismo. La satanización de países con los cuales, a la postre, hay que tratar: Corea del Norte, Irán, Siria, Cuba.
Y mientras el gobierno de Bush iba de fracaso en fracaso, China se apoderó de una parte tan vasta de la economía norteamericana que, si la retiraran, Estados Unidos sería "un pato a la pekinesa". Y Rusia se ha transformado de un país mendigo a una potencia mundial.
Hay en todo esto un claro llamado internacional para la restauración del derecho, la negociación y la diplomacia. Y hay algo más. Mientras Bush jugaba golf en Texas, el antiguo imperio "de en medio", China, y el antiguo imperio de "la tercera Roma", Rusia, recobraron sus posiciones de fuerza y las adornaron con los prestigios del pasado histórico. No por nada, el fastuoso espectáculo olímpico se inauguró, de manera reiterada, con la memoria de la civilización imperial de China, la gran "cabalgata" a la que se refirió un día André Malraux: la reserva histórica de los imperios que regresan por sus fueros y le imponen al siguiente jefe de Estado estadounidense el deber de negociar con los imperios a partir de la fuerza democrática interna de Estados Unidos. Esto no parece entenderlo McCain, aferrado a las soluciones de fuerza. Parece entenderlo Obama, consciente de las soluciones diplomáticas. Ojalá no le cueste la vida.
EDITORIAL
La gran tentación
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Por Carlos Fuentes. Escritor
La Olimpiada en Beijing nos sirve de referente para un cambio global de la distribución de poderes. Los triunfos de China y de Rusia, además de su significado deportivo, señalan la definitiva emergencia de dos grandes potencias mundiales y el fin del pasajero unilateralismo de Estados Unidos de Norteamérica.
La Guerra Fría duró medio siglo y enfrentó a dos naciones y a dos sistemas: Estados Unidos y la Unión Soviética, el capitalismo democrático y el socialismo autoritario. Ambos se acusaban de 'imperialistas' y para la América Latina, Estados Unidos lo era, como la URSS lo era para la Europa Central. En los márgenes, los 'no alineados' --Nehru, Tito, Nasser-- y abajo, el Tercer Mundo de los países débiles o, con gracioso eufemismo, 'en desarrollo'.
Estados Unidos ganó la guerra fría porque la URSS la perdió. Gorbachov reconoció que el poder armado de Moscú ni reflejaba ni resolvía la pobreza de la economía: devoraba la riqueza potencial. China, demonizada por Mao, inició con Deng, un camino de gran desarrollo. Pero el fin de la Guerra Fría dejó un vacío político global que llenó el Estados Unidos de George W. Bush con una arrogancia unilateralista miope, desorientada y falaz que empeñó el prestigio y el presupuesto del país en una guerra contra el terror que derrumbó a un tirano dispensable --Saddam Hussein-- sin tocarle un pelo de las barbas a Osama bin Laden y los talibanes, refugiados en las fronteras de un aliado de Bush, el Pakistán de Musharraf. Mientras los estadounidenses violaban no solo los principios humanitarios sino las propias leyes de Estados Unidos, creando y manteniendo campos de concentración y de tortura en Abu-Ghraib y en Guantánamo y dejando que la guerra contra el terror fuese percibida como guerra contra el Islam, perdiendo así no solo simpatía sino credibilidad y ganando enemigos de un punto al otro del mundo musulmán.
Mientras Bush se perdía en estos vericuetos del fracaso, Rusia y China se adelantaban a ocupar las posiciones de éxito que hoy resultan evidentes. China se abrió al mundo pero se cerró a la democracia, creando un modelo de desarrollo rápido que podemos llamar capitalismo autoritario. El mundo capitalista occidental, que se estima democrático, acudió al llamado de la gran sirena roja, China, regañándola infantilmente por sus travesuras autoritarias, pero aprovechando --¡cómo lo iban a desaprovechar!-- un mercado de más de mil millones de clientes potenciales: la quinta parte de la humanidad.
No desdeño los esfuerzos democratizadores que, a la larga, traiga el desarrollo económico a China. Hoy se ven muy lejanos. En cambio el autoritarismo se engalana con las olimpiadas, vence cotidianamente a Estados Unidos y propone una vía veloz, eficaz y tentadora hacia el desarrollo: el avance capitalista sin las molestias de la democracia, la rapidez de la expansión sin las demoras de la libertad. ¿A cuántos países en desarrollo no les resultará tentadora --irresistible-- esta fórmula? Sobre todo cuando el desarrollo nacional es frenado o interrumpido por la violencia impune, hiriendo --como en el terrible caso del joven Fernando Martí en México-- a una ciudadanía inerme rodeada de narcos, policías que son criminales, criminales que son policías, y un ejército al que con razón le repugna hacer labores policíacas. Surge entonces --no lo deseo, pero lo temo-- la tentación totalitaria. Solo un estado más fuerte que el crimen puede abatir al crimen, aunque sea cometiendo crímenes. Indeseable realidad.
La tentación autoritaria también la ofrece la Rusia de Vladimir Putin. Vencido y desmembrado el imperio soviético casi por la fuerza de las cosas, Boris Yeltsin confundió la democracia con la debilidad y el capitalismo con la cleptocracia. Las grandes empresas del Estado pasaron a manos de particulares, a veces los gerentes de aquellas se convirtieron en los dueños de estas. Librada al hambre feroz de un capitalismo naciente, Rusia se libró a sí misma a una disminución anárquica.
Putin llegó con la clara intención de restaurar el poder de la gran Moscovia. Él es heredero de Iván el Terrible, de Pedro el Grande y del terrible, aunque no grande, Stalin. Putin no se anda con cuentos. Cuando la revista "Time", declarándolo "hombre del año", le pregunta cuáles son sus deseos, Putin contesta: "Aquí no deseamos. Aquí trabajamos" --posa con torso desnudo para lucir su musculatura-- lanza a Sarkozy frente a las cámaras, tartamudo, con más vodka que el admitido por la razón de estado francesa. Baña de sangre a Chechenia, como ejemplo. Y si el alto dirigente georgiano, Mijail Shaakashvili, lo llama "liliputin", el mundo ve al nuevo zar como un tremendo 'Ras-Putin' o 'Zar-Putin'. Estados Unidos quiere rodearlo de misiles en Polonia y peleles en Georgia. Putin envía los tanques al sur, no porque le tema a Georgia, sino para advertirle a Rusia y al mundo: por aquí pasa el petróleo sin el cual sus economías se desploman. El imperialismo del oleoducto, el poder del gasoducto, convierten al occidente europeo en cliente indispensable de Rusia. ¿Sabrá Putin transformar el petropoder en economía de consumo, productiva y diversificada hacia el exterior y hacia el interior? Todo indica que lo hará, si puede, pero con un régimen de autoritarismo creciente.
La implacable Maureen Dowd escribe en el "Herald Tribune" la lista de los ocho años de errores de Bush. La destructiva obsesión con Iraq. La borrachera ideológica del neoconservadurismo. La satanización de países con los cuales, a la postre, hay que tratar: Corea del Norte, Irán, Siria, Cuba.
Y mientras el gobierno de Bush iba de fracaso en fracaso, China se apoderó de una parte tan vasta de la economía norteamericana que, si la retiraran, Estados Unidos sería "un pato a la pekinesa". Y Rusia se ha transformado de un país mendigo a una potencia mundial.
Hay en todo esto un claro llamado internacional para la restauración del derecho, la negociación y la diplomacia. Y hay algo más. Mientras Bush jugaba golf en Texas, el antiguo imperio "de en medio", China, y el antiguo imperio de "la tercera Roma", Rusia, recobraron sus posiciones de fuerza y las adornaron con los prestigios del pasado histórico. No por nada, el fastuoso espectáculo olímpico se inauguró, de manera reiterada, con la memoria de la civilización imperial de China, la gran "cabalgata" a la que se refirió un día André Malraux: la reserva histórica de los imperios que regresan por sus fueros y le imponen al siguiente jefe de Estado estadounidense el deber de negociar con los imperios a partir de la fuerza democrática interna de Estados Unidos. Esto no parece entenderlo McCain, aferrado a las soluciones de fuerza. Parece entenderlo Obama, consciente de las soluciones diplomáticas. Ojalá no le cueste la vida.
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