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jueves, 5 de abril de 2012

Religión, Pastoral

Hoy Jueves Santo recordamos la institución de la Eucaristía y la Orden Sacerdotal, leàmos este articulo:







LA VIDA AL SERVICIO DE CRISTO

La grandeza del sacerdocio

Por: P Joaquín Diez Esteban Sacerdote
Jueves 5 de Abril del 2012
Miles de sacerdotes católicos expresarán hoy su fidelidad y obediencia a su obispo en la Misa Crismal, conmemorando la institución por Jesucristo del sacerdocio ministerial en la Última Cena, realizada en la tarde del primer Jueves Santo. No han faltado recientemente opiniones contradictorias sobre la figura del sacerdote católico. Las páginas de la literatura presentan tantos personajes y vivencias sacerdotales en el amplio horizonte ético y a lo largo de estos veinte siglos de cristianismo.
Teológicamente el sacerdocio católico tiene el impresionante valor de ser un hombre consagrado para actuar en persona de Cristo, para prestar a Cristo sus gestos y palabras, para que él actúe en la Iglesia y en sus fieles. Cuando el sacerdote bautiza es Cristo quien bautiza, cuando el sacerdote perdona es Cristo quien perdona, y cuando consagra el pan y el vino en la Santa Misa se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo.
Recientemente la revista “Forbes” ha señalado a las personas más ricas del mundo, encuesta que ha sido muy comentada y difundida. Pero meses antes publicó una encuesta, realizada por la Organización Nacional para la Investigación de la Universidad de Chicago en la que se manifestaba que el trabajo del sacerdote católico es la profesión más feliz de todas las numerosas que existen.
Aunque nunca faltan dificultades ante el ambiente y el sacerdote sigue en lo humano con las deficiencias propias de su personalidad, sin embargo, la misión espiritual le asegura, si es fiel en su sacerdocio, “una vida apasionante”.
Y si en tantas profesiones se puede dudar de la futura seguridad laboral, y al comenzar sus estudios se plantea la duda de encontrar campo para desarrollo de la profesión escogida, y la facilidad para el sostenimiento de su vida, en el sacerdocio católico, aunque no ofrezca perspectivas de amplias ganancias, más aun la sobriedad económica y el desprendimiento de los bienes materiales, contribuyen a la felicidad en la vida sacerdotal, hay siempre trabajo.
Una exagerada publicidad a la existencia de algunos casos de pederastia de sacerdotes con menores, que ha sido causa de problemas psicológicos en algunos niños, y por tanto, deben ser siempre totalmente rechazados y nunca tolerados, sin embargo, a pesar del escándalo que muchas veces han motivado, son más los casos protagonizados por educadores no sacerdotes o por religiosos de otros credos no católicos, que por sacerdotes de la Iglesia Católica.
La realidad vivida en mis casi cincuenta años de sacerdote, dedicado en mucho tiempo al acompañamiento espiritual de sacerdotes en el Perú, y los treinta años colaborando en esta página editorial de El Comercio me dan motivo para resaltar la grandeza y felicidad en la vida sacerdotal, cuando se vive con fidelidad y en unión con Cristo, sumo y eterno sacerdote, que elige a otros hombres para hacerse presente en la vida de los demás.
Y en este sentido, cuántos motivos de alegría y valioso servicio, en estar siempre atento a escuchar, aconsejar y comprender en lo humano, pero sobre todo el poder, con la gracia de Cristo y la sincera conversión de las personas, el perdonar totalmente los pecados de todos.
En este día de la institución del sacerdocio, hemos de dar gracias al Señor, por la elección de algunos hombres a vivir una vida célibe para que su corazón esté más en las cosas de Dios y en el generoso servicio espiritual y sacramental a los demás. Pero también es ocasión el Jueves Santo para pensar cómo ayudamos, pedimos y nos unimos a nuestros sacerdotes.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Religión, Pastoral

Autor: Cardenal Mauro Piacenza | Fuente: www.clerus.org /Tomado de es.catholic.net
El Sacerdote en el Siglo XXI
Intervención del Cardenal Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero, en el Encuentro con los Sacerdotes de la Archidiócesis de Los Ángeles. 3 octubre 2011
 
El Sacerdote en el Siglo XXI
El Sacerdote en el Siglo XXI
Dorothy Thompson, escritora estadounidense, hace algunos decenios publicó en un artículo para una revista los resultados de una cuidada indagación sobre el mal afamado campo de concentración de Dachau.

Una pregunta clave dirigida a los supervivientes fue la siguiente: «¿Quién en medio del infierno de Dachau ha permanecido más largo tiempo en condiciones de equilibrio? ¿Quién ha mantenido por más tiempo el propio sentido de identidad?». La respuesta fue coral y siempre la misma: «los sacerdotes católicos». Sí, ¡los sacerdotes católicos! Éstos han logrado mantener el propio equilibrio, en medio de tanta locura, porque eran conscientes de su Vocación. Tenían su escala jerárquica de valores. Su entrega al ideal era total. Eran conscientes de su misión específica y de los motivos profundos que la sostenían.

¡En medio del infierno terreno, daban su testimonio: el de Jesucristo!

Vivimos en un mundo inestable. Existe una inestabilidad en la familia, en el mundo del trabajo, en las diversas asociaciones sociales y profesionales, en las escuelas y en las instituciones.

El sacerdote debe ser, sin embargo, constitucionalmente un modelo de estabilidad y de madurez, de entrega plena a su apostolado.

En el camino inquieto de la sociedad, se presenta con frecuencia un interrogante a la mente del cristiano: «¿Quién es el sacerdote en el mundo de hoy? ¿Es un marciano? ¿Es un extraño? ¿Es un fósil? ¿Quién es?».

La secularización, el gnosticismo, el ateísmo, en sus varias formas, están reduciendo cada vez más el espacio de lo sagrado, están chupando la sangre a los contenidos del mensaje cristiano.

Los hombres de las técnicas y del bienestar, la gente caracterizada por la fiebre del aparentar, experimentan una extrema pobreza espiritual. Son víctimas de una grave angustia existencial y se manifiestan incapaces de resolver los problemas de fondo de la vida espiritual, familiar y social.

Si quisiéramos interrogar la cultura más difundida, nos daríamos cuenta de que está dominada e impregnada de la duda sistemática y de la sospecha de todo lo que se refiere a la fe, la razón, la religión, la ley natural.

«Dios es una inútil hipótesis – escribió Camus – y estoy perfectamente seguro de que no me interesa».

En la mejor de las hipótesis, cae un denso silencio sobre Dios; pero se llega con frecuencia a la afirmación del insanable conflicto de las dos existencias destinadas a eliminarse: o Dios o el hombre.

Si después tuviéramos que dirigir la mirada al conjunto del panorama de los comportamientos morales, no podríamos no constatar la confusión, el desorden, la anarquía que reina en este campo.

El hombre se hace creador del bien y del mal.

Concentra egoístamente la atención sobre sí.

Sustituye la norma moral con el propio deseo y búsqueda del propio interés.

En este contexto, la vida y el ministerio del sacerdote adquieren importancia decisiva y urgente actualidad. Mejor aún – permitídmelo decir – cuanto más marginado, más importante es, cuanto más considerado superado, se convierte en más actual.

El sacerdote debe proclamar al mundo el mensaje eterno de Cristo, en su pureza y radicalidad; no debe rebajar el mensaje, sino, más bien, confortar la gente; debe dar a la sociedad anestesiada por los mensajes de algunos directores ocultos, detenedores de los poderes que valen, la fuerza liberadora de Cristo.

Todos sienten la necesidad de reformas en el campo social, económico, político; todos desean que, en las luchas sindicales, y en la proclamación económica se reafirme y se observe la centralidad del hombre y el perseguimiento de objetivos de justicia, de solidaridad, de convergencia hacia el bien común.

Todo esto será sólo un deseo, si no se cambia el corazón del hombre, de tantos hombres, que renueven por su parte la sociedad.

Mirad, el verdadero campo de batalla de la Iglesia es el paisaje secreto del espíritu del hombre y en él no se entra sin mucho tacto, sin mucha compunción, además de contar con la gracia de estado prometida por el Sacramento del Orden.

Es justo que el sacerdote se inserte en la vida, en la vida común de los hombres, pero no debe ceder a los conformismos y a los compromisos de la sociedad.

La sana doctrina, pero también la documentación histórica nos demuestran que la Iglesia es capaz de resistir a todos los ataques, a todos los asaltos que las potencias políticas, económicas y culturales pueden desencadenar contra ella, pero no resiste al peligro que proviene del olvidar esta palabra de Jesús: «Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo». El mismo Jesús indica la consecuencia de este olvido: «Si la sal se hace insípida, ¿cómo se preservará el mundo de la corrupción?» (cfr. Mt 5,13-14).

¿A qué serviría un sacerdote tan semejante al mundo, que se convierte en sacerdote mimetizado y no en fermento transformador?

Ante un mundo anémico de oración y de adoración, el sacerdote es, en primer lugar el hombre de la oración, de la adoración, del Culto, de la celebración de los santos Misterios.

Ante un mundo sumergido en mensajes consumistas, pansexuales, atacado por el error, presentado en los aspectos más seductores , el sacerdote debe hablar de Dios y de las realidades eternas y, para poderlo hacer con credibilidad, debe ser apasionadamente creyente, ¡como también ser “limpio”!

El sacerdote debe aceptar la impresión de estar en medio de la gente, como uno que parte de una lógica y habla una lengua diversa de los otros («no os conforméis a la mentalidad de este mundo», Rm 12,12). Él no es como “los otros”. Lo que la gente espera de él es precisamente que no sea “como los demás”.

Ante un mundo sumergido en la violencia y corroído por el egoísmo, el sacerdote debe ser el hombre de la caridad. Desde las alturas purísimas del amor de Dios, del que realiza una particularísima experiencia, desciende al valle, donde muchos viven su vida de soledad, de incomunicabilidad, de violencia, para anunciarles misericordia, reconciliación y esperanza.

El sacerdote responde a las exigencias de la sociedad, haciéndose voz de quien no tiene voz: los pequeños, los pobres, los ancianos, los oprimidos, marginados.

No pertenece a sí mismo sino a los demás. No vive para sí y no busca lo que es suyo. Busca lo que es de Cristo, lo que es de sus hermanos. Comparte las alegrías y los dolores de todos, sin distinción de edad, categoría social, procedencia política, práctica religiosa.

Él es el guía de la porción del Pueblo, que le ha sido confiada. Ciertamente, no jefe de un ejército anónimo, sino pastor de una comunidad formada por personas que cada una tiene un nombre, su historia, su destino, su secreto.

El sacerdote tiene la difícil tarea, pero eminente, de guiar estas personas con la mayor atención religiosa y con el escrupuloso respeto de su dignidad humana, de su trabajo, de sus derechos, con la plena conciencia de que, entonces, la condición de hijos de Dios corresponde en ellos a una vocación eterna, que se realiza en la plena comunión con Dios.

El sacerdote no dudará en entregar la vida, o en una breve pero intensa temporada de dedicación generosa y sin límites, o en una donación cotidiana, larga, en el estilicidio de humildes gestos de servicio a su pueblo, tendiendo siempre a la defensa y formación de la grandeza humana y del crecimiento cristiano de cada fiel y de todo su pueblo.

Un sacerdote debe ser contemporáneamente pequeño y grande, noble de espíritu como un rey, sencillo y natural como un campesino. Un héroe en la conquista de sí, el soberano de sus deseos, un servidor de los pequeños y débiles; que no se humilla ante los poderosos, pero que se inclina ante los pobres y pequeños, discípulo de su Señor y cabeza de su grey.

Ningún don más precioso se puede regalar a una comunidad de un sacerdote según el corazón de Cristo.

La esperanza del mundo consiste en poder contar, también para el futuro, con el amor de corazones sacerdotales límpidos, fuertes y misericordiosos, libres y mansos, generosos y fieles.

Amigos, si los ideales son altos, el camino difícil, el terreno quizás menos minado, las incomprensiones son muchas, pero todo podemos con Aquel que nos da fuerzas (cfr. Flp 4,13).

El eclipse de la Luz de Dios y de su Amor, no es el apagarse la Luz y el Amor de Dios. Ya mañana lo que se había interpuesto, obscureciendo la fe, arrojando el mundo en una oscuridad espantosa, puede convertirse en menos espeso, y después de una larga pausa, demasiado larga del eclipse, volver el sol, lleno y espléndido.

Más allá de las inquietudes y contestaciones que agitan el mundo, y se hacen sentir también dentro de la Iglesia, están en acción fuerzas secretas, escondidas y fecundas en santidad.

Más allá de los ríos de palabras y discursos, de programas y planes, de iniciativas y organizaciones, hay almas santas que rezan, sufren, expían adorando al Dios-con nosotros.

Entre éstas hay niños y adultos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, cultos e ignorantes, enfermos y sanos, y hay también tantos sacerdotes, que no sólo son dispensadores de los Misterios de Cristo, pero en la babel actual permanecen signos seguros de referencia y de esperanza, para cuantos buscan la plenitud, el sentido, el fin, la felicidad.

Estemos unidos, queridos amigos, en el Cenáculo de la Iglesia, en torno a María nuestra Madre, con Pedro y los Apóstoles, sumergidos en la comunión de los santos, para ser también nosotros, de verdad, signos seguros de referencia y de esperanza para todos.

Es mi deseo, que convierte en oración por todos vosotros que estáis aquí presentes y por todos vuestros Hermanos, que no están aquí ahora. Os llevaré, de ahora en adelante, siempre conmigo.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Religión, Pastoral







INTERNET. BUSCAN IDENTIFICAR LOS MEJORES TRABAJOS Y POTENCIALES PROBLEMAS

Una web permite ponerle nota a su sacerdote preferido

Miércoles 3 de Agosto del 2011
BERLÍN [REUTERS]. Internet le permitía calificar la calidad de un restaurante, de su maquillaje y hasta de un profesor. Ahora, en Alemania, puede también ponerle nota a su sacerdote.
Hirtenbarometer ( hirtenbarometer.de ), o el barómetro de los pastores, es la primera plataforma en Internet donde los sacerdotes pueden ser evaluados por su actuación en los servicios eclesiásticos, proyectos para jóvenes o ancianos o sobre su credibilidad.
“El trabajo pastoral debería ser cualitativo”, dijo Andreas Hahn, uno de los fundadores, sobre la idea original detrás del sitio, agregando que espera “estimular el diálogo para mejorar el trabajo pastoral”.
“Muchas parroquias trabajan bien, pero su actuación no llega a ser pública”, añadió Hahn.
El creador del sitio dijo que Hirtenbarometer sería además una especie de alerta temprana, para detectar problemas potenciales antes de que se conviertan en reales.
La página ha sido bien recibida por los usuarios desde su lanzamiento en abril. “Estamos abrumados por nuestro propio éxito”, dijo Hahn. Con 25.000 parroquias y unos 8.000 sacerdotes registrados hasta ahora, el servicio está creciendo.

martes, 19 de julio de 2011

Religión, Pastoral





SOCIEDAD. USARÁ NUEVOS MEDIOS PARA EVANGELIZAR

Sacerdote bloguero se convertirá en el obispo más joven de Canadá

Martes 19 de Julio del 2011
TORONTO [EFE]. El primer sacerdote católico romano que se aventuró en el mundo de la blogósfera en Canadá, el reverendo Thomas Dowd, se convertirá el próximo 10 de setiembre en el obispo más joven del país y el segundo del mundo.
Fiel a su pasión por las comunicaciones a través de internet, Dowd, de 40 años de edad, comunicó a través de su blog ( fatherdowd.net/blog ) dónde y cuándo será ordenado obispo, junto con el sacerdote Christian Lépine.
EN LÍNEA
“La fecha ha sido fijada: mi ordenación al episcopado se llevará a cabo en la catedral María Reina del Mundo el 10 de septiembre”, escribió el reverendo en su blog titulado “Esperando en dichosa ilusión”, que inició hace ocho años.
El padre Dowd ejercerá como obispo auxiliar de Montreal, la segunda mayor diócesis de Canadá, con 1,5 millones de católicos y 220 parroquias y misiones.
En declaraciones brindadas ayer al periódico “The Globe and Mail”, Dowd señaló que su nombramiento como obispo “quizás significa que hay un cambio generacional”.

lunes, 1 de marzo de 2010

Religión





Fuente: Catholic.net.
Autor: Francisco Varo Fuente: www.primeroscristianos.com
El orígen del sacerdocio cristiano
Nadie es sacerdote a título propio sino que participa del sacerdocio de Cristo

Nadie es sacerdote a título propio sino que participa del sacerdocio de Cristo

Entrevista, con motivo del año sacerdotal convocado por Benedicto XVI, al profesor Francisco Varo, Doctor en Filología Bíblica por la Universidad Pontificia de Salamanca, en Teología por la Universidad de Navarra y experto en Sagrada Escritura, para preguntarle acerca del origen del sacerdocio cristiano.


¿CÓMO SE EXPLICA QUE JESÚS NUNCA SE REFIRIERA A SÍ MISMO COMO “SACERDOTE”?

El sacerdote es, ante todo, un mediador entre Dios y los hombres. Alguien que hace presente a Dios entre las personas, y a la vez, alguien que presenta ante Dios las necesidades de todos e intercede por ellos. Jesús, que es Dios y hombre verdadero, es el más auténtico sacerdote.

Sin embargo, conociendo los derroteros que había tomado el sacerdocio israelita en su época, limitado a la realización de unas ceremonias en las que se sacrificaban unos animales en el Templo, pero con el corazón más atento de ordinario a las intrigas políticas y al afán de poder personal, no sorprende que Jesús nunca se presentara como sacerdote.

El suyo no era un sacerdocio como el que se veía en los sacerdotes del Templo de Jerusalén. Además, a sus contemporáneos parecía evidente que no lo era, ya que según la Ley el sacerdocio estaba reservado a los miembros de la tribu de Leví y Jesús era de la tribu de Judá.

Su figura era mucho más próxima a la de los antiguos profetas, que predicaban la fidelidad a Dios (y en algunos casos como Elías y Eliseo realizaron milagros), o sobre todo, de la figura de los maestros itinerantes que iban por ciudades y aldeas rodeados con un grupo de discípulos a los que enseñaban y a cuyas sesiones de instrucción permitían acercarse a la gente. De hecho, los Evangelios reflejan que cuando la gente hablaba a Jesús se dirigían a él llamándolo “Rabbí” o “Maestro”.


PERO JESÚS, ¿REALIZÓ TAREAS PROPIAMENTE SACERDOTALES?

Desde luego. Es propio del sacerdote acercar Dios a la gente, y a la vez ofrecer sacrificios a favor de los hombres. La cercanía de Jesús a la humanidad necesitada de salvación y su intercesión para que pudiésemos alcanzar la misericordia de Dios culmina en el sacrificio de la Cruz.

Precisamente ahí surge un nuevo choque con la práctica del sacerdocio propia de aquel momento. La crucifixión no podía ser considerada por aquellos hombres como una ofrenda sacerdotal, sino todo lo contrario. Lo esencial del sacrificio no eran los sufrimientos de la víctima, ni su propia muerte, sino la realización de un rito en las condiciones establecidas, en el Templo de Jerusalén.

La muerte de Jesús se presentaba ante sus ojos de un modo muy distinto: como la ejecución de un condenado a muerte, realizada fuera de los muros de Jerusalén, y que en vez de atraer la benevolencia divina se consideraba –sacando de contexto un texto del Deuteronomio (Dt 21,23)- que era objeto de maldición.


¿SE EMPEZÓ A HABLAR DE “SACERDOTES” YA DESDE LOS COMIENZOS DE LA IGLESIA?

En los momentos que siguieron a la Resurrección y Ascensión de Jesús a los cielos, tras la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, los Apóstoles comenzaron a predicar, y con el paso del tiempo fueron asociando colaboradores a su tarea. Pero si el mismo Jesucristo no se había designado nunca como sacerdote, era lógico que tal denominación ni se les ocurriera utilizarla a sus discípulos para hablar de sí mismos en esos primeros momentos.

De hecho, las tareas que realizaban tenían poco que ver con las que los sacerdotes judíos desempeñaban en el Templo. Por eso utilizaron otros nombres que designaran más descriptivamente sus funciones en las primeras comunidades cristianas: apóstolos que significa “enviado”, epíscopos que significa “inspector”, presbýteros “anciano” o diákonos “servidor, ayudante”, entre otros.

No obstante, al reflexionar y explicar las tareas de esos “ministros” que son los Apóstoles o que ellos mismos fueron instituyendo, se percibe que se trata de funciones realmente sacerdotales, aunque tienen un sentido diverso de lo que había sido característico del sacerdocio israelita.


¿CUÁL ES ESE “SENTIDO NUEVO” DEL SACERDOCIO CRISTIANO?

Ese “sentido nuevo” se puede apreciar ya, por ejemplo, cuando San Pablo habla de sus propias tareas al servicio de la Iglesia. En sus cartas, para describir su ministerio emplea un vocabulario que es claramente sacerdotal, pero que no se refiere a un sacerdocio con personalidad propia, sino a una participación del Sumo Sacerdocio de Cristo Jesús.

En este sentido, San Pablo no pretende asemejarse a los sacerdotes de la Antigua Alianza, pues su tarea no consiste en quemar sobre el fuego del altar el cadáver de un animal para sustraerlo —“santificándolo” en su sentido ritual— de este mundo, sino en “santificar” —en otro sentido, ayudándoles a alcanzar la “perfección” al introducirlos en el ámbito de Dios— a unos hombres vivos con el fuego del Espíritu Santo, prendido en sus corazones mediante la predicación del Evangelio.

Del mismo modo, cuando escribe a los Corintios, San Pablo hace notar que ha perdonado los pecados no en su nombre, sino in persona Christi (cf. 2 Co 2,10). No se trata de una simple representación ni de una actuación “en lugar de” Jesús, pues el mismo Cristo es quien actúa con sus ministros y mediante ellos.

Se puede afirmar, por tanto, que en la primtiva Iglesia hay ministros cuyo ministerio tiene un carácter verdaderamente sacerdotal, que desempeñan diversas tareas al servicio de las comunidades cristianas, pero con un elemento común decisivo: ninguno de ellos son "sacerdotes" a título propio -ni por tanto gozan de autonomía para desempeñar un "sacerdocio" a su aire, con su sello personal-, sino que participan del sacerdocio de Cristo.