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lunes, 6 de junio de 2022

7 formas de gastar menos en alimentos en tiempos de inflación

 

7 formas de gastar menos en alimentos en tiempos de inflación

Latinoamérica es la región del planeta donde es más caro alimentarse de manera saludable y cuesta tres veces más que lo que la gente puede pagar.

Una mujer hace compras en el supermercado.
Getty Images

Comer se volvió cada vez más caro.

Una familia promedio latinoamericana gasta en comida entre el 25% y el 40% de su presupuesto mensual, de acuerdo a cifras oficiales de cada país. Los sectores más pobres destinan todavía un porcentaje mayor.

América Latina es la región donde es más caro comer de forma saludable en el planeta junto con África, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés).

Para poder hacerlo, cada persona necesitaba US$4,25 diarios en 2019, último dato disponible. Eso es tres veces más de lo que la población podía pagar.

El monto actualizado será mayor, estima el subdirector general de la FAO y representante para América Latina y el Caribe, Julio Berdegué, en diálogo con BBC Mundo.

Panadería.
AFP

La FAO calcula un índice del precio de los alimentos y ahora es el momento en el que es más caro comer, al menos desde que se tienen registros.

Eso lleva a una peor alimentación, y por consiguiente a mayores tasas de malnutrición e incluso hambre.

Entonces, en tiempos de alta inflación y con la subsiguiente subida del precio de los alimentos lo más sencillo puede ser cambiar por productos que son más baratos pero que no necesariamente son tan saludables ni tienen el equilibrio nutricional que requiere nuestro cuerpo.

"Dado que en América Latina es más caro comer saludable, nos movemos a más carbohidratos, más azúcar, más grasa. Todo eso es barato", señala Berdegué.

Comer bien y al mismo tiempo gastar menos es todo un desafío. Aquí te presentamos 7 acciones que puedes llevar a cabo para lograrlo.

1. Cocinar

Tal vez sea la más obvia, pero es esencial. Comprar comida afuera, en la calle o en un comercio, es muchas veces lo más rápido, pero no lo más conveniente para el bolsillo.

Una mujer prepara una bandeja con plátano maduro que sirve en una feria de comida callejera en Medellín, Colombia.
Getty Images

Además, cuando compramos comida hecha no sabemos cuál es la calidad de los ingredientes utilizados, o incluso qué ingredientes se utilizaron para su elaboración.

Lo mismo ocurre con la comida prefabricada que venden en el supermercado, productos conocidos como ultraprocesados. Estos contienen excesos de grasas malas, sodio y azúcares, entre otros componentes, que se añaden para darle mejor sabor pero que no contribuyen a la salud.

Cocinar en casa hace que sepamos exactamente qué estamos comiendo y que paguemos menos por ello.

2. Comer lo justo

Un alto porcentaje de las personas come más cantidad de alimentos que la que exige el organismo.

Reducir las porciones que nos servimos a las cantidades recomendadas para el funcionamiento humano ayuda al bolsillo y, al mismo tiempo, a sentirnos mejor físicamente.

"Las cantidades que se sirven en muchos de nuestros países son demasiado grandes. La compra en el mercado sube muchísimo y, además, este exceso de comida lleva al sobrepeso", dice a BBC Mundo la nutricionista venezolana Ariana Araujo.

Una dieta de entre 2.000 y 2.500 kilocalorías es un número adecuado de ingesta diaria.

3. Cambiar de recetas

Venta de carne en un mercado de México.
Getty Images

Sustituir ingredientes o platos completos es una de las formas de abaratar el gasto en comida.

Determinados productos básicos como el aceite, el café, algunas frutas y verduras, la carne de vaca, el pan (y la harina de trigo en general), los huevos y algunas legumbres aumentaron de precio más que la suba promedio de alimentos y bebidas no alcohólicas en la mayoría de los países latinoamericanos, de acuerdo a la información publicada por instituciones oficiales que se encargan de medir la inflación.

Las tortillas de maíz, parte fundamental de la dieta mexicana, le cuestan a los consumidores de ese país 17,7% más ahora que hace un año. La harina de maíz, imprescindible para las arepas, ha subido de precio en toda la región.

Se pueden buscar sustitutos que sean nutricionalmente equivalentes o similares, pero que no se hayan encarecido tanto o incluso hayan bajado de precio.

Mercado de legumbres.
Getty Images
Los frijoles aumentaron menos de precio que otros alimentos en la mayoría de los países latinoamericanos y son una buena fuente de proteína.

Para ello es necesario conocer qué productos son intercambiables.

Una comida balanceada debería estar compuesta por una mitad de frutas y verduras, un cuarto de proteínas y el otro cuarto de carbohidratos, afirma Araujo.

En el grupo de las proteínas se encuentran la carne de res y de cerdo, pollo, pescado, leche, quesos, huevos, frijoles, lentejas y guisantes.

La carne de cerdo es la que, en general, subió menos de precio en los últimos 12 meses en América Latina, mientras que el pollo y el pescado acompañaron la suba general, que fue menor al encarecimiento de la carne bovina.

Los frijoles, en cambio, no tuvieron tal incremento de precios e, incluso, están más baratos que un año atrás en algunos países.

"Hemos disminuido fuertemente el consumo de legumbres, de frijoles, garbanzos, lentejas, cuando son productos accesibles que aportan buenas cantidades de proteínas", dice Berdegué.

Entre los carbohidratos están el arroz, el pan, el maíz, la pasta, el plátano y los tubérculos -papa, yuca, batata, entre otros-.

El arroz y los tubérculos se encarecieron menos que el trigo y el maíz, por lo que optar por los primeros contribuirá a abaratar el menú.

Huevos y tortillas de harina de trigo.
Getty Images

"Algo que se puede hacer es mezclar en un mismo plato cereales -arroz, pasta- con legumbres. Los dos se complementan y ayudan a formar una proteína muy similar a la de la carne", explica José Balbanian, docente de la Escuela de Nutrición de la Universidad de la República en Uruguay.

Con esa combinación el organismo obtiene los aminoácidos esenciales.

"El sustituto a nivel nutricional es fácil de conseguir. El problema es cómo cambiar la cultura de las personas. ¿Cómo le quitas a un mexicano la tortilla o a un venezolano la arepa?", se pregunta Araujo.

Respecto a los aceites, Araujo sostiene que puede ser cualquiera, salvo el de palma porque es una grasa saturada que no es saludable. Balbanian agrega que es necesario su consumo, aunque no en frituras.

4. Planificar las compras

Cartel de ofertas en la puerta de un supermercado en Buenos Aires.
Getty Images

Hacer un plan de lo que debemos comprar antes de ir al mercado es clave para el ahorro.

Lo primero es saber qué queremos comprar para luego decidir dónde. Ir por frutas y verduras, quesos o carnes a la feria suele ser más económico que en grandes comercios.

Cuando se va a un supermercado, lo ideal según Araujo es recorrer las tres paredes del local -los costados y la trasera- formando una "U" invertida.

En estos pasillos se encuentran comúnmente los productos frescos y de allí debemos seleccionar el 80% de la compra para que sea saludable, afirma la nutricionista.

"No se puede ir con hambre al supermercado, porque si estoy corto de dinero y encima voy con hambre veo una promoción de un ultraprocesado que me gusta mucho y caigo en comprarlo", asegura Balbanian.

Tener claro qué se va a cocinar en los días siguientes ayuda a calcular mejor las cantidades y no comprar de más, algo importante en los alimentos perecederos para no tener que tirarlos luego porque se echaron a perder.

Un consejo de Balbanian es comprar en grandes cantidades, para una misma familia o entre varias personas, para ahorrar.

Una recomendación de Araujo es mirar en los estantes inferiores, donde suelen ubicarse los productos con menor procesado que son más baratos.

5. Buscar de temporada

Mercado de frutas y verduras.
Getty Images

Las frutas y verduras son intercambiables entre sí; lo importante es variar entre ellas.

"Aportan fibra, vitaminas y minerales que son muy difíciles de encontrar en otros alimentos", dice Balbanian.

Para achicar el costo de la alimentación, lo que aconsejan los expertos es comprar los productos de temporada o estación, dependiendo del país y su clima.

Intentar comer tomate fuera de temporada hace que sean más caros porque quienes los venden han recurrido a cadenas de frío para conservarlos durante meses o que los produzca en invernaderos, ambos sistemas que encarecen los alimentos.

Por el contrario, en temporada se encuentran los productos en abundancia, a precios bajos, y es cuando están más gustosos y nutritivos.

A veces, hay productos que en el pasillo de congelados se encuentran más baratos que frescos y se puede sacar provecho de esas oportunidades, siempre y cuando los ingredientes que están escritos en la bolsa sean exclusivamente el producto que buscamos, sin agregados, sostiene Araujo.

6. Aplicar técnicas de conservación

Pollería
Getty Images
Si bien el pollo se ha encarecido en la mayoría de los países de América Latina, es todavía más económico que otras carnes y se puede utilizar como sustituto para obtener proteínas.

Una alternativa es comprar cuando está barato y aplicar alguna técnica de conservación.

La más sencilla es poner los alimentos en el congelador. Pueden ser tanto carnes como la mayoría de los vegetales -siempre que no quieras comerlos crudos luego- y frutas.

Con los vegetales, la recomendación es que cuando se vayan a consumir se provoque un choque térmico, del frío al calor intenso, para que no pierda textura y sepa peor.

También se pueden cocinar mayores cantidades que las que vayas a comer de inmediato y guardar porciones en el congelador para más adelante, o cocinar ingredientes sueltos y congelarlos para utilizarlos más adelante en preparaciones.

"Eso mantiene más del 90% de sus nutrientes", afirma Araujo y agrega que ella hace eso en su casa.

Para no recurrir al frío siempre y dejar atiborrado el congelador, otra opción es la conserva.

Hay diferentes técnicas, pero la más sencilla es envasar al vacío. "Se hacía mucho en la Segunda Guerra Mundial con los vegetales", cuenta Araujo.

7. Optar por segundas marcas o marcas blancas, pero antes leer

Persona comprando pasta en el supermercado.
Getty Images
Las marcas blancas no son necesariamente de peor calidad que las primeras marcas.

Por efecto del marketing, muchas veces creemos que un producto de la marca más destacada -también llamada primera marca- es mejor que las otras. Esto no necesariamente es así.

"Es importante leer la lista de ingredientes, más que el cuadro nutricional, e identificar azúcares y grasas de mala calidad", afirma Balbanian.

Araujo dice que en ocasiones las segundas marcas o incluso las marcas blancas -aquellas genéricas de la cadena de supermercados- son más saludables porque, para abaratar, no utilizan determinadas grasas o azúcares que las primeras marcas sí usan para darle otro sabor al producto.

En otras, no son mejores pero tampoco peores. "Mi recomendación es leer las etiquetas y comparar. Casi siempre son bastante parecidas y hay un ahorro importante", dice Araujo.


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martes, 25 de febrero de 2020

Religión






Mario Bunge falleció a los 100 años en Montreal

El filósofo argentino, autor de “La ciencia, su método y su filosofía”, nos dejó la noche del lunes 24. Hoy lo recordamos con este artículo sobre sus propuestas y pensamiento publicado en El Dominical en 2019.

Mario Bunge
Mario Bunge



“Aprendí a leer en los periódicos más que en los aburridos libros escolares”. Esta no era solo una frase, sino la definición de su interés por la historia viva más que por lo esencialmente académico. Hoy, el mismo hombre que pronunció estas palabras se ha convertido en historia viva de la filosofía argentina e hispanoamericana. “¿Qué es la ciencia?”, se han preguntado muchos estudiantes universitarios que, en sus primeros días en las aulas ya eran retados por un libro como La ciencia, su método y su filosofía, publicado en 1959, en el que planteaba esa y otras preguntas. Mario Bunge alcanzaba recién los 40 años y su texto de consulta, indispensable aún ahora, 60 años después, confirma uno de sus principales postulados: el hombre recurre a la ciencia para tratar de entender el mundo en el que vive.
"La ciencia se nos aparece como la más deslumbrante y asombrosa de las estrellas de la cultura cuando la consideramos como un bien en sí mismo, esto es como una actividad productora de nuevas ideas", escribió. Hoy, a puertas de finalizar la segunda década del siglo XXI, queda claro que sus ideas siguen tan vivas y saludables como él. Para entender su concepción filosófica, es necesario revisar también La investigación científica, publicado en 1967. El realismo, el materialismo, el sistemismo y el cientificismo están presentes allí como en toda su obra, que incluye también el monumental Tratado de filosofía básica, publicado originalmente en inglés en 8 tomos, entre 1974 y 1989. Esta es solo una muestra del más de medio centenar de libros que ha escrito. Como consecuencia de este trabajo indesmayable se publicó por su cumpleaños 95: Elogio de la sabiduría. Ensayos en homenaje a Mario Bunge, un compendio de artículos de académicos y especialistas que mostraban la influencia del también llamado “padre de la filosofía científica” no solo en la Argentina, sino en diversas partes del mundo.
A pesar de que gran parte de su actividad académica ha sido realizada desde Canadá, es importante contextualizarlo entre las más brillantes mentes argentinas de su tiempo. Solo era 20 años menor que Jorge Luis Borges y ocho que Ernesto Sabato, quien, además de escritor, era hombre de ciencia: obtuvo un doctorado en Ciencias Físicas y Matemáticas en la Universidad Nacional de La Plata, donde también estudió y enseñó Bunge, que fue su alumno. Curiosamente, años más tarde, Borges y Bunge coincidirían al condenar la campaña bélica en Las Malvinas, que Sabato sí aplaudiría. Tampoco esa fue la primera vez que retó al poder el también físico y epistemólogo, pues en su juventud fue un entusiasta militante de izquierda. En 1938, con 19 años, fundó la Universidad Obrera Argentina, destinada a dar formación técnica y sindical a la clase trabajadora. Solo duró seis años, pues el golpe militar del 43 la cerró. Esa década, Bunge fue encarcelado por algunas semanas tras ser acusado de incitar una huelga ferroviaria.




* * * Nacido en Florida Oeste, Buenos Aires, el 21 de setiembre de 1919, Bunge se fue a vivir a Canadá en 1966 y, durante casi 44 años, dio clases siete horas, siete días a la semana, en la Universidad McGill de Montreal, aunque también dio cátedras en Estados Unidos, en Alemania, México, Suiza, Dinamarca, Uruguay y Australia. Hace unos días, en una entrevista que dio a Clarín, recordó: “Hace ya media vida que vivo en Canadá. Me fui justamente por miedo a que me despertara la policía en la noche. Aquí me despertó la policía una vez porque había dejado el auto afuera y tenía un servicio de protección”. Es sintomático que el considerado “hombre más inteligente de Argentina” haya tenido que dejar su país para vivir en paz.
Bunge defendió siempre sus creencias, aunque esto significara ir a contracorriente. No toleró nunca a los posmodernos y criticó agudamente a hombres como Heidegger. “Los posmodernos paralizan el pensamiento. Cuando se repiten frases imbéciles como las de Heidegger, o demenciales como las de Husserl, o muchas de Hegel, no se puede pensar en forma racional. Por ejemplo, la definición que da Heidegger en su gran libro El ser y el tiempo: ‘El tiempo es la maduración de la temporalidad’. O en su Carta sobre el Humanismo, cuando dice: ‘El ser es ello mismo’. ¿Qué significa todo eso? Absolutamente nada. Es para engrupir a la gilada”, declaró en 2010, en perfecto lunfardo tanguero.



En tiempos de ambivalencias políticas como los actuales, este hombre ha propuesto un socialismo cooperativista en lugar del sistema soviético y ha renegado muchas veces del populismo. Ante el escenario político en su país, puede recordarse otra frase suya: “Quien no entiende el peronismo no entiende a Argentina”. Interrogado por su longevidad, con motivo de su onomástico 90, hizo gala de humor: “¿Cómo se llega a los 90? Es facilísimo. Primero, es cuestión de llegar a los 89. Después se le agrega uno y se llega a los 90. ¿Y cómo se llega a los 89? Trabajando siete días por semana, aprendiendo todos los días alguna cosa y absteniéndose de fumar, de beber y de leer a los posmodernos, es decir, absteniéndose de consumir tóxicos, sean materiales o espirituales”.
Larga vida a su lucidez.