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jueves, 22 de febrero de 2018

Pedagogía


«Mis alumnos me insultan»

Por: Rocío Ruiz


Nueve de cada diez docentes convive con situaciones de violencia en su centro. El 75% cree que tiene muy poca o ninguna autoridad.

Juanjo llega dispuesto a dar clase y se encuentra a Berta sentada encima de la mesa, con los pies en la silla y de espaldas al profesor. «¿Te quieres sentar bien?», exige Juanjo. Ni caso... Juanjo insiste. «¿Me quieres dejar en paz? ¿A qué has venido? ¿A dar clase? Pues hazlo y olvídame», replica, displicente, la alumna manteniendo la postura. Situaciones como esta a la que se enfrentan los profesores «son más habituales de lo que parece en los institutos españoles. No es tanto que nos agredan como que recibamos insultos, provocaciones de los alumnos y faltas de respeto... Los estudiantes te ponen a prueba todos los días», explica Juanjo, profesor de FP Básica en un instituto toledano. «A mi clase vienen alumnos sin libro, cuadernos ni bolígrafo. Y cuando les pregunto “¿por qué no sacas el material?” la respuesta es: “Mira, a mí déjame en paz. No estoy aquí porque quiera venir a verte la cara, sino porque mi padre me obliga, así que vengo, me siento y punto. ¿Comprendes?”».

Juanjo comenzó a trabajar como profesor interino con este grupo y, a medida que fueron pasando los días, empezó a comprender por qué habían sufrido una baja psicológica las tres compañeras que anteriormente habían ocupado su puesto. «Un día reñí a un alumno que no estaba haciendo absolutamente nada. Le dije: “Oye Alberto, aquí se viene a trabajar, no a pasar la mañana. Inmediatamente el chico se levantó de la silla y se marchó de la clase dando un portazo no sin antes decirme: “eres un gilipollas”». Casos como este «no es que ocurran con el cien por cien de los alumnos pero, aunque sean sólo unos pocos los que provocan estas situaciones, te generan mucha tensión, interrupciones en la clase y pérdidas de tiempo. No sólo hay un perjuicio psicológico para el profesor, sino que también tiene un perjuicio académico para el resto de los estudiantes. Y no son actitudes que se aprenden durante un solo verano, sino que vienen de atrás», añade.

Resultado de imagen para Mis alumnos me insultanLa situación de este docente no es más que un ejemplo de lo que vive la mayoría ya que, según un estudio realizado sobre un total de 2.000 cuestionarios en todas las comunidades, el 90 por ciento de los docentesconvive con situaciones de violencia en su centro escolar«Peleas, insultos, vejaciones entre compañeros y compañeras, amenazas al profesorado por parte del alumnado y familias son las situaciones más habituales», expone el sindicato. Las situaciones de violencia más habituales que describen los profesionales de la educación son amenazas por parte del alumnado y familias, la falta de respeto y reconocimiento de la autoridad docente, violencia psicológica y situaciones de indefensión. Así, según el sindicato, más de la cuarta parte de los encuestados considera que la vida en el centro donde imparten clase no es agradable y que la disciplina es insuficiente. Y no sólo eso, el 75 por ciento cree que el docente tiene muy poca autoridad o ninguna pese a que las comunidades ya disponen de leyes de autoridad que los profesores entienden que para lo único que han servido, hasta la fecha, es para reconocerles el principio de veracidad en el caso de una disputa.

Resultado de imagen para padres que atacan a docentesLa violencia no procede solo del alumnado, en muchas ocasiones son los padres los protagonistas. Marcelo es director de un centro público y un día recibió la llamada de otra directora–a la que no conocía– para advertirle de una alumna de nueve años que se incorporaba a su colegio a mitad de curso: «Cuidado con la madre. Es muy conflictiva». Pasados unos meses, Marcelo pudo comprobarlo... «Llamamos a la madre porque había habido disputas en el patio y la niña había tenido faltas de asistencia sin justificar. La madre explicó que a su hija le pegaban. Vimos que se trataba de disputas normales de patio... Un día la madre acudió exigiendo ver a la profesora en hora de clase. “No puede atenderla”, le repliqué. La mujer empezó a gritarme. Yo la pedí que abandonara el centro y que cuando se tranquilizase regresara para hablar. Eso no hizo más que enervarla más hasta el punto de que acabó propinándome un bofetón y un par de empujones. Llamé a la Policía.
Lo que más me dolió es que todo esto lo hiciera delante de su hija».


Fuente bibliográfica
RUIZ, ROCÍO, L., [sin fecha]. «Mis alumnos me insultan». www.larazon.es [en línea]. [Consulta: 6 febrero 2018]. Disponible en: https://www.larazon.es/sociedad/nueve-de-cada-10-profesores-convive-con-situaciones-de-violencia-en-clase-DA17422001.

lunes, 20 de febrero de 2012

Orientación y Consejería

Mi Hogar 19 de febrero del 2012


Mala Conducta, La Suma de Todo

martes, 13 de julio de 2010

Orientación y Consejería, General



RINCÓN DEL AUTOR
Pedagogía inservible
Por: Mariella Balbi
Martes 13 de Julio del 2010
La historia es de horror, dice así: un colegio de altas pensiones, que se presenta en el mercado educativo como el súmmum de la excelencia, expulsa a un alumno de cuarto de media porque sustrajo el celular de una compañera de clase. Esta llamó a la madre del joven y ambos pidieron todas las disculpas del caso, con la comprensible vergüenza y pesar que puede tener un hecho como este, tanto para el chico como para la madre. Al día siguiente el colegio que se dice de prestigio cita a una reunión a la señora en cuestión y le comunican que su hijo está expulsado. A primera vista cualquiera daría la razón al centro educativo. Sin embargo, en su juicio estaría dejando de lado que la razón de las escuelas es formar al educando y que cada ser humano es un mundo. Por ende, las sanciones deben tener en cuenta estos considerandos.
A ojos vista el alumno es una buena persona, está lejísimos de tener la apariencia de “Canebo” (desafiante delincuente juvenil), menos la del “Cojo Mame”. No es de carácter agresivo y pasa por la siempre compleja etapa adolescente. Al año de vida perdió a su padre, lo asesinó el terrorismo. La madre se ocupa de él y lo ha cuidado con celo, pero objetivamente hay ausencia de la figura paterna. Se trata más bien de un joven tristón, pero que es buen alumno y que además destaca en básquetbol. Le ha dado triunfos importantes a su colegio y es considerado una promesa de este deporte. Nada de ello cuenta para este anacrónico y antipedagógico centro escolar. Lo que haría cualquier institución que piensa en el educando, que se consagra —como debería— a formarlo, y no a lucrar con ello, es recomendarle a la madre un tratamiento psicológico para su hijo y ponerla en alerta, ayudándola, apoyándola; los colegios están obligados a dar orientación a los padres. Encima el chico puede perder el año escolar.
La señora aludida acude al Ministerio de Educación. Como es lógico, se le dice que no se puede expulsar a un joven por hurtar un celular, que lo protegen la Constitución y la Declaración de Derechos del Niño. Cuando el ministerio indaga, el colegio miente y dice que el alumno se retiró porque quiso. Como sabe del caso, se reúne con el director y la madre. Se devela la mentira y el argumento del centro educativo es que se zurra en las leyes porque tiene un reglamento, el cual no entrega a los padres al inicio de cada año y que no figura en su web. El ministerio poco puede hacer para que la ley se cumpla. Ese colegio funciona como una ínsula, no podría hacerlo en el país que dice representar. ¿Ese es un centro pedagógico?

lunes, 14 de junio de 2010

Orientación y Consejería, Psicopedagogía







PUNTO DE VISTA

Porque te quiero, te digo que no

Por: Virginia Rosas R Analista internacional
Lunes 14 de Junio del 2010

Quién iba a imaginar, en los turbulentos años 70 —pasada ya la revolución de París de Mayo del 68, en que los chicos reclamaban a gritos la imaginación al poder y la prohibición de prohibir— que 40 años después los adolescentes reclamarían más autoridad a sus padres y maestros.

Una encuesta realizada en Francia, a pedido de la Asociación de padres de alumnos de la enseñanza libre, ha arrojado este inesperado resultado: el 79% de los jóvenes manifiesta un sentimiento positivo hacia la autoridad, y 6 de cada 10 chicos juzgan que la autoridad, tanto en el círculo familiar como en la escuela, es insuficiente.

El resultado es más sorprendente aun cuando verificamos que solo el 66% de los padres acepta o se siente cómodo con la autoridad. El mundo al revés.

Estos adolescentes que hoy reclaman más autoridad son, justamente, los hijos y nietos de los “soixanthuitards”, que exigían más tolerancia a una sociedad extremadamente constreñida por las normas, en la que los niños no tenían derecho a la palabra y solo debían obedecer.

Vino entonces la ruptura de normas, la liberación de las costumbres y la permisividad de los padres, que ocasionaron el empoderamiento de los jóvenes, con todos los derechos y sin ningún deber que cumplir. Los padres, confundidos, no supieron cómo implantar el principio de autoridad, sin volver al autoritarismo de los viejos tiempos que ellos habían repudiado.

Los adultos lo saben. En la encuesta, el 82% de padres de chicos en edad escolar declaran que falta autoridad, tanto en la casa como en la escuela.

Curioso resultado encontramos cuando padres y alumnos responden sobre los profesores: el 65% de los jóvenes y el 66% de los padres piensan que los maestros tienen dificultad para imponer su autoridad. Una situación que se agrava porque, justamente, el 65% de los padres no reconocen esa autoridad.

Y así, entonces se da el caso de que cuando los profesores quieren imponer el principio de autoridad son desautorizados por los padres de familia, que apoyan a sus hijos solo por evitar un conflicto en la casa, con lo que se exacerba el círculo vicioso de la permisividad sin límites. Tanto así que una tercera parte de los adolescentes entrevistados señala que sus padres no saben decir no y están desesperados.

La adolescencia es una edad en la que se experimentan muchos cambios que producen angustia —a los jóvenes y a los padres—. Los adolescentes requieren de personas que los estructuren en su búsqueda de identidad y que los contengan cuando tienden a desbordarse. La ausencia de límites puede ser interpretada por ellos como carencia de afecto.

Algunos padres preconizan ahora el retorno al palmazo, a los gritos, a un autoritarismo que se confunde con la tiranía y que nada tiene que ver con los sanos límites que se imponen con coherencia, respeto, amor y, por supuesto, firmeza.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Orientación y Consejería, Psicopedagogía








PARA EVITAR QUE SURJAN MÁS PANDILLAS
Subrayan la importancia del rol de las escuelas
Miércoles 31 de Marzo del 2010
La escuela y la familia son dos factores claves para la reducción de la violencia contra niños y adolescentes, refirió el sacerdote José Ignacio Mantecón, presidente de la Red Jesuita para la Inclusión de la Infancia.
“En la familia se producen muchos casos de violencia y abusos. Muchos de esos niños que vienen con problemas de su núcleo familiar no son debidamente atendidos en la escuela. Lo que les queda es la calle, donde se encuentran con otros niños y jóvenes que están en la misma situación y buscan reconocimiento. Todos necesitan de un grupo en el que se puedan apoyar y satisfacer sus necesidades. Así se crean las pandillas”, indicó el religioso con 15 años de experiencia en el manejo de la violencia juvenil.
LO BUENO Y LO MALO

Por ello, dijo Mantecón, resulta alarmante que muchos colegios solo se preocupen de cuántos de sus alumnos ingresan en los primeros puestos a las universidades, pero no tengan en cuenta las deserciones y expulsiones de otros estudiantes.
Con esta apreciación coincidió Salvador Herencia, director de la consultora en comunicación y responsabilidad social Salgalu, quien dijo que las escuelas son los espacios ideales para tratar los temas de violencia y generar conciencia al respecto.
“Es importante generar desde las escuelas comportamientos que sean saludables. Hay que ver los colegios como espacios que convocan a los padres de familia a vigilar que no solo brinden los servicios que el Estado ofrece sino cómo se enfrenta desde allí la violencia”, indicó Herencia.
MÁS DATOS

A través del programa Justicia Juvenil Restaurativa, el padre José Ignacio Mantecón trabaja con jóvenes miembros y ex integrantes de pandillas en el distrito El Agustino.
Los 89 Centros de Emergencia Mujer del Ministerio de la Mujer y Desarrollo Social atendieron en el 2009 a 40.882 personas víctimas de violencia familiar. El 27% de estas víctimas corresponde a niños y adolescentes. (Veáse artículo completo : Sugieren crear registro único ... en archivo vertical digital bajo abuso del niño)