«La buena información que está oculta es inútil; la mala información que está fácilmente disponible es nefasta»
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viernes, 21 de abril de 2023
jueves, 2 de junio de 2022
Se llegó a cifra requerida para presentar una demanda ante el Tribunal Constitucional; aunque esperan alcanzar las 15 mil. Gremios exigen al Congreso no aprobar la contrarreforma.
2 junio 2022
lunes, 30 de mayo de 2022
Diario El Peruano 30 mayo 2022
Opinión
Reflexiones
Dime de qué universidad eres…
29/05/2022
La universidad fue rediseñada desde la Reforma de Córdoba, permitiendo que los grupos sociales menos favorecidos tengan acceso a un circuito científico hasta esos momentos negado. Se estaba impedido de acceder a la universidad por razones raciales, de género, de idioma y de falta de recursos financieros.
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
Por ello, la reinvención moderna de la universidad y la apuesta por una institución igualitaria significaron un giro fundamental transformando radicalmente la formación de los jóvenes peruanos. La educación siempre es democratizadora. La universidad pública garantizaba una movilidad social de tal magnitud que muchas generaciones, hijos de obreros y campesinos, pudieron estudiar y, con ello, tener mayores herramientas para romper el círculo de pobreza. Para un país históricamente desigual, todavía la educación es una forma correcta de mejorar las posibilidades de una vida digna.
En los años 90 hubo una apertura a la inversión privada en educación, sin ningún tipo de condición ni garantía de calidad. La narrativa de un Estado monstruoso y que debía ser reducido al mínimo fue imponiéndose. Esto tuvo dos resultados: la pauperización del sistema educativo público y la proliferación indiscriminada de entidades privadas supuestamente educativas. Los más avezados de este último grupo hicieron de la anhelada necesidad de educación una fábrica de ilusiones para mercantilizar. Se supuso, erradamente, que la “mano invisible del mercado” se encargaría de eliminar a los menos aptos. Las universidades mediocres debían desaparecer en la pugna de oferta-demanda y su obvia precariedad. Pero eso nunca sucedió. Se tuvo que apelar a un órgano fiscalizador gubernamental para prescindir de los que no pasaban el filtro. Eso redujo rápidamente a los jugadores y la oferta existente se diluyó entre las de mayor solidez. Sin embargo, tampoco la nueva situación garantizaba la excelencia demandada. En las casi 100 universidades que quedan, hay una segmentación tal que los de los quintiles inferiores no debieron haber pasado jamás ninguna medición real de excelencia académica.
Pero los altos costos de las pensiones de las universidades mejor ubicadas, las pocas vacantes en las públicas, hacen que miles de jóvenes acudan a aquellas que puedan financiarlas, aunque estas no garanticen niveles de calidad. Estamos ante una paradoja que el propio modelo universitario actual ha creado. A la par de universidades que van mostrando esfuerzos serios de mejora, sobreviven legitimadas por el licenciamiento otras cuya reputación y resultados son dudosos. A muchos jóvenes con poco presupuesto no les queda otra que elegir de la medianía lo que el propio sistema ha validado. Injustamente son arrojados a las instituciones con más desventajas y que lamentablemente, ya en el ejercicio laboral, cargan con los estigmas y son juzgados por su procedencia universitaria.
jueves, 28 de octubre de 2021
miércoles, 21 de julio de 2021
lunes, 16 de diciembre de 2019
jueves, 7 de marzo de 2019
viernes, 7 de septiembre de 2018
viernes, 18 de agosto de 2017
Pedagogía
La Universidad 2025 Ya Está Acá by Biblioteca Carmelitas-Secundaria on Scribd
viernes, 26 de mayo de 2017
Arte
Que Propone La Ley Del Conservatorio by Biblioteca Carmelitas-Secundaria on Scribd
miércoles, 26 de abril de 2017
Educación
El deseo de ser doctor, por Gonzalo Portocarrero
“La importancia que se asigna al grado de doctor suele desbordar cualquier expectativa económica”.
- Gonzalo Portocarrero
- Sociólogo
Aunque no es necesario que un investigador sea doctor para que pueda contribuir al conocimiento de una realidad, es un hecho que los estudios de doctorado, y la investigación que lleva a la elaboración de la tesis respectiva, representan una gran facilidad para quien quiere desarrollar una carrera científica o enseñar en los niveles más altos y exigentes de la universidad.
Pero en el caso del doctorado sucede lo mismo que en otros niveles del sistema universitario peruano. Es decir, el número de tesis es exiguo. Muchos proyectos, con todos los esfuerzos que pueden suponer, quedan interrumpidos para ser luego abandonados. Llama la atención la inconsecuencia: de un lado la ilusión que produce la expectativa de ser doctor pero, del otro, la falta de un compromiso firme para culminar los trabajos de tesis.
El deseo de ser doctor es complejo pues se nutre de diversas fuentes. La importancia que se asigna al grado de doctor suele desbordar cualquier expectativa económica, incluso va más allá de adquirir una calificación extra que pueda favorecernos en algún concurso. También excede la pretensión de convertirse en un investigador, en un científico profesional.
No es que esas razones no sean importantes. Pero el afán por ser doctor va más allá. En el Perú, el ‘doctor’ es una figura de respeto a la que no se le habla de tú, sino de usted. Entonces, pacientes y clientes se refieren a sus médicos o abogados como doctores aun cuando estos profesionales no han seguido, necesariamente, los estudios respectivos. Se presume que una persona bien vestida y bien hablada debe ser un doctor y se le nombra como tal. La atribución de ‘doctor’ funciona, pues, como un título de nobleza, como fundamento de una consideración especial que implica colocarse en el papel de servidor.
En realidad, el deseo de educarse tiene raíces muy hondas en nuestra historia. En mucho corresponde al anhelo de reconocimiento en una sociedad que, como la peruana, tiene la manía de construir jerarquías, haciendo sentir a unos que son superiores y a otros que son inferiores. El término ‘doctor’ tiene, pues, vastas resonancias. Se usa mucho en la vida cotidiana estimulando reconocimientos y modos de relación marcados por una desigualdad que se vive legítimamente, ya que, se supone, resulta del esfuerzo para adquirir capacidades.
Hasta el día de hoy médicos y abogados son nombrados, automáticamente, como “doctores”. Gente que posee un conocimiento que nos puede ser útil. Y que los legos no poseemos ni remotamente. Mejor halagarlos. El deseo de ser doctor se inscribe en el llamado “mito de la educación”, en el conjunto de creencias que señalan que cursar estudios superiores es el camino para lograr una posición social y económica exitosa.
No obstante, el fin de esos estudios no es necesariamente interiorizar el aprendizaje como posibilidad de renovación creativa del saber. Se trata más bien de acumular conocimientos en una perspectiva utilitaria desligada de una vocación por el aprendizaje. Dos serán las consecuencias de esta actitud. La primera es la aceptación de las “modas del momento”, y la segunda, la falta de espíritu crítico y de verdadera pasión por el conocimiento. Es decir, una educación que se funda en una actitud dogmática que alimenta la repetición enfriando cualquier entusiasmo por el saber.
Tenemos entonces la producción de muchos profesionales poco calificados y de difícil empleabilidad que pugnarán por convertirse en funcionarios del Estado. Los sueldos no serán muy altos, pero las posiciones son relativamente seguras y el trabajo no es recargado.
Es indudable que es necesario estimular la formación de doctores en la universidad peruana. Pero esos estudiantes de doctorado tendrían que entender sus estudios como parte de una carrera científica, como gente convencida de que se debe aprender en un diálogo con la realidad y que la memorización de contenidos es solo un primer paso en la producción de conocimientos. La producción de una “masa crítica” de doctores debe ser una prioridad para la política educativa, pues así se elevará la calidad de la enseñanza en todo el sistema educativo.



