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lunes, 30 de octubre de 2023
miércoles, 18 de octubre de 2023
jueves, 2 de junio de 2022
Chiune Sugihara
Historia de la Segunda Guerra Mundial
31 mayo 2022
Chiune Sugihara
En la fotografía coloreada, Chiune Sugihara y su familia posan con dos soldados alemanes en las escaleras de Japanisches Generalkonsulat, el consulado japonés en Königsberg (hoy Kaliningrado), Alemania, 1941.
Chiune Sugihara fue un diplomático japonés que se desempeñó como vicecónsul del Imperio japonés en Kaunas, Lituania. Durante la Segunda Guerra Mundial, Sugihara ayudó a miles de judíos a huir de Europa al emitirles visas de tránsito para que pudieran viajar a través del territorio japonés. Sugihara emitió más de 2 000 visas, lo que llevó al menos al doble de personas a un lugar seguro.
Sugihara se convirtió en vicecónsul del Consulado de Japón en Kaunas en 1939, luego fue reasignado a Königsberg antes de servir como Cónsul General en Praga, Checoslovaquia, desde marzo de 1941 hasta finales de 1942 y en la legación en Bucarest, Rumania desde 1942 hasta 1944. Cuando las tropas soviéticas entraron en Rumania, encarcelaron a Sugihara y su familia en un campo de prisioneros de guerra durante dieciocho meses. Fueron liberados y devueltos a Japón en 1946.
Sugihara se instaló en Fujisawa en la prefectura de Kanagawa con su esposa y tres hijos. Para mantener a su familia tomó una serie de trabajos, incluso en un momento dado vendiendo bombillas de puerta en puerta. Sufrió una tragedia personal en 1947 cuando su hijo menor, Haruki, murió a la edad de siete años, poco después de su regreso a Japón. En 1949 tuvieron un hijo más, Nobuki, que es el último hijo vivo que representa a la familia Chiune Sugihara, quien aún reside en Bélgica. Chiune Sugihara luego comenzó a trabajar para una empresa de exportación como gerente general de una Bolsa de Correos Militares de EE. UU. Posteriormente utilizando su dominio del idioma ruso, Sugihara pasó a trabajar y vivió una existencia discreta en la Unión Soviética durante dieciséis años, mientras que su familia se quedó en Japón.
En 1985, 45 años después de la ocupación soviética de Lituania, le preguntaron las razones para emitir visas a los judíos. Sugihara mencionaría que los refugiados eran seres humanos y que simple y llanamente necesitaban ayuda.
“Quieres saber sobre mi motivación, ¿no? Bien. Es el tipo de sentimientos que cualquiera tendría cuando ve a los refugiados cara a cara, suplicando con lágrimas en los ojos. Simplemente no se puede evitar simpatizar con ellos. Entre los refugiados había ancianos y mujeres. Además, sentí en ese momento que el gobierno japonés no tenía una opinión uniforme en Tokio. Algunos líderes militares japoneses estaban simplemente asustados por la presión de los alemanes; mientras que otros funcionarios del Ministerio del Interior eran simplemente ambivalentes. La gente de Tokio no estaba unida. Sentí que era una tontería tratar con ellos. Así que decidí no esperar su respuesta. Sabía que seguramente alguien se quejaría de mí en el futuro. Pero yo mismo pensé que esto sería lo correcto... El espíritu de humanidad, la filantropía ... la amistad de vecinos ... con este espíritu, me atreví a hacer lo que hice, afrontando esta situación tan difícil, y por eso, seguí adelante…”
El 4 de octubre de 1984, el Instituto Yad Vashem reconoció a Chiune-Sempo Sugihara como "Justo entre las Naciones".

martes, 9 de noviembre de 2021
lunes, 25 de octubre de 2021
martes, 3 de noviembre de 2015
lunes, 1 de junio de 2015
martes, 15 de julio de 2014
A propósito del libro que acabamos de colgar en el blog
Historia de la bibliotecaria de Auschwitz se convierte en una novela
Dita Kuraus, una auténtica heroína de la cultura, encargada de la biblioteca clandestina del campo nazi, protagoniza historia del periodista español Antonio G. Iturbe
Fue responsable de
un pequeño oasis de cordura en mitad del horror de un campo de
exterminio nazi, una biblioteca mínima que, si bien no ayudaba a
sobrevivir, sí aportaba un resquicio de esperanza.
Su nombre es Dita Kraus y tiene 82 años. Su historia ha sido recogida por el novelista Antonio G. Iturbe en la novela “La bibliotecaria de Auschwitz”, que parte de hechos reales para crear una historia de ficción en la que ella es una auténtica heroína de la cultura, encargada de la biblioteca clandestina del campo nazi.
CUESTIÓN DE CONVICCIÓN
Pero la Dita Kraus real asegura, en una entrevista en Praga, que no se considera como tal. “Ni fui especialmente fuerte, solo que siempre tuve la convicción de que no iba a morir, que no acabaría en la cámara de gas”, declaró al recordar su dura infancia.
Kraus llegó a Auschwitz cuando tenía 13 años, procedente del gueto judío de Terezin, en la República Checa.
“En Auschwitz había una cosa única. Había un barracón de niños. Y como niña estuve en este barracón y era responsable de los pocos libros que había allí. Era algo único que no existía en otros campos de concentración”, relata.
En realidad, de esos doce o catorce libros, sólo se acuerda de uno: “Estoy totalmente segura que allí estaba A short history of the World, del novelista fantástico y filósofo británico H.G. Wells.
Kraus se encargaba de cuidar de esos libros, “algunos sin tapas”, y prestarlos a los demás niños, aunque afirma que los libros no ayudaban a sobrevivir. “No jugaban ese papel”.
“Antonio (G. Iturbe) en esto exageró un poco”, ya que la tesis de la novela es que la literatura sirve de antídoto al sufrimiento y contribuye a liberar a las civilizaciones de sus fantasmas.
LA CULTURA COMO FORMA DE ESCAPE
Los libros en Auschwitz, recuerda esta mujer octogenaria, les llegaban de manos de un presidiario polaco, que seleccionaba la literatura en checo para los niños del barracón 31, cuando los nuevos presos llegaban a la rampa de acceso y eran despojados de sus bienes.
Con todo, en mitad de la muerte y el miedo, el barracón infantil de Auschwitz llegó a convertirse en una especie de oasis, como recordó en varias de sus obras el escritor Ota B. Kraus, también internado en el campo de exterminio, donde conoció a Dita Kraus, con la que luego se casó.
El paso por Auschwitz marcó para siempre a Dita. “Perdí a toda mi familia allí: mis padres y abuelos, y todos mis tíos y tías”, lamenta.
“Pienso que si uno cuenta que personas fueron enviadas a la cámara de gas, nadie se lo puede imaginar”, narra con la voz entrecortada, como si tuviera un nudo en la garganta.
Aún hoy sufre a menudo pesadillas por lo que sucedió a uno de sus parientes: “Mi suegro pasó por eso, no supero la selección del doctor (Josef) Mengele. Y por él pienso en estas cosas. Y no es una muerte rápida”.
“A veces me viene ese sentimiento, y me identifico con el sufrimiento que debían tener en la cámara de gas, que parecía como una ducha. Y en vez de agua, llegaba gas y empezaban a ahogarse, a gritar y a angustiarse unos por otros”, recuerda la checa.
Y sufre hoy al ver como “esas madres sujetaban a sus hijos para que no les llegara el veneno. Esto lo experimento y creo que es una de las peores ideas que puede existir”, añade.
Su nombre es Dita Kraus y tiene 82 años. Su historia ha sido recogida por el novelista Antonio G. Iturbe en la novela “La bibliotecaria de Auschwitz”, que parte de hechos reales para crear una historia de ficción en la que ella es una auténtica heroína de la cultura, encargada de la biblioteca clandestina del campo nazi.
CUESTIÓN DE CONVICCIÓN
Pero la Dita Kraus real asegura, en una entrevista en Praga, que no se considera como tal. “Ni fui especialmente fuerte, solo que siempre tuve la convicción de que no iba a morir, que no acabaría en la cámara de gas”, declaró al recordar su dura infancia.
Kraus llegó a Auschwitz cuando tenía 13 años, procedente del gueto judío de Terezin, en la República Checa.
“En Auschwitz había una cosa única. Había un barracón de niños. Y como niña estuve en este barracón y era responsable de los pocos libros que había allí. Era algo único que no existía en otros campos de concentración”, relata.
En realidad, de esos doce o catorce libros, sólo se acuerda de uno: “Estoy totalmente segura que allí estaba A short history of the World, del novelista fantástico y filósofo británico H.G. Wells.
Kraus se encargaba de cuidar de esos libros, “algunos sin tapas”, y prestarlos a los demás niños, aunque afirma que los libros no ayudaban a sobrevivir. “No jugaban ese papel”.
“Antonio (G. Iturbe) en esto exageró un poco”, ya que la tesis de la novela es que la literatura sirve de antídoto al sufrimiento y contribuye a liberar a las civilizaciones de sus fantasmas.
LA CULTURA COMO FORMA DE ESCAPE
Los libros en Auschwitz, recuerda esta mujer octogenaria, les llegaban de manos de un presidiario polaco, que seleccionaba la literatura en checo para los niños del barracón 31, cuando los nuevos presos llegaban a la rampa de acceso y eran despojados de sus bienes.
Con todo, en mitad de la muerte y el miedo, el barracón infantil de Auschwitz llegó a convertirse en una especie de oasis, como recordó en varias de sus obras el escritor Ota B. Kraus, también internado en el campo de exterminio, donde conoció a Dita Kraus, con la que luego se casó.
El paso por Auschwitz marcó para siempre a Dita. “Perdí a toda mi familia allí: mis padres y abuelos, y todos mis tíos y tías”, lamenta.
“Pienso que si uno cuenta que personas fueron enviadas a la cámara de gas, nadie se lo puede imaginar”, narra con la voz entrecortada, como si tuviera un nudo en la garganta.
Aún hoy sufre a menudo pesadillas por lo que sucedió a uno de sus parientes: “Mi suegro pasó por eso, no supero la selección del doctor (Josef) Mengele. Y por él pienso en estas cosas. Y no es una muerte rápida”.
“A veces me viene ese sentimiento, y me identifico con el sufrimiento que debían tener en la cámara de gas, que parecía como una ducha. Y en vez de agua, llegaba gas y empezaban a ahogarse, a gritar y a angustiarse unos por otros”, recuerda la checa.
Y sufre hoy al ver como “esas madres sujetaban a sus hijos para que no les llegara el veneno. Esto lo experimento y creo que es una de las peores ideas que puede existir”, añade.
jueves, 3 de marzo de 2011
Religión, Pastoral
AYUDARÁ A LUCHAR CONTRA EL ANTISEMITISMO
Papa exonera a los judíos por la muerte de Jesús
El Vaticano difunde algunos pasajes del libro “Jesús de Nazaret-segunda parte”
Jueves 3 de Marzo del 2011
CIUDAD DEL VATICANO [AP]. El papa Benedicto XVI exoneró de manera general al pueblo judío de la muerte de Jesucristo en un nuevo libro, en el que desarrolla una de las cuestiones más polémicas de la cristiandad.
En “Jesús de Nazaret-segunda parte”, del cual se difundieron ayer algunos pasajes, el pontífice apela a un análisis bíblico y teológico para explicar por qué no tiene fundamento la afirmación de que los judíos como pueblo fueron responsables de la muerte de Jesús.
Las interpretaciones contrarias se han empleado durante siglos para justificar la persecución contra los judíos.
Si bien el Vaticano ha manifestado desde hace cinco décadas que los judíos no fueron colectivamente los responsables, estudiosos judíos dijeron que el argumento desarrollado por el Papa de origen alemán contribuirá a combatir el antisemitismo.
“Hay una tendencia humana natural a dar las cosas por sentadas y, muy a menudo, esto deriva en una falta de lucidez y conciencia sobre el riesgo del antisemitismo”, afirmó el rabino David Rosen, director de Asuntos Interreligiosos en el Comité Judío Americano.
Refirió que el Vaticano había emitido su documento más autorizado sobre la materia en 1965, “Nostra Aetate”, que revolucionó las relaciones de la Iglesia Católica con los judíos al afirmar que la muerte de Cristo no podía ser atribuida a los judíos como pueblo ni en esa época ni en la actualidad.
Benedicto XVI llegó a sus conclusiones por medio de un análisis exhaustivo, Evangelio por Evangelio.
Se trata de la segunda parte de “Jesús de Nazaret” (2007), el primer libro de Benedicto XVI como pontífice, que ofrece una meditación muy personal sobre los primeros años de la vida de Cristo. Esta segunda parte, por ser distribuida el 10 de marzo, abarca la parte final de la vida de Jesús, su muerte y resurrección.
miércoles, 31 de marzo de 2010
Ciencias Sociales

Qué platos se comen durante la Pascua judía?
La celebración de la liberación del pueblo de Israel de Egipto comenzó hace unos días con la tradicional cena del Seder, pero durante toda la semana se preparan platos especiales
Miércoles 31 de marzo de 2010 - 10:29 am
Sin levadura. El matzoh es el pan seco y crujiente que comieron los judíos durante los 40 años que estuvieron en el desierto tras su liberación. (Foto: Sebastian Ortiz)
En Israel, la cocina va de la mano con la religión. La Torá, la biblia judía, establece qué alimentos son puros y pueden ser comidos. Por ejemplo, la carne de cerdo y conejo están descartadas de la carta hebrea, así como los mariscos.
A estos productos se le suma, en los ocho días que dura la Pascua, el pan o alimentos que contengan levadura, ingrediente que el pueblo judío no pudo utilizar en los 40 años de travesía por el desierto tras su liberación.
Andrea Aserraf, estudiante judía del Instituto de Alta Cocina D’Gallia, explicó a elcomercio.pe que, a cambio, comen matzoh: un pan que, al no llevar levadura y ser elaborado con harina y agua, es totalmente plano, seco y crujiente.
Además, suelen preparar el jaroset, que en la versión de Aserraf lleva manzana rayada, nueces y pecanas, acompañadas por una pizca de vino kosher, cuya producción es supervisada por un especialista de la religión judía y aprobada por un rabino.
La aspirante para chef también señaló que otro plato clásico es el gefilte fish, en el que la corvina y el lenguado fueron molidos para formar pequeñas bolas, que son acompañadas por rodajas de zanahoria.
“A diferencia de los católicos, nosotros sí podemos comer carnes rojas, pero los platos que se hagan con ella no deben incluir levadura”, acotó.
lunes, 27 de octubre de 2008
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